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Gratis · elegí una vozTomás y Miguel, dos amigos inseparables, vivían en un pequeño pueblo rodeado de montañas y un río cristalino, aunque a veces, ¡un poco revoltoso! Sus padres, preocupados por la fuerza de la corriente, siempre les advertían: "¡Ni se les ocurra nadar en el río! Es peligroso, la corriente es muy fuerte y puede arrastrarlos".
Pero ese día, el sol brillaba con tanta intensidad que parecía derretir hasta las piedras. El calor era sofocante, y Tomás y Miguel no podían pensar en otra cosa que en refrescarse en el río. "¡Qué calor!", exclamó Tomás, secándose el sudor de la frente. "Tengo una idea…", respondió Miguel con una sonrisa traviesa.
Recordaron la advertencia de sus padres, pero el calor era más fuerte que su obediencia. Además, Miguel añadió con picardía: "¡Y no hay ninguna niña cerca! Podemos bañarnos como vinimos al mundo, ¡nadie nos verá!" La idea les pareció genial. Rápidamente, se quitaron la ropa y, con un grito de alegría, se zambulleron en el agua fresca.
Al principio, todo fue divertido. Chapoteaban, se salpicaban y reían a carcajadas. Pero de repente, la corriente, que parecía tranquila en la orilla, se hizo sentir con toda su fuerza. "¡Tomás, la corriente!", gritó Miguel, intentando nadar contra ella. Tomás intentaba seguirlo, pero el agua los arrastraba sin piedad.
Lucharon con todas sus fuerzas, tragando agua y sintiendo el miedo helarles el corazón. Después de varios minutos de desesperación, lograron agarrarse a unas ramas que sobresalían de la orilla. Tiritando de frío y agotados, se arrastraron fuera del agua, muy lejos de donde habían dejado sus ropas.
"¡Estamos perdidos!", exclamó Tomás, temblando de frío y vergüenza. "¡Y sin ropa!" Estaban completamente desnudos, con la piel de gallina y sintiéndose muy, muy tontos. No les quedó otra opción que cubrirse con las manos y empezar a caminar en busca de sus pertenencias.
El camino de vuelta fue una pesadilla. Al poco tiempo, se encontraron con Doña Rosa, la panadera del pueblo, que volvía del mercado con una cesta llena de frutas. Doña Rosa los miró con sorpresa, soltó un grito ahogado y se tapó los ojos con las manos. Tomás y Miguel, rojos como tomates, corrieron a esconderse detrás de un árbol.
Luego, se toparon con un grupo de niñas que jugaban a la rayuela. Las niñas, al verlos, se echaron a reír a carcajadas, señalándolos y comentando entre ellas. Tomás y Miguel sintieron que la vergüenza los consumía por completo. Se escondieron detrás de un arbusto, esperando a que las niñas se fueran.
Continuaron su camino, agachados y escondiéndose cada vez que veían a alguien. Se cruzaron con el cartero, Don Pedro, que silbaba alegremente mientras entregaba el correo. Don Pedro, al verlos, se detuvo en seco, se quitó las gafas y los miró con incredulidad. Tomás y Miguel se escondieron detrás de un muro, sintiéndose cada vez más avergonzados.
Finalmente, después de una larga y humillante caminata, llegaron al lugar donde habían dejado sus ropas. Se vistieron rápidamente, sintiéndose aliviados de poder cubrirse de nuevo. Pero la vergüenza aún les quemaba las mejillas.
Cuando llegaron a casa, sus padres los esperaban con cara de pocos amigos. No hizo falta que les dijeran nada. Tomás y Miguel, con la cabeza gacha, confesaron su travesura y las consecuencias que habían sufrido.
Sus padres, aunque enfadados, se sintieron aliviados de que estuvieran bien. Les explicaron, una vez más, el peligro de desobedecer y de nadar en el río sin supervisión. Les castigaron sin televisión y sin jugar con sus amigos durante una semana.
Tomás y Miguel aprendieron una valiosa lección. No solo comprendieron el peligro del río, sino también la importancia de obedecer a sus padres y de pensar en las consecuencias de sus actos. Y, sobre todo, aprendieron que la vergüenza puede ser un castigo mucho peor que cualquier otra cosa. Nunca más volvieron a desobedecer y, por supuesto, nunca más se bañaron desnudos en el río. Ahora, cuando hacía calor, se conformaban con un buen helado y una charla a la sombra de un árbol.
Desde ese día, cada vez que veían el río, recordaban su travesura y la gran lección que habían aprendido. Y siempre, siempre, obedecían a sus padres.
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