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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un jardín lleno de flores de colores y árboles frutales, una víbora muy peculiar llamada Valentina. Valentina no era como las otras víboras. En lugar de querer asustar a los conejos y a los ratones, a Valentina le encantaba bailar al son del viento y lucir su piel brillante al sol. Su piel tenía escamas de color verde esmeralda, con pequeñas motas doradas que parecían estrellas. Era, sin duda, la víbora más coqueta del jardín.
Un día, Valentina se despertó con un problema. Su piel, que siempre había sido tan reluciente, estaba opaca y sin brillo. "¡Oh, no!", exclamó Valentina, mirándose en el reflejo de una gota de rocío. "¿Qué me está pasando? ¡Ya no soy la víbora más coqueta del jardín!"
Preocupada, Valentina decidió buscar ayuda. Primero, visitó a la sabia Doña Tortuga, que vivía debajo de un gran árbol de mango. Doña Tortuga era muy anciana y lo sabía todo sobre el jardín. "Doña Tortuga, Doña Tortuga", silbó Valentina suavemente. "Mi piel ha perdido su brillo. ¿Qué puedo hacer?"
Doña Tortuga, con su voz lenta y pausada, respondió: "Querida Valentina, la belleza de la piel no solo viene de afuera, sino también de adentro. ¿Has estado comiendo bien? ¿Has estado bebiendo suficiente agua?"
Valentina pensó por un momento. "Pues, la verdad, he estado un poco ocupada bailando y no he prestado mucha atención a mi alimentación", admitió.
"Ah, ahí está el problema", dijo Doña Tortuga. "Debes comer frutas y verduras frescas, y beber mucha agua. La naturaleza te dará el brillo que necesitas".
Valentina agradeció a Doña Tortuga y se fue en busca de comida saludable. Encontró unas deliciosas fresas rojas y jugosas, unas hojas de lechuga verde crujiente y una sandía dulce y refrescante. Comió todo con mucho gusto y bebió agua fresca de un arroyo cercano.
Pero, a pesar de comer bien, su piel seguía opaca. Desanimada, Valentina se arrastró hasta un grupo de mariposas revoloteando alrededor de un arbusto de rosas. "Mariposas, mariposas", silbó tristemente. "Doña Tortuga me dijo que comiera bien, pero mi piel sigue sin brillar. ¿Qué más puedo hacer?"
Una de las mariposas, la más colorida de todas, se acercó a Valentina y le dijo: "Valentina, la belleza también viene de la felicidad. ¿Estás feliz? ¿Haces cosas que te hacen sentir bien?"
Valentina pensó en ello. Le encantaba bailar, pero últimamente solo se había preocupado por su piel. "Creo que no he estado muy feliz", admitió. "Solo me he preocupado por mi apariencia".
"Entonces, debes hacer algo que te haga feliz", dijo la mariposa. "Baila, canta, juega con tus amigos. La alegría te dará el brillo que buscas".
Valentina siguió el consejo de las mariposas. Se puso a bailar al son del viento, cantó una canción alegre y jugó a las escondidas con los grillos. Se divirtió mucho y se sintió muy feliz.
Pero, su piel seguía igual. Confundida, Valentina se encontró con Don Búho, sentado en la rama de un árbol. Don Búho era muy sabio y observador. "Don Búho, Don Búho", silbó Valentina. "He comido bien, he hecho cosas que me hacen feliz, pero mi piel sigue sin brillar. ¿Qué está pasando?"
Don Búho, con sus grandes ojos amarillos, miró a Valentina fijamente. "Valentina", dijo con su voz grave y profunda. "El brillo de la piel también viene de la bondad. ¿Has hecho algo bueno por alguien hoy?"
Valentina se dio cuenta de que no había pensado en ayudar a nadie. Siempre había estado demasiado ocupada pensando en sí misma. "No, no he hecho nada bueno por nadie", admitió avergonzada.
"Entonces, ahí está la respuesta", dijo Don Búho. "Debes hacer algo bueno por alguien. La bondad te dará el brillo que necesitas".
Valentina pensó en cómo podía ayudar. De repente, vio a un pequeño caracol que intentaba subir por una piedra grande. El caracol se resbalaba y no podía llegar a la cima.
Valentina se acercó al caracol y le ofreció su ayuda. Con su cuerpo fuerte y flexible, empujó al caracol hasta la cima de la piedra. El caracol, muy agradecido, le dio las gracias.
En ese momento, Valentina sintió algo diferente. Una calidez la invadió por dentro, y su piel comenzó a brillar con un resplandor hermoso y radiante. ¡Había recuperado su brillo!
Valentina se dio cuenta de que Don Búho tenía razón. La bondad era el ingrediente secreto que le faltaba. Desde ese día, Valentina no solo se preocupó por su apariencia, sino también por ayudar a los demás. Se convirtió en la víbora más querida del jardín, y su piel siempre brilló con la luz de su bondad.
Y así, Valentina, la víbora coqueta, aprendió que la verdadera belleza viene de adentro, de comer sano, de ser feliz y, sobre todo, de ser buena con los demás. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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