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Gratis · elegí una vozLucecita era como un rayito de sol travieso, siempre lista para la aventura. Pimpollo, con sus mejillas redondas y rojas, amaba las flores y los insectos. Berta, la más alta y fuerte, era la protectora del grupo, siempre dispuesta a ayudar. Y Margarita, con su voz suave y sus ojos curiosos, era la observadora, la que notaba los detalles más pequeños. Eran las mejores amigas, inseparables como los pétalos de una margarita.
Cada tarde, después de la escuela, se reunían en el Parque Arcoíris. Este parque era mágico, con toboganes de colores brillantes, columpios que parecían volar hasta las nubes y un arenero enorme lleno de tesoros escondidos (conchas marinas, piedras brillantes y canicas perdidas). Allí, la imaginación de las cuatro amigas florecía.
Un día, estaban jugando al escondite. Lucecita, ágil como una ardilla, se escondió detrás del gran roble, su risa contenida. Pimpollo buscaba con entusiasmo, olfateando el aire como si las flores pudieran guiarla. Berta contaba en voz alta, con la paciencia de un gigante amable. Y Margarita, sentada en un banco, observaba con atención, como una detective buscando pistas.
De repente, Lucecita vio algo brillante que sobresalía de la hierba. Era un colibrí atrapado en una red de pescar abandonada. Sin pensarlo dos veces, corrió a liberarlo. Pero en su prisa, tropezó con una raíz y cayó. ¡Ay! Se torció el tobillo.
Berta, al oír el grito, corrió hacia Lucecita. Pimpollo, asustada, se abrazó a Margarita. Berta examinó el tobillo de Lucecita con cuidado. "Está hinchado", dijo preocupada. "Necesitamos ayuda".
Margarita, aunque era la más tímida, tomó la iniciativa. Recordó que la señora Elena, la dueña de la heladería cercana, siempre tenía una sonrisa amable y un botiquín de primeros auxilios. Corrió a buscarla.
La señora Elena llegó enseguida, con una bolsa de hielo y una venda. Con mucho cuidado, aplicó el hielo en el tobillo de Lucecita y lo vendó. "Necesitas descansar, Lucecita", dijo con voz suave. "Nada de correr por unos días".
Lucecita estaba muy triste. La semana siguiente era la gran piyamada anual en la casa del árbol de Berta. ¡Llevaban meses planeándola! Habían elegido películas, preparado recetas secretas de galletas y hasta escrito una obra de teatro.
"No podré ir", dijo Lucecita, con lágrimas en los ojos. "No podré subir a la casa del árbol".
Berta, Pimpollo y Margarita se miraron con tristeza. No podían imaginar la piyamada sin Lucecita. Entonces, a Margarita se le ocurrió una idea.
"¡Podemos traer la piyamada a tu casa!", exclamó. "Podemos convertir tu habitación en una casa del árbol mágica".
La idea fue recibida con entusiasmo. Berta y Pimpollo corrieron a buscar mantas, almohadas y luces de colores. Margarita trajo sus libros de cuentos favoritos. Juntos, transformaron la habitación de Lucecita en un refugio acogedor.
Colgaron sábanas del techo para simular las ramas de un árbol. Pusieron luces de colores para crear un ambiente mágico. Decoraron las paredes con dibujos de estrellas y constelaciones. Incluso construyeron una pequeña rampa para que Lucecita pudiera subir a la cama con facilidad.
La piyamada fue un éxito. Vieron películas, comieron galletas (con la receta secreta de Pimpollo), leyeron cuentos y representaron la obra de teatro que habían escrito. Lucecita, aunque tenía el tobillo vendado, se rió y disfrutó como nunca antes.
Al final de la noche, cansadas pero felices, las cuatro amigas se acurrucaron bajo las mantas. Se dieron cuenta de que la verdadera magia no estaba en la casa del árbol, sino en su amistad. Una amistad que era más fuerte que cualquier accidente, más brillante que cualquier estrella y más dulce que cualquier galleta.
Cuando Lucecita se recuperó, volvieron al Parque Arcoíris. Pero a partir de ese día, jugaron con más cuidado y siempre se recordaban mutuamente la importancia de la seguridad. Y nunca olvidaron la piyamada mágica que habían creado juntas, un recordatorio de que la amistad puede superar cualquier obstáculo.
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