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Gratis · elegí una vozEn la comunidad de Pampamarca, en medio de montañas verdes y cielos azules, vivía una vaca muy especial llamada Margarita. Margarita no era una vaca cualquiera; tenía un pelaje blanco con manchas marrones que parecían corazones, y sus ojos grandes y redondos siempre brillaban con alegría. Su dueña era la señora María, una mujer de manos arrugadas por el trabajo y una sonrisa tan cálida como el sol andino. La señora María amaba a Margarita como si fuera su propia hija.
Cada mañana, la señora María se levantaba antes del amanecer para ordeñar a Margarita. La leche fresca y espumosa era la base del desayuno de la familia y también la vendían en el mercado del pueblo. Margarita disfrutaba pastando en los campos verdes, mordisqueando la hierba suave y observando a los niños jugar. Era feliz, y su felicidad contagiaba a todos en Pampamarca.
Pero un día, Margarita empezó a sentirse mal. Su pelaje brillante se veía opaco y comenzaron a aparecerle ronchas rojas que le picaban mucho. La señora María, preocupada, consultó al veterinario del pueblo. El diagnóstico fue sarna, una enfermedad de la piel causada por ácaros. El veterinario le dio a la señora María una medicina especial y le explicó cómo cuidarla, pero la sarna era muy persistente.
La señora María cuidaba de Margarita con esmero. Le aplicaba la medicina, la lavaba con agua tibia y le daba los mejores pastos. Pero a pesar de todos sus esfuerzos, Margarita empeoraba. Ya no corría por los campos, ni mugía con alegría. Se quedaba quieta, con la mirada triste, raspándose contra los árboles para aliviar la picazón. La señora María sentía que su corazón se rompía al verla sufrir.
Un día, Margarita amaneció muy débil. La señora María la encontró tendida en el campo, con la mirada fija en el cielo. La abrazó con fuerza, sintiendo sus lágrimas caer sobre el pelaje áspero de la vaca. Margarita dio un último suspiro y cerró los ojos. El campo de Pampamarca se quedó en silencio.
La señora María estaba desconsolada. Había perdido a su amiga, a su compañera, a su vaca Margarita. Los niños del pueblo también estaban tristes; ya no podrían jugar con Margarita en el campo. El mercado del pueblo se sentía vacío sin la leche fresca de Margarita.
La señora María enterró a Margarita en el campo que tanto amaba, bajo un gran árbol de molle. Plantó flores silvestres sobre su tumba, flores de todos los colores, para recordarla siempre con alegría. Durante días, la señora María no pudo dejar de llorar. Se sentaba junto a la tumba de Margarita y le contaba historias, como si la vaca aún pudiera escucharla.
Un día, mientras la señora María lloraba junto a la tumba, un pajarito se posó en una rama del árbol de molle. El pajarito cantó una melodía suave y dulce, una melodía que parecía decir: “No estés triste, señora María. Margarita siempre estará contigo, en tu corazón”.
La señora María escuchó el canto del pajarito y sintió un poco de consuelo. Se dio cuenta de que, aunque Margarita ya no estuviera físicamente con ella, su recuerdo viviría para siempre en su corazón y en el corazón de todos los que la habían amado. Decidió honrar la memoria de Margarita cuidando aún más de la tierra y de los animales.
La señora María siguió ordeñando a las otras vacas, pero siempre recordaba a Margarita. Aprendió que el amor nunca muere, que siempre permanece en nuestros corazones. Y aunque el campo de Pampamarca había estado triste por la pérdida de Margarita, poco a poco, la alegría regresó, porque el amor de la señora María y el recuerdo de la vaca especial seguían vivos en cada rincón de la comunidad. La leche de las otras vacas parecía tener un sabor especial, un sabor a cariño y a recuerdo, como si Margarita estuviera presente en cada sorbo. Los niños volvieron a jugar en el campo, ahora cuidando especialmente las flores que crecían sobre la tumba de Margarita. La señora María, aunque siempre extrañaría a su vaca, sabía que Margarita había dejado una huella imborrable en Pampamarca, una huella de amor, alegría y amistad. Y cada vez que veía un pajarito cantar en el árbol de molle, sonreía, sabiendo que Margarita estaba allí, cuidándola desde el cielo.
Con el tiempo, la señora María adoptó una pequeña ternera huérfana, a la que llamó Estrellita, porque tenía una mancha blanca en forma de estrella en la frente. Estrellita creció rodeada de amor y cuidados, y se convirtió en una vaca hermosa y saludable, recordando a todos la bondad y el cariño que la señora María sentía por todos los animales. Y así, la historia de Margarita se convirtió en una leyenda en Pampamarca, una leyenda de amor, pérdida y esperanza.
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