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Ana y sus hermanos, Graciela, Pato, Willie y Nacho, siempre esperaban con ansias los días de quebrada. La Quebrada de Córdoba era su lugar favorito en el mundo. Era una poza grande y cristalina, rodeada de arbustos de flores silvestres, un pasto suave donde tomar el sol, y altísimos pinos que ofrecían una sombra fresca y perfumada. También había un pequeño rincón de arena, perfecto para construir castillos imaginarios.
Cada vez que iban, llevaban sus toallas de colores, champú con olor a frutas y muchas ganas de reír. Se pasaban el día entero bañándose, chapoteando y tomando el sol como lagartijas felices. Todos sabían nadar… bueno, casi todos. Ana, la más pequeña, aún no se atrevía a aventurarse en las profundidades. Ella prefería jugar en la orilla, recogiendo piedritas brillantes y observando a los renacuajos moverse entre las algas.
Un día soleado, como tantos otros, la pandilla llegó a la quebrada. El agua estaba fresca y tentadora, y el sol brillaba con fuerza. Todos se lanzaron al agua con gritos de alegría, excepto Ana, que se sentó en la orilla a construir un pequeño castillo de arena. Nacho, que siempre era el más travieso de todos, comenzó a mojar a Ana y a Graciela. Salpicaba agua con sus manos, haciendo olas que las empapaban de pies a cabeza.
Graciela, que estaba muy concentrada leyendo un libro, se enojó mucho. "¡Nacho, para! ¡Estás mojando las toallas!" gritó, intentando proteger su libro y su toalla favorita. Pero Nacho, lejos de hacer caso, seguía salpicando agua mientras reía a carcajadas. Cada vez que Graciela gritaba más fuerte, él redoblaba sus esfuerzos, disfrutando de su enfado.
La situación escaló rápidamente. En un arrebato de travesura desmedida, Nacho tomó a Ana en brazos, quien lo miraba con sorpresa, y la lanzó a la poza. Ana, que no se esperaba para nada esto, no tuvo tiempo de reaccionar. Solo sintió el frío del agua envolviéndola de golpe.
Al principio, no pasó nada. Ana simplemente se dejó hundir, abriendo sus ojos bajo el agua. Vio el musgo verde y oscuro que cubría las rocas del fondo, y sintió cómo la luz del sol se atenuaba a medida que se hundía más. El agua, que al principio parecía clara, se volvía cada vez más turbia y oscura. El pánico comenzó a apoderarse de ella.
Graciela, al ver lo que había hecho Nacho, se desesperó. Se dio cuenta de que Ana no salía a la superficie. Gritó el nombre de su hermana con todas sus fuerzas, con el corazón latiendo a mil por hora. Nacho, al ver que Ana no reaccionaba, sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Se dio cuenta de la gravedad de su broma. Sin pensarlo dos veces, se lanzó al agua para rescatarla.
Nacho nadó con todas sus fuerzas hacia el fondo de la poza, donde había visto hundirse a Ana. La encontró flotando inmóvil, con los ojos cerrados. La tomó en brazos y la sacó a la superficie, llevándola hasta la orilla. Ana tosió y escupió agua, respirando con dificultad. Estaba asustada y furiosa.
"¡Nacho!" gritó Ana, con la voz temblorosa. "¡Eres un huevón! ¡Te voy a acusar con papá!" Estaba tan enfadada que no podía ni siquiera pensar en lo que había pasado. Solo quería que Nacho pagara por su estúpida broma.
Esa noche, cuando regresaron a casa, el ambiente era tenso. Ana no le dirigió la palabra a Nacho en todo el camino. Al llegar, su padre, Julio, los estaba esperando con una gran sorpresa: ¡una fogata! Había encendido un fuego enorme en el patio trasero, y el olor a madera quemada llenaba el aire.
Su madre, Chabelita, había estado horneando pancito amasado, un pan tradicional chileno, y el olor dulce y cálido inundaba la casa. Se sentaron todos alrededor del fuego, comiendo pancito amasado con mantequilla y escuchando las historias que contaba Julio. Él era un maestro narrador, y sus cuentos de fantasmas y animales salvajes siempre los mantenían entretenidos.
A pesar de la deliciosa comida y las divertidas historias, Ana seguía sintiéndose incómoda. No podía olvidar el miedo que había sentido en la poza, ni la traición de Nacho. Pero poco a poco, el calor del fuego y el cariño de su familia comenzaron a calmarla.
Después de cenar, los niños se prepararon para dormir. Como era costumbre en las noches de verano, prendieron un diario viejo y lo dejaron quemar lentamente en la pieza, para que el humo espantara a los zancudos. Mientras el humo llenaba la habitación, Ana miró a Nacho. Él estaba sentado en su cama, con la cabeza baja.
Se notaba que se sentía culpable por lo que había hecho. Ana suspiró. Sabía que Nacho era un poco tonto a veces, pero en el fondo era un buen chico. Quizás, solo quizás, podría perdonarlo. Pero tendría que aprender a nadar primero, para que nunca más volviera a depender de él.
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