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Gratis · elegí una vozEn un prado verde y extenso, vivía una vaca llamada Brunilda. Brunilda era… bueno, no era la vaca más amable del mundo. De hecho, era bastante gruñona y egoísta. Cuando tuvo un ternerito, al que llamó Manolo, Brunilda no sintió ningún cariño por él. No le gustaba cuidarlo, ni lamerlo para limpiarlo, ni mucho menos jugar con él. Pensaba que Manolo era una molestia, un estorbo en su vida de vaca solitaria. Un día, Brunilda, harta de los balidos de Manolo, decidió que ya no lo quería más. Lo llevó hasta lo más profundo del monte, un lugar oscuro y lleno de árboles altos, y lo abandonó allí. "Adiós", murmuró Brunilda sin ningún remordimiento, y se alejó trotando, dejando a Manolo solo y asustado. Manolo, un ternerito pequeño y peludo, se quedó llorando desconsoladamente. No entendía por qué su mamá lo había dejado allí. Tenía hambre, frío y mucho miedo. La noche cayó sobre el monte, llenándolo de sombras y ruidos extraños. Manolo se acurrucó debajo de un árbol, temblando de frío y esperando que su mamá regresara. Pero Brunilda no regresó. A la mañana siguiente, Manolo despertó con el sol brillando entre los árboles. Su estómago rugía de hambre y sus ojos estaban llenos de lágrimas. Se levantó con dificultad y comenzó a caminar, buscando algo de comer o alguien que lo ayudara. Caminó y caminó durante horas, hasta que llegó a un claro en el bosque. Allí, vio a otra vaca, una vaca grande y de color marrón suave, pastando tranquilamente. La vaca se llamaba Margarita. Margarita era una vaca muy bondadosa y de buen corazón. Había tenido muchos terneros propios y le encantaba cuidar de ellos. Cuando vio a Manolo, solo y perdido, sintió una gran pena por él. "¡Oh, pobre ternerito!", exclamó Margarita acercándose a Manolo. "¿Qué te ha pasado? ¿Dónde está tu mamá?" Manolo, con la voz temblorosa, le contó a Margarita lo que había sucedido. Le contó cómo Brunilda lo había abandonado en el monte y cómo había estado solo y asustado toda la noche. Margarita escuchó atentamente la historia de Manolo y su corazón se llenó de compasión. "No te preocupes, pequeño", le dijo Margarita con voz suave. "Yo te cuidaré. Seré tu nueva mamá." Manolo se sintió aliviado y feliz. Abrazó las patas de Margarita y comenzó a llorar de alegría. Margarita lamió la cabeza de Manolo para consolarlo y lo invitó a comer pasto fresco con ella. Desde ese día, Margarita adoptó a Manolo como si fuera su propio hijo. Lo cuidó, lo alimentó y lo protegió de todos los peligros del monte. Manolo creció sano y fuerte bajo el cuidado de Margarita. Aprendió a pastar, a beber agua del río y a jugar con los otros terneros del prado. Siempre estuvo agradecido a Margarita por haberlo salvado y por darle una nueva familia. Un día, mientras pastaban cerca del borde del monte, Manolo vio a una vaca que le resultaba familiar. Era Brunilda, su mamá biológica. Brunilda parecía demacrada y triste. Al ver a Manolo, se acercó a él con timidez. "Manolo…", murmuró Brunilda. "Lo siento. Lo siento mucho por haberte abandonado. Fui una mala madre." Manolo miró a Brunilda con tristeza. Aunque todavía sentía un poco de rencor por lo que había hecho, también sentía compasión por ella. "Está bien, mamá", dijo Manolo. "Margarita me cuidó muy bien. Ella es mi verdadera mamá ahora." Brunilda asintió con la cabeza, con lágrimas en los ojos. Sabía que no merecía el perdón de Manolo, pero se sentía aliviada de verlo sano y salvo. Margarita se acercó a Manolo y a Brunilda. Al ver la tristeza en el rostro de Brunilda, sintió lástima por ella. "Todos cometemos errores", le dijo Margarita a Brunilda con voz amable. "Lo importante es aprender de ellos y tratar de ser mejores." Brunilda agradeció a Margarita por su comprensión y se alejó lentamente, dejando a Manolo y a Margarita juntos. Manolo abrazó a Margarita con fuerza. "Te quiero, mamá", le dijo Manolo. "Tú eres la mejor mamá del mundo." Margarita sonrió y lamió la cabeza de Manolo. Sabía que había hecho lo correcto al adoptar a Manolo. Le había dado una nueva vida y un hogar lleno de amor. Y Manolo, a su vez, le había enseñado el verdadero significado de la maternidad. Y así, Manolo y Margarita vivieron felices para siempre en el prado verde, rodeados de amigos y de amor. Y Brunilda, aunque siempre se arrepintió de sus actos, aprendió a ser una vaca más amable y compasiva.
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