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Alondra, Mirialee, Arlenie y Dianeliz, cuatro amigas inseparables de quinto grado en Puerto Rico, amaban mirar las estrellas. Todas las noches, desde la azotea de la casa de Alondra en Guaynabo, usaban el telescopio de Dianeliz para explorar el universo. Alondra soñaba con ser astronauta, Mirialee era una genio en matemáticas, Arlenie conocía cada constelación por su nombre, y Dianeliz tenía una imaginación que no conocía límites.
Una noche, mientras observaban la nebulosa de Orión, Dianeliz gritó: "¡Miren! ¡Una señal!" Un pequeño punto de luz parpadeaba extrañamente cerca de una estrella desconocida. Alondra, con su precisión científica, confirmó que no era una estrella fugaz ni un satélite. Era algo más.
Mirialee, rápida con los cálculos, determinó la ubicación del objeto. "Está en un sistema solar lejano, cerca de la constelación de Andrómeda!", exclamó. Arlenie, recordando sus clases de astronomía, dijo: "¡Esa zona es inexplorada! ¡Podría ser un nuevo planeta!"
Impulsadas por la curiosidad y la emoción, las chicas decidieron investigar. Construyeron una nave espacial usando la imaginación de Dianeliz, el conocimiento de Arlenie, la habilidad matemática de Mirialee y la determinación de Alondra. Utilizaron cajas de cartón, luces de Navidad, y la licuadora de la mamá de Alondra (con permiso, claro) como motor de hipervelocidad.
“¡Listas para el despegue!” gritó Alondra, abrochándose el cinturón de seguridad hecho con una correa de perro. Con un estruendo (cortesía de la licuadora), la nave espacial, bautizada como "El Coquí Cósmico", despegó hacia las estrellas.
El viaje fue emocionante. Pasaron por campos de asteroides hechos de bolas de algodón, navegaron a través de nebulosas de colores vibrantes y saludaron a un grupo de marcianos amigables que vendían helados espaciales.
Finalmente, llegaron al sistema solar desconocido. Allí encontraron un planeta pequeño, de color verde brillante, que emitía la señal que habían visto. Al acercarse, escucharon algo increíble: ¡el planeta estaba hablando!
"¡Ayuda! ¡Me siento solo!", decía una voz grave y temblorosa. Las chicas aterrizaron El Coquí Cósmico en la superficie del planeta. Se encontraron con una gran criatura verde, con grandes ojos tristes, que resultó ser el planeta mismo.
"Hola", dijo Alondra. "Somos de Puerto Rico y vinimos a ver quién enviaba la señal".
El planeta, cuyo nombre era Verdi, explicó que estaba muy solo. Todos los demás planetas de su sistema solar estaban demasiado ocupados girando alrededor de su estrella para hablar con él. Verdi solo quería un amigo.
Dianeliz, con su gran corazón, tuvo una idea. "¡Podemos ser tus amigas!", exclamó. "Podemos visitarte seguido y contarte historias de Puerto Rico y nuestras aventuras".
Verdi se iluminó de alegría. "¡De verdad? ¡Eso sería maravilloso!"
Las chicas pasaron el resto del día con Verdi, contándole historias de playas de arena blanca, de la selva tropical El Yunque, de los coquís cantando por la noche y del delicioso mofongo. Verdi escuchaba con atención, aprendiendo sobre la cultura y la alegría de Puerto Rico.
Antes de partir, prometieron a Verdi que lo visitarían pronto. Le regalaron una pequeña bandera de Puerto Rico para que la plantara en su superficie, y le prometieron enseñarle a bailar salsa en su próxima visita.
De regreso en la Tierra, las chicas estaban felices. Habían hecho un nuevo amigo en el espacio y habían demostrado que incluso los planetas solitarios necesitan un poco de cariño. Desde esa noche, cada vez que miraban las estrellas, sabían que allí, en un planeta verde brillante, un amigo las esperaba, listo para escuchar nuevas historias de su hermosa isla.
Alondra, Mirialee, Arlenie y Dianeliz continuaron sus aventuras espaciales, siempre listas para explorar lo desconocido y hacer nuevos amigos en el universo. Y aunque la licuadora de la mamá de Alondra ya no funcionaba igual, el recuerdo de su viaje a Verdi siempre las haría sonreír.¡Y recuerden mirar hacia el cielo, tal vez ustedes también encuentren un planeta parlanchín! ¡Hasta la próxima aventura espacial!
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