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Gratis · elegí una vozIgnacio era un niño muy curioso, con una melena alborotada como la de un león y ojos brillantes llenos de travesuras. Este año, las vacaciones eran en la casa de su abuela Rosa, una casita blanca con un jardín lleno de flores de todos los colores y… ¡una piscina! Pero lo que más le emocionaba a Ignacio no era la piscina en sí, sino la enorme estatua de terodáctilo que la custodiaba. Era de piedra gris, con las alas extendidas y una expresión que Ignacio juraría que era de picardía. Además, este año, Ignacio había traído a sus amigos inseparables: Sonic, el erizo azul de peluche que corría más rápido que el viento, y Peluches, una colección variopinta de animalitos de tela que siempre le acompañaban en sus aventuras.
El primer día, Ignacio, Sonic y Peluches se lanzaron a la piscina. ¡Splash! El agua estaba fresquita y deliciosa. Ignacio chapoteaba y reía mientras Sonic, agarrado firmemente a su mano, parecía disfrutar tanto como él. Peluches, estratégicamente colocados en el borde de la piscina, observaban con atención. De pronto, Ignacio notó algo extraño. La estatua del terodáctilo… ¡parecía moverse! Parpadeó un par de veces, pensando que era el reflejo del sol en el agua. Pero no, la estatua había girado ligeramente la cabeza y ahora lo miraba fijamente.
"¡Sonic, Peluches, mirad! ¡La estatua se mueve!", exclamó Ignacio, con el corazón latiéndole a mil por hora. Sonic, con sus grandes ojos verdes, miró a la estatua con curiosidad. Peluches, como siempre, parecían un poco asustados. "No seas tonto, Ignacio", dijo una voz ronca. Ignacio se quedó petrificado. La voz… ¡venía de la estatua! "Soy Tere", continuó la estatua, "y llevo siglos vigilando esta piscina. ¡Es aburrido! Necesito algo de emoción."
Ignacio, recuperándose de la sorpresa, preguntó: "¿Eres… eres una estatua que habla?". Tere soltó una risita que hizo temblar ligeramente el suelo. "¡Pues claro que hablo! ¿Qué más iba a hacer todo el día sino hablar conmigo misma? Pero prefiero hablar con alguien más, preferiblemente alguien que no se dedique solo a chapotear."
Ignacio, siempre dispuesto a una aventura, le propuso: "¡Podemos jugar! Sonic, Peluches y yo podemos contarte historias, cantar canciones… ¡lo que quieras!". Tere pareció pensárselo un momento. "Hmm… Historias, dices… Me gusta la idea. Pero tienen que ser historias interesantes, ¿entendido?". Y así, comenzaron las vacaciones más increíbles de Ignacio. Cada día, después de nadar un rato, Ignacio, Sonic y Peluches se sentaban a los pies de Tere y le contaban historias. Ignacio le contaba historias de caballeros valientes y dragones feroces, Sonic le contaba historias de carreras a la velocidad del sonido, y Peluches, aunque tímidamente, le contaba historias de amistad y cariño.
Tere, al principio escéptica, poco a poco se fue enganchando a las historias. Reía a carcajadas con las ocurrencias de Ignacio, se emocionaba con las hazañas de Sonic, y hasta se le escapaba alguna lagrimilla (de piedra, claro) con las historias de Peluches. Un día, Ignacio tuvo una idea brillante. "Tere", dijo, "¿por qué no nos cuentas tú una historia? Seguro que has visto muchas cosas a lo largo de los siglos".
Tere se puso seria. "Bueno…", dijo, "tengo una historia que contaros. Es la historia de un pequeño terodáctilo que soñaba con volar más allá de las nubes…". Y así, Tere les contó la historia de su vida, de cómo había sido un terodáctilo de verdad, de cómo había volado por los cielos prehistóricos y de cómo, un día, un mago la había convertido en estatua para proteger la piscina. La historia era tan emocionante que Ignacio, Sonic y Peluches se quedaron boquiabiertos.
Al final de las vacaciones, Ignacio estaba triste por tener que marcharse. Se despidió de Tere con un fuerte abrazo (cuidado con las alas de piedra, claro). "Volveremos el año que viene, Tere", prometió Ignacio. "Y te traeremos muchas más historias". Tere sonrió (o al menos, eso le pareció a Ignacio). "Os esperaré con impaciencia", dijo. Y así, Ignacio, Sonic y Peluches se fueron, dejando atrás la casa de la abuela Rosa y la estatua parlanchina. Pero Ignacio sabía que, en su corazón, siempre llevaría consigo el recuerdo de las aventuras acuáticas y las historias compartidas con Tere, el terodáctilo que hablaba.
De vuelta en casa, Ignacio a menudo pensaba en Tere. Se imaginaba a la estatua vigilando la piscina, esperando el regreso de sus amigos. Y aunque nadie le creyera, Ignacio sabía que las estatuas, a veces, también tienen historias que contar.
Un día, mientras jugaba en el jardín, Ignacio encontró una pequeña pluma de piedra, gris y brillante. La reconoció al instante. Era una pluma de Tere. Ignacio la guardó como un tesoro, como un recordatorio de las vacaciones más mágicas de su vida, las vacaciones en las que descubrió que hasta la estatua más silenciosa puede tener un corazón lleno de historias y sueños.
Ignacio aprendió ese verano que la amistad puede surgir en los lugares más inesperados, incluso con una estatua de terodáctilo al lado de una piscina. Y que a veces, las vacaciones más divertidas no son las que planeamos, sino las que nos sorprenden con magia y amistad.
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