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Gratis · elegí una vozEl fin de semana pasado, mis abuelos, Don Ricardo y Doña Elena, se fueron de vacaciones a París. ¡París! Yo, Sofía, casi me desmayo de la emoción cuando me lo contaron. Ellos nunca habían salido de Buenos Aires, ¡nunca! Siempre decían que lo mejor del mundo estaba en su barrio, con su panadero, su verdulero y, sobre todo, sus nietos. Pero esta vez, algo los había convencido de empacar las valijas y cruzar el charco.
Antes de partir, Abuela Elena me prometió traerme un regalo especial. “¡Algo muy, muy parisino!”, dijo con un guiño. Yo imaginé mil cosas: una Torre Eiffel miniatura, un pañuelo de seda con lunares, ¡quizás hasta un croissant gigante!
Los días sin mis abuelos fueron… raros. La casa se sentía vacía, aunque mi mamá hiciera las mejores milanesas del mundo. Extrañaba las historias de Don Ricardo sobre sus tiempos de futbolista y las canciones de cuna que Abuela Elena cantaba cuando tenía pesadillas.
Finalmente, el día de su regreso llegó. Fui corriendo al aeropuerto con mis papás. ¡Allí estaban! Abuelo Ricardo, con una boina torcida en la cabeza, y Abuela Elena, radiante, con una sonrisa que iluminaba todo el lugar.
Me abrazaron fuerte, fuerte, y luego… ¡llegó la hora del regalo! Abuela Elena abrió su valija y sacó… ¡una caja de alfajores de maicena!
“¡Abuela!”, exclamé, un poco decepcionada. “¿Alfajores? ¡Pero eso es de Buenos Aires!”
Abuela Elena sonrió misteriosamente. “Estos alfajores, Sofía querida, tienen una historia muy especial. Los compramos en una panadería argentina… ¡en París!”
Abuelo Ricardo intervino, con su voz grave y divertida. “¡Es una larga historia, Sofía! Resulta que, el primer día en París, Abuela Elena se antojó de un alfajor. Buscamos por todas partes, pero nada. ¡París está lleno de croissants y baguettes, pero ni rastro de alfajores!”
Abuela Elena continuó: “Estábamos desesperados. Yo le decía a Ricardo que prefería volverme a Buenos Aires si no podía comer mi alfajor diario. ¡Casi arruino el viaje!”
Abuelo Ricardo asintió con la cabeza. “Entonces, un milagro. Caminando por una callecita, vimos un cartel diminuto que decía ‘Panadería Argentina’. Entramos y… ¡allí estaban! Alfajores de maicena, como los de Buenos Aires, ¡pero hechos en París!”
Me reí a carcajadas. ¡Mis abuelos! ¡Llevando alfajores argentinos desde París! Era la historia más absurda y divertida que había escuchado.
Pero la historia no terminaba ahí. Cuando abrimos la caja de alfajores, ¡faltaba uno!
“¡¿Dónde está el alfajor?!”, exclamó Abuela Elena, con los ojos muy abiertos. “¡Yo contaba con ese alfajor para el mate de la tarde!”
Comenzamos a buscar por todas partes. Revolvimos la valija, revisamos los bolsillos de Abuelo Ricardo, ¡incluso miramos debajo de los asientos del auto! Pero el alfajor no aparecía.
De repente, vi algo sospechoso en la boina de Abuelo Ricardo. ¡Era una mancha blanca, como de dulce de leche!
“Abuelo”, dije señalando la boina. “¿Qué es eso?”
Abuelo Ricardo se puso colorado. “Eeeh… bueno… verás… es que… ¡el alfajor se me cayó!”
Abuela Elena lo miró con una ceja levantada. “¿Se te cayó? ¿Y por qué no me dijiste nada?”
Abuelo Ricardo suspiró. “Porque… porque me lo comí. ¡Estaba tan rico! Era como un pedacito de Buenos Aires en París. No pude resistirme.”
Abuela Elena no pudo evitar reírse. “¡Ricardo! ¡Siempre igual! ¡Nunca puedes resistirte a un alfajor!”
Al final, todos nos reímos mucho. El misterio del alfajor perdido se había resuelto. Aunque Abuela Elena no pudo comer su alfajor parisino, la aventura de encontrarlo y la confesión de Abuelo Ricardo hicieron que el viaje fuera aún más especial.
Y yo, Sofía, aprendí que los mejores regalos no son siempre los más lujosos o los más parisinos, sino los que vienen con historias divertidas y mucho, mucho amor. Y, por supuesto, con la promesa de muchos más alfajores en el futuro, ¡aunque sean de Buenos Aires!
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