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Gratis · elegí una vozEl sol brillaba con fuerza en el patio de la escuela. Era la hora del recreo, el momento favorito de todos los niños. Entre risas y carreras, dos niños, Sofía y Mateo, se sentían un poco solos. Sofía, con su cabello castaño recogido en dos trenzas y un vestido de flores, observaba a los demás jugar al fútbol. Mateo, con su camiseta azul y pantalones cortos, dibujaba figuras en la tierra con un palo.
De repente, Sofía vio algo que llamó su atención: un pequeño círculo dibujado en la tierra, lleno de bolitas de colores. Se acercó con curiosidad y vio a Mateo arrodillado, concentrado en su juego.
"¿Qué estás haciendo?" preguntó Sofía tímidamente.
Mateo levantó la vista, sorprendido. "Estoy jugando a las bolitas," respondió. "¿Quieres jugar conmigo?"
Los ojos de Sofía se iluminaron. Nunca había jugado a las bolitas antes. "¡Sí, quiero!" exclamó.
Mateo le explicó las reglas del juego. Tenían que lanzar sus bolitas dentro del círculo y tratar de sacar las bolitas del otro jugador. El que sacara más bolitas, ganaba.
Sofía eligió una bolita roja brillante, y Mateo una azul con vetas blancas. Se arrodillaron juntos frente al círculo y comenzaron a jugar. Al principio, Sofía no era muy buena. Sus bolitas siempre terminaban lejos del círculo, o no golpeaban las bolitas de Mateo con suficiente fuerza. Mateo, en cambio, parecía tener un talento natural. Sus bolitas siempre daban en el blanco.
Pero Sofía no se rindió. Mateo la animó y le dio consejos. Le enseñó cómo apuntar, cómo sujetar la bolita y cómo darle la fuerza justa. Poco a poco, Sofía empezó a mejorar. Sus lanzamientos se volvieron más precisos y sus bolitas comenzaron a sacar las de Mateo del círculo.
Entre risas y bromas, los dos niños jugaron durante todo el recreo. Se olvidaron de que se sentían solos. Descubrieron que jugar juntos era mucho más divertido que jugar solos. Compartieron sus bolitas, sus secretos y sus sueños.
De repente, sonó la campana. El recreo había terminado. Sofía y Mateo se levantaron, sintiéndose un poco tristes de tener que separarse.
"¡Esto ha sido muy divertido!" dijo Sofía. "¿Jugamos mañana otra vez?"
"¡Claro que sí!" respondió Mateo, sonriendo. "Traeré mis bolitas más especiales."
Al día siguiente, Sofía y Mateo se encontraron de nuevo en el patio. Mateo le mostró a Sofía una bolita muy especial: una bolita de cristal transparente con una pequeña estrella brillante en su interior.
"Esta es mi bolita de la suerte," le dijo Mateo. "Mi abuelo me la regaló."
Sofía se sintió muy honrada de que Mateo compartiera su bolita de la suerte con ella. Jugaron juntos todo el recreo, y esta vez, Sofía fue mucho mejor que el día anterior. Incluso logró sacar la bolita de la suerte de Mateo del círculo varias veces.
Pero lo más importante no era ganar o perder. Lo más importante era que Sofía y Mateo se habían hecho amigos. Habían descubierto que la amistad era como una bolita mágica, que podía llenar de alegría y felicidad cualquier momento.
Un día, mientras jugaban, apareció un niño mayor, llamado Pablo. Pablo era conocido por ser un poco bravucón. Se acercó a Sofía y Mateo y les dijo: "¡Dejad de jugar a esas tonterías! Las bolitas son para bebés."
Sofía y Mateo se sintieron un poco intimidados por Pablo. Pero Mateo, recordando el consejo de su abuelo, se armó de valor y le dijo: "No estamos jugando a tonterías. Estamos jugando a las bolitas, y es muy divertido. Si quieres, puedes jugar con nosotros."
Pablo se burló. "¿Yo? ¿Jugar a las bolitas? ¡Nunca!" Pero en el fondo, sentía curiosidad.
Mateo insistió. "Vamos, inténtalo. No tienes nada que perder."
Finalmente, Pablo aceptó. Mateo le explicó las reglas del juego y le prestó una bolita. Al principio, Pablo era muy torpe, pero con la ayuda de Sofía y Mateo, pronto aprendió a jugar.
Para sorpresa de todos, Pablo se divirtió mucho. Descubrió que jugar a las bolitas era mucho más divertido que burlarse de los demás. Y lo más importante, descubrió que Sofía y Mateo eran muy buenos amigos.
A partir de ese día, Pablo se unió a Sofía y Mateo para jugar a las bolitas durante el recreo. Se convirtieron en un equipo inseparable. Aprendieron a compartir, a apoyarse mutuamente y a resolver sus diferencias.
Las bolitas mágicas de Mateo no solo trajeron alegría a Sofía y a Pablo, sino que también les enseñaron el valor de la amistad, la importancia de la perseverancia y el poder de la inclusión. Y así, el patio de la escuela se llenó de risas, amistad y el sonido de las bolitas chocando entre sí, creando un recuerdo imborrable en el corazón de estos tres amigos.
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