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Gratis · elegí una vozMis primeras mascotas fueron unas gallinas cubanas. No eran gallinas comunes, ¡no señor! Se llamaban Lola, Caramelo y Azúcar. Lola era la jefa, una gallina colorada con plumas brillantes como el sol. Caramelo era marrón clarito, suave como el dulce que le daba nombre. Y Azúcar, blanca como la nieve de un coco recién abierto, siempre estaba picoteando algo.
Vivíamos en un pequeño pueblo en Cuba, rodeados de campos verdes y casas coloridas. Mi abuela, Abuela Elena, me las había regalado. "Para que aprendas a amar a los animales y a cuidar de la naturaleza," me dijo con una sonrisa arrugada.
Al principio, tenía un poco de miedo. Las gallinas parecían tan grandes y ruidosas. Pero pronto me di cuenta de que Lola, Caramelo y Azúcar eran mucho más que simples gallinas. Eran mis amigas.
Todas las mañanas, el canto de Lola me despertaba. ¡Kikirikí! Era su forma de decir "¡Buenos días, mundo!" Yo salía corriendo al corral con un puñado de maíz en la mano. Las gallinas me seguían, cloqueando felices.
Pasábamos horas jugando en el jardín. A Lola le encantaba perseguir mariposas amarillas. Caramelo buscaba gusanos debajo de las hojas. Y Azúcar, bueno, Azúcar simplemente comía, ¡todo el tiempo!
Un día, descubrí que Lola había puesto un huevo. ¡Un huevo de verdad! Estaba tan emocionado que corrí a mostrárselo a Abuela Elena. Ella me abrazó y me dijo: "Este es un regalo de Lola. Ahora tienes que cuidarlo."
Cuidé del huevo con mucho cariño. Lo guardé en un nido hecho de paja y lo mantuve caliente. Esperé y esperé, con la esperanza de ver un pollito salir.
Finalmente, después de muchos días, ¡el huevo se rompió! Y de él salió un pollito amarillo, pequeño y peludo. Lo llamé Pío. Pío se convirtió en el nuevo miembro de nuestra familia.
Lola, Caramelo y Azúcar lo adoptaron como si fuera su propio hijo. Lo protegían del sol, lo mantenían caliente por la noche y le enseñaban a picotear la tierra en busca de comida.
Un día, mientras jugábamos en el jardín, vimos algo extraño. Un perro grande y feo se acercaba al corral. Estaba ladrando y parecía muy enojado.
Lola, Caramelo y Azúcar se pusieron delante de Pío, protegiéndolo con sus alas. Empezaron a cacarear fuertemente, tratando de asustar al perro.
Yo también estaba asustado, pero sabía que tenía que hacer algo. Corrí hacia el perro y le grité: "¡Fuera de aquí! ¡Este es mi hogar!"
El perro se detuvo por un momento, sorprendido. Luego, miró a Lola, Caramelo, Azúcar y Pío, que estaban todos juntos, listos para defenderse. Finalmente, el perro dio la vuelta y se fue corriendo.
Esa noche, Abuela Elena me contó una historia sobre las gallinas cubanas. Me dijo que eran animales valientes y leales, que siempre estaban dispuestas a proteger a sus seres queridos.
Desde ese día, supe que Lola, Caramelo y Azúcar no eran solo mis mascotas. Eran mis heroínas. Aprendí mucho de ellas: sobre la amistad, la valentía y el amor incondicional.
Las gallinas cubanas me enseñaron a cuidar de los animales y a apreciar la belleza de la naturaleza. Me mostraron que la familia puede venir en todas las formas y tamaños, incluso con plumas y un fuerte "kikirikí". Y aunque pasaron muchos años, nunca olvidaré mis primeras mascotas, mis queridas gallinas cubanas. Siempre recordaré sus plumas brillantes, sus cloqueos alegres y su amor incondicional. Gracias a ellas, aprendí el verdadero significado de la amistad y la importancia de proteger a aquellos que amamos.
Un día, Caramelo dejó de poner huevos. Estaba vieja y cansada. La llevamos al veterinario, pero no pudieron hacer nada. Caramelo murió en mis brazos. Estaba muy triste, pero sabía que Caramelo había tenido una vida larga y feliz con nosotros. La enterramos bajo un mango, su árbol favorito.
Luego, Azúcar enfermó. No quería comer ni beber. Lola se quedó a su lado, cuidándola y dándole calor. Pero Azúcar también murió. La enterramos junto a Caramelo.
Lola se quedó sola con Pío. Estaba triste por la pérdida de sus amigas, pero seguía siendo una buena madre para Pío. Lo cuidó hasta que se hizo grande y fuerte.
Un día, Lola también murió. La enterramos junto a Caramelo y Azúcar. Estaba muy triste, pero sabía que Lola había vivido una vida plena y feliz.
Pío se quedó solo. Pero yo lo cuidé como Lola me había enseñado. Pío tuvo muchos pollitos, y yo los cuidé también. Y así, la historia de Lola, Caramelo y Azúcar continuó viviendo en sus descendientes.
Y aunque ya no están conmigo, siempre recordaré a mis primeras mascotas, mis queridas gallinas cubanas. Ellas me enseñaron mucho sobre la vida, el amor y la pérdida. Y siempre estaré agradecido por el tiempo que pasé con ellas.
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