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Gratis · elegí una vozEn un valle verde y soleado, vivía una ovejita muy peculiar llamada Ola. Ola no era una oveja cualquiera; tenía una memoria… bueno, digamos que era un poco olvidadiza. Cada mañana, al despertar, olvidaba dónde había dejado su lana para peinarse, y cada tarde, olvidaba qué flor había prometido llevarle a su mamá. Su peculiaridad la hacía adorable, aunque a veces, un poquito problemática.
Un día, mientras saltaba alegremente por el prado, Ola escuchó una voz suave que decía: "Hola." Miró a su alrededor y vio a una mariquita roja con lunares negros, posada en una hoja de trébol. "Hola," respondió Ola, sonriendo. "Soy Ola, ¿y tú?"
"Soy Lila," dijo la mariquita. "Es un placer conocerte, Ola." Ola y Lila charlaron un rato sobre las flores, el sol y las nubes. De repente, Lila se detuvo y dijo: "Tengo que irme. Mi familia me espera para la merienda. ¡Adiós, Ola!"
"¡Adiós, Lila!" respondió Ola, observando cómo la mariquita se alejaba volando. Unos segundos después, Ola parpadeó. ¿Quién era Lila? ¿Y qué le había dicho? Su memoria, como siempre, le jugaba una mala pasada. Intentó recordar, frunciendo el ceño y mordiéndose el labio, pero fue inútil. ¡Lo había olvidado todo!
Decepcionada, Ola continuó saltando por el prado. A los pocos minutos, escuchó otra voz. Esta vez, era un poco más grave y venía desde un arbusto de moras. "Hola," dijo la voz. Ola se acercó al arbusto y vio a un erizo con púas brillantes. "Hola," respondió Ola, sintiéndose un poco confundida. "¿Nos conocemos?"
El erizo sonrió, mostrando sus pequeños dientes. "Soy Espino. Te vi charlando con Lila hace un momento." Ola abrió los ojos con sorpresa. ¿Lila? ¿Quién era Lila? Y, más importante, ¿de dónde conocía Espino a Lila? Su cabeza daba vueltas. "Hola, Espino," dijo Ola, intentando sonar segura. "Es que… tengo un poco de sueño y no recuerdo bien las cosas."
Espino asintió con comprensión. "No te preocupes, Ola. A todos nos pasa a veces." Le contó a Ola sobre las deliciosas moras del arbusto y sobre el pajarito que cantaba todas las mañanas en la rama más alta. Ola escuchó atentamente, intentando concentrarse y no olvidar nada de lo que Espino le decía. Pero, como era de esperar, cuando Espino se despidió para ir a buscar más moras, Ola ya había olvidado la mitad de la conversación.
Ola suspiró. Ser olvidadiza era muy frustrante. Decidió que necesitaba encontrar una solución. Caminó hasta el río y se sentó en una piedra, observando cómo el agua fluía sin cesar. De repente, escuchó una tercera voz. "Hola," dijo la voz, esta vez suave y melodiosa. Ola miró hacia arriba y vio a una rana verde sentada en una hoja de nenúfar. "Hola," respondió Ola, un poco cansada de presentarse y olvidar a todo el mundo. "¿Quién eres tú?"
"Soy Rina," dijo la rana, sonriendo. "Te he estado observando. Pareces un poco triste." Ola asintió. "Lo estoy. Soy muy olvidadiza. Conozco gente, charlo con ellos, y luego… ¡puf! Lo olvido todo." Rina saltó de la hoja de nenúfar y se acercó a Ola. "Tengo una idea," dijo Rina. "¿Por qué no llevas contigo algo que te recuerde a cada persona que conoces?"
Ola parpadeó. Era una idea brillante. "¿Cómo qué?" preguntó Ola. Rina pensó un momento. "Cuando hablaste con Lila, podrías haber guardado una hoja de trébol. Cuando hablaste con Espino, podrías haber guardado una mora. Y ahora, puedes guardar esta hoja de nenúfar que te doy." Ola sonrió. Era la mejor idea que había escuchado en mucho tiempo. A partir de ese día, Ola siguió el consejo de Rina. Cada vez que conocía a alguien, guardaba un pequeño recuerdo: una pluma, una piedra, una flor. Y así, poco a poco, dejó de olvidar a las personas que conocía. Cada objeto era un pequeño tesoro que le recordaba una historia, una sonrisa, una conversación. Ya no era la ovejita olvidadiza, sino la ovejita coleccionista de recuerdos.
Un día, Lila, Espino y Rina la visitaron. Ola les mostró su colección de recuerdos y les contó cómo su idea la había ayudado. Todos se rieron y se abrazaron. Ola aprendió que incluso sus peculiaridades podían convertirse en algo especial, y que la amistad, como los recuerdos, era algo que valía la pena atesorar.
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