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Gratis · elegí una vozEn un castillo hecho de turrón y nubes de algodón, vivía Malvina, la villana más… adorablemente malvada del reino de Caramelia. Malvina no era malvada por maldad. ¡Oh, no! Ella era malvada por… ¡amor! Estaba perdidamente enamorada del Príncipe Despistado, un joven tan guapo como olvidadizo, que pasaba sus días coleccionando botones y preguntándose dónde había dejado sus calcetines (casi siempre en el tejado).
Malvina había intentado todo para llamar la atención del Príncipe Despistado. Primero, le robó su colección de botones brillantes, pensando que así él la buscaría desesperadamente. Pero el Príncipe simplemente dijo: "¡Oh, bueno! Más botones aparecerán mágicamente, seguro". Luego, intentó secuestrar a su gato, Bigotes, un felino gordo y perezoso. Pero Bigotes se durmió en el saco de Malvina, roncando tan fuerte que la despertó a ella a las tres de la mañana.
Un día, Malvina tuvo una idea brillante. "Si el Príncipe Despistado necesita ayuda, ¡yo seré su heroína!", exclamó. Así que, con su capa de terciopelo morado (que, por cierto, le picaba un poco), se dirigió al Bosque Susurrante, un lugar conocido por sus árboles parlantes y sus traviesas ardillas voladoras.
En el Bosque Susurrante, Malvina encontró a un grupo de Gnomos Gruñones que habían robado… ¡la receta secreta de la tarta de fresas del Príncipe Despistado! "¡Ajá!", pensó Malvina. "Esta es mi oportunidad". Se enfrentó a los Gnomos Gruñones, quienes eran diminutos pero muy, muy malhumorados.
"¡Devuelvan la receta!", gritó Malvina, alzando su varita mágica (que en realidad era un tenedor gigante). Los Gnomos Gruñones se rieron a carcajadas. "¿Y qué vas a hacer al respecto, Villana Corazón de Miel?", se burló el jefe de los gnomos, un tipo llamado Gruñón Número Uno.
Malvina, con el corazón latiendo a mil por hora, intentó lanzar un hechizo. Pero se puso tan nerviosa que gritó: "¡Transformación… en… conejitos adorables!" En lugar de transformar a los gnomos, ¡transformó accidentalmente su propia capa en un montón de conejitos peludos! Los conejitos empezaron a saltar por todas partes, mordisqueando las botas de los gnomos y haciendo cosquillas en sus narices.
Los Gnomos Gruñones, sorprendidos y cosquilleados, no pudieron evitar reírse. Gruñón Número Uno, entre risas, dijo: "¡Nunca había visto algo tan ridículo!" Malvina, avergonzada pero decidida, aprovechó la distracción. Corrió hacia el cofre donde guardaban la receta y la agarró.
"¡La tengo!", gritó, y salió corriendo del bosque, perseguida por los conejitos y las risas de los Gnomos Gruñones. Regresó al castillo, jadeando y cubierta de pelos de conejo. Encontró al Príncipe Despistado buscando desesperadamente… ¡sus calcetines!
"¡Príncipe!", exclamó Malvina, extendiéndole la receta. "¡Los Gnomos Gruñones habían robado tu receta secreta de tarta de fresas! ¡Pero la recuperé!" El Príncipe Despistado la miró con los ojos muy abiertos. "¿Mi receta de tarta de fresas? Oh, vaya… Creí que la había dejado en el tejado, junto con mis calcetines. ¡Gracias, Malvina! ¡Eres muy… amable!"
El Príncipe Despistado tomó la receta y, sin pensarlo dos veces, invitó a Malvina a hornear la tarta con él. Malvina, con el corazón dando saltos mortales, aceptó encantada. Pasaron la tarde mezclando harina, batiendo huevos y riendo mientras se cubrían de glaseado.
La tarta de fresas resultó deliciosa. El Príncipe Despistado, con la boca llena de crema, miró a Malvina y dijo: "Sabes, Malvina, eres mucho más divertida que mi colección de botones. Y mucho más útil que mis calcetines (aunque ahora los tengo todos en el mismo lugar)."
Malvina sonrió. Finalmente, el Príncipe Despistado la había notado. Pero no por sus malvados planes, sino por su… ¡torpe heroísmo! Desde ese día, Malvina dejó de ser la villana. Se convirtió en la mejor amiga del Príncipe Despistado, ayudándolo a encontrar sus calcetines, a cuidar de Bigotes y, de vez en cuando, a rescatar su receta de tarta de fresas de las garras (bueno, de las manitas) de los Gnomos Gruñones. Y aunque el Príncipe Despistado seguía siendo un poco despistado, Malvina sabía que, en el fondo de su corazón, él también la quería… aunque fuera un poquito más que a sus calcetines.
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