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Había una vez, en un colorido pueblo donde las calles olían a flores frescas y el sol siempre parecía sonreír, un niño llamado Lalo. Para Lalo, no había lugar más emocionante en el mundo que su escuela. Cada mañana, se despertaba con un salto, se ponía su mochila azul y caminaba silvando hacia su salón de clases. Le encantaba el sonido de la tiza contra la pizarra, el olor de los libros nuevos y, sobre todo, el bullicio de sus compañeros jugando en el recreo.
En la escuela, Lalo tenía un compañero inseparable: Pedro. Pedro y Lalo eran como el pan y la mantequilla; donde estaba uno, siempre estaba el otro. Se sentaban juntos en el salón, compartían sus meriendas y soñaban con ser grandes exploradores. Juntos, las lecciones de matemáticas parecían juegos y las clases de canto se convertían en grandes conciertos llenos de risas.
Sin embargo, una mañana de martes, algo cambió. Lalo llegó al salón, colgó su mochila y miró hacia el pupitre de al lado. Estaba vacío. Durante toda la mañana, Lalo no dejó de mirar la puerta, esperando que Pedro entrara corriendo con una disculpa por llegar tarde. Pero la puerta no se abrió para su amigo. Lalo se sentía inquieto. El salón, que solía ser tan alegre, ahora le parecía un poco más gris. Ni siquiera el juego de las escondidas en el recreo logró animarlo.
—¿Qué habrá pasado con Pedro? —se preguntaba Lalo con un nudo en la garganta. Su amigo nunca faltaba, ni siquiera cuando llovía a cántaros.
Cuando las clases terminaron, Lalo corrió hacia su mamá, quien lo esperaba en la entrada de la escuela. Con los ojos llenos de preocupación, le pidió:

—Mamá, por favor, ¿podemos ir a casa de Pedro? No fue a clases y me temo que algo malo le sucedió.
Su mamá, viendo el gran corazón de su hijo, asintió con una sonrisa. Al llegar a la casa de Pedro, el ambiente estaba muy tranquilo. La mamá de Pedro los recibió y los llevó a la sala. Allí, sentado en una sillita acolchada y con una pierna estirada sobre un cojín, estaba Pedro. Su pie izquierdo estaba cubierto por un yeso blanco y pesado.
—¡Pedro! ¿Qué te pasó? —exclamó Lalo, corriendo a darle un abrazo suave para no lastimarlo.
Pedro, aunque se veía un poco cansado, sonrió al ver a su mejor amigo.
—Me caí de mi bicicleta el domingo por la tarde —explicó Pedro, señalando su yeso—. Me lastimé el pie y el doctor dijo que debo quedarme en casa descansando por un buen tiempo. No puedo caminar bien todavía.

Lalo escuchó con atención. Sintió una profunda tristeza al imaginar a su amigo solo en casa mientras todos los demás jugaban en la escuela. Pero en ese momento, una idea brillante cruzó su mente. Si Pedro no podía ir a la escuela, ¡Lalo llevaría la escuela a Pedro!
Desde ese día, la rutina de Lalo cambió. Al salir de clases, en lugar de irse a jugar al parque, caminaba directo a la casa de Pedro. Llevaba consigo sus propios cuadernos y los de su amigo. Se sentaba en el suelo, junto a la sillita de Pedro, y con mucha paciencia le contaba todo lo que habían aprendido ese día.
—Hoy aprendimos sobre los planetas, Pedro —decía Lalo con entusiasmo, dibujando un gran Saturno con anillos en el cuaderno—. Y la maestra nos enseñó una canción nueva sobre las estaciones del año. ¡Escucha!
Lalo cantaba, explicaba las sumas y restas, y le leía los cuentos que la bibliotecaria les prestaba. No solo compartían lecciones; también compartían risas y secretos. Lalo se aseguraba de que Pedro no se sintiera solo ni se atrasara en sus estudios. Con cada visita, el ánimo de Pedro mejoraba. Ya no se sentía triste por su pie enyesado, porque sabía que cada tarde tendría a su mejor amigo a su lado.
Pasaron las semanas y el yeso de Pedro finalmente fue retirado. El día que regresó a la escuela, el salón entero estalló en aplausos. Pedro caminaba un poco despacio, pero su sonrisa era más brillante que nunca. Se sentó en su pupitre de siempre, justo al lado de Lalo, y le dio un fuerte apretón de manos.
—Gracias por no dejarme solo, Lalo —susurró Pedro.
Ese día, mientras jugaban felices en el recreo, ambos comprendieron una lección que no estaba escrita en ningún libro de texto: la verdadera amistad no se trata solo de reír juntos cuando todo va bien, sino de dar la mano, acompañar y cuidar a quienes más lo necesitan en los momentos difíciles. Y así, Lalo y Pedro siguieron creciendo, siempre juntos, demostrando que un amigo de verdad es el tesoro más grande que un niño puede encontrar.
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