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Gratis · elegí una vozLara y Lucía eran dos hermanas muy diferentes, ¡pero las mejores amigas! Lara era aventurera, siempre con las rodillas raspadas y un mapa en el bolsillo. Lucía, en cambio, prefería los libros y las flores, con las manos siempre llenas de tierra y una sonrisa suave. Vivían en un pequeño pueblo llamado Colores Vivos, famoso por, adivina qué… ¡sus colores vibrantes! Las casas eran rojas como fresas, las flores amarillas como el sol y el cielo azul como el mar.
Un día, Lara y Lucía salieron a explorar el bosque que rodeaba el pueblo. El sol brillaba, los pájaros cantaban y todo parecía perfecto. De repente, Lucía gritó: "¡Lara, mira! ¡El arcoíris! ¡Pero… está… gris!"
Lara miró hacia arriba. Efectivamente, donde antes había un arcoíris brillante, ahora solo había un arcoíris pálido y sin vida. Las hermanas se acercaron al arcoíris, tocándolo con cuidado. Era frío y triste.
"¡Tenemos que hacer algo!", exclamó Lara, siempre lista para la acción. "¡El arcoíris necesita sus colores!"
Lucía, pensativa, dijo: "Pero, ¿cómo podemos devolverle los colores? No podemos simplemente pintarlo con crayones".
De repente, un pequeño gnomo apareció entre los árboles. Era viejo y arrugado, con una barba larga y blanca que le llegaba hasta las rodillas. "He oído vuestra preocupación", dijo el gnomo con una voz ronca. "El arcoíris ha perdido sus colores porque alguien robó la Fuente de la Alegría, de donde provienen todos los colores del mundo".
"¿La Fuente de la Alegría?", preguntaron Lara y Lucía al unísono.
"Sí", respondió el gnomo. "Está escondida en la Cueva Oscura, custodiada por un gruñón dragón morado llamado Gruñoncito. Debéis recuperar la Fuente de la Alegría para devolverle los colores al arcoíris y a todo el mundo".
Lara y Lucía se miraron. La Cueva Oscura sonaba aterradora, y un dragón, ¡incluso uno gruñón, era peligroso! Pero sabían que tenían que hacerlo.
Así que, Lara con su mapa y Lucía con su conocimiento de las flores, se adentraron en el bosque en busca de la Cueva Oscura. El camino era largo y lleno de obstáculos. Tuvieron que cruzar un río saltando de piedra en piedra, escalar una colina empinada y evitar las garras de unas zarzas espinosas.
Finalmente, llegaron a la entrada de la Cueva Oscura. Era oscura y húmeda, y un olor a azufre flotaba en el aire. Lara sacó su linterna y juntas entraron en la cueva.
Dentro, la cueva era laberíntica. Se perdieron varias veces, pero Lara siempre encontraba el camino con su mapa. En una de las paredes de la cueva, Lucía descubrió unas extrañas flores que brillaban tenuemente en la oscuridad. Las recogió con cuidado y las guardó en su bolsillo.
Después de mucho caminar, llegaron a una gran cámara. En el centro de la cámara, sobre un pedestal, estaba la Fuente de la Alegría. Era una pequeña fuente de cristal que emitía una luz tenue y multicolor. Pero frente a la fuente, ¡estaba Gruñoncito, el dragón morado! Era grande y escamoso, con ojos amarillos brillantes y un ceño fruncido permanente.
Gruñoncito gruñó al verlas. "¡Fuera de aquí! ¡Esta fuente es mía!", rugió el dragón.
Lara y Lucía estaban asustadas, pero no se rindieron. Lara intentó distraer al dragón, pero Gruñoncito era demasiado rápido. Entonces, Lucía recordó las flores brillantes que había encontrado. Las sacó de su bolsillo y las arrojó al suelo. Las flores comenzaron a emitir una luz brillante y un aroma dulce que llenó la cámara.
Gruñoncito parpadeó, confundido. El aroma de las flores lo relajó y su ceño fruncido comenzó a suavizarse. "¿Qué… qué es esto?", murmuró el dragón.
Lucía se acercó a Gruñoncito y le ofreció una de las flores. "Son flores de la alegría", dijo Lucía con una voz suave. "Te harán sentir feliz".
Gruñoncito dudó por un momento, pero finalmente tomó la flor. La olió y una sonrisa tímida apareció en su rostro. "¡Qué… qué bien huele!", dijo el dragón, sorprendido.
Lara aprovechó la distracción de Gruñoncito para acercarse a la Fuente de la Alegría. La tomó con cuidado y, junto con Lucía, salieron corriendo de la cueva.
Una vez fuera de la cueva, corrieron de vuelta al pueblo. Cuando llegaron al arcoíris gris, Lara colocó la Fuente de la Alegría debajo. Inmediatamente, la luz de la fuente se extendió por todo el arcoíris, devolviéndole sus colores vibrantes. ¡Rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta! El arcoíris brillaba más que nunca.
La gente del pueblo salió a celebrar. El pueblo volvió a llenarse de alegría y los colores de las casas y las flores se intensificaron. Incluso Gruñoncito salió de la cueva y se unió a la fiesta. Lucía le dio más flores de la alegría y el dragón, por primera vez en su vida, ¡sonrió de verdad!
Lara y Lucía aprendieron que incluso las personas más diferentes pueden trabajar juntas para lograr grandes cosas, y que la alegría y la amistad son los colores más importantes de todos.
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