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Gratis · elegí una vozBailey era un perrito salchicha muy particular. No es que fuera *malo*, pero era… digamos… *incoherente*. Sus ladridos salían al revés, sus movimientos eran un tanto extraños, y a veces, en lugar de enterrar huesos, ¡enterraba calcetines! Un día, mientras su humana, Afrita, hacía preguntas a la cajera en la tienda Soriana, Bailey se desató de su correa.
"¡Ay, no!" exclamó Afrita, viendo cómo Bailey se perdía entre las góndolas llenas de coloridos productos. La cajera, una señora amable con un nombre bordado en su uniforme que decía "Guadalupe", sonrió comprensivamente. "No se preocupe, jovencita. Los perritos siempre encuentran el camino de vuelta."
Pero Bailey no era un perrito *cualquiera*. Bailey era un perrito *incoherente*. En lugar de buscar a Afrita, se dedicó a explorar el supermercado con una energía desbordante. Primero, llegó al pasillo de las frutas y verduras. Allí, vio una montaña de naranjas brillantes. "¡Ñam, ñam!" pensó Bailey, aunque en su mente sonaba algo así como "¡Mañ, mañ!" Empezó a empujar una naranja gigante con su nariz, haciéndola rodar por todo el pasillo. Los clientes lo miraban con curiosidad, algunos riendo, otros frunciendo el ceño.
Luego, Bailey llegó al pasillo de los cereales. ¡Qué maravilla de colores y formas! Vio una caja de cereal con un tucán en la portada y decidió que ese tucán necesitaba un amigo. Así que, con sus patitas cortas, intentó escalar la estantería para alcanzar la caja. Por supuesto, resbaló y tiró varias cajas de cereal al suelo. ¡Boom! ¡Crash! El ruido resonó por todo el pasillo.
Afrita, al escuchar el estruendo, se preocupó aún más. "¡Bailey!" gritó, con la esperanza de que su perrito la escuchara. Pero Bailey, absorto en su exploración, no la oyó.
Después, llegó al pasillo de los juguetes. Sus ojos se iluminaron al ver una estantería llena de peluches. ¡Un oso de peluche gigante! ¡Un conejo rosa! ¡Un dinosaurio verde! Bailey decidió que necesitaba abrazar a todos los peluches. Empezó a tirar peluches al suelo, abrazándolos con entusiasmo y moviendo su colita sin parar.
En ese momento, Guadalupe, la cajera, apareció en el pasillo. Había escuchado el alboroto y decidió ayudar a Afrita a encontrar a su perrito. "¡Mira!" exclamó Guadalupe, señalando a Bailey rodeado de peluches.
Afrita corrió hacia Bailey, aliviada de encontrarlo sano y salvo, aunque un tanto avergonzada por el desorden que había causado. "¡Bailey! ¡Qué travesuras estás haciendo!" exclamó, abrazándolo con fuerza.
Bailey, al ver a Afrita, ladró alegremente (aunque, como siempre, su ladrido sonó un poco al revés). Se lamió la cara y movió la cola con aún más entusiasmo.
Afrita se disculpó con Guadalupe y con los demás clientes por el comportamiento de Bailey. Guadalupe, con una sonrisa, le dijo: "No se preocupe, jovencita. Los accidentes pasan. Lo importante es que encontró a su perrito."
Afrita empezó a recoger los cereales y los peluches del suelo, mientras Bailey, arrepentido (o al menos, eso parecía), la ayudaba a empujar las cajas con su nariz.
Finalmente, después de mucho trabajo, todo volvió a la normalidad. Afrita le puso la correa a Bailey y le prometió que nunca más lo dejaría suelto en el supermercado.
Al salir de Soriana, Afrita le compró a Bailey un hueso grande y jugoso como recompensa por ser… bueno… por ser Bailey. Y aunque Bailey era un perrito incoherente y travieso, Afrita lo quería con todo su corazón. Porque, al final, la incoherencia de Bailey era parte de lo que lo hacía tan especial y adorable. Y aunque Afrita siempre tendría que estar atenta a sus travesuras, sabía que nunca se aburriría teniéndolo a su lado. Llegaron a casa, Bailey enterró el hueso en la maceta del balcón (en lugar del jardín) y Afrita suspiró con cariño. La vida con Bailey era una aventura constante, llena de risas y sorpresas. Y aunque a veces fuera un poco caótica, Afrita no la cambiaría por nada del mundo. Esa noche, Afrita soñó que Bailey era el gerente de Soriana, dando instrucciones incoherentes a los empleados y vendiendo plátanos al revés. Se despertó riendo, sabiendo que con Bailey, cualquier cosa era posible. Y aunque a veces se preguntaba si algún día Bailey dejaría de ser incoherente, en el fondo esperaba que nunca cambiara. Porque Bailey, con su incoherencia y sus travesuras, era el perrito más especial del mundo. Y eso, para Afrita, era lo más importante.
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