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Gratis · elegí una vozLa abuela Elena, con su pelo blanco como la nieve y sus ojos chispeantes como estrellas, vivía en una casita pequeña, pintada de mil colores, al borde del Bosque Susurrante. La abuela Elena no era una abuela normal. A ella le encantaba bailar bajo la luna llena y... ¡coleccionar escobas! No escobas nuevas y brillantes, no, no. Le gustaban las escobas viejas, las que contaban historias con sus cerdas desgastadas y sus mangos torcidos.
Un día, mientras limpiaba su jardín lleno de margaritas danzantes, la abuela Elena notó algo extraño. Tres de sus escobas favoritas – una de caña llamada Cañita, una de abedul llamada Betulia y una de pino llamada Pinocho – ¡habían desaparecido! "¡Pero dónde se habrán metido mis escobas queridas!", exclamó la abuela, con una mano en su arrugada mejilla. Sabía que no se habían ido solas. Las escobas de la abuela Elena eran especiales, sí, pero no tanto como para salir a dar un paseo por el bosque sin permiso.
Decidida a encontrarlas, la abuela Elena se puso su sombrero puntiagudo, agarró su bastón de avellano y se adentró en el Bosque Susurrante. El bosque, como siempre, la recibió con el canto de los pájaros y el murmullo de las hojas. "¿Habéis visto a mis escobas? ¡Cañita, Betulia y Pinocho!", preguntó la abuela a una ardilla juguetona que saltaba de rama en rama. La ardilla, con la boca llena de nueces, negó con la cabeza y siguió con su festín.
Siguió caminando hasta que llegó a un claro donde encontró a un grupo de gnomos sentados alrededor de una fogata. Los gnomos, al verla, se escondieron detrás de sus setas gigantes con gorros rojos. "¡Hola, gnomos! No os asustéis, soy la abuela Elena. ¿Habéis visto pasar a tres escobas? Una de caña, una de abedul y una de pino", preguntó amablemente la abuela.
Un gnomo pequeño, con una barba más larga que él, salió de detrás de su seta y dijo tímidamente: "Sí, abuela Elena. Las vimos pasar hace un rato. Iban muy rápido, saltando y riendo". "¿Saltando y riendo?", preguntó la abuela, sorprendida. "¿Y dónde iban?" El gnomo señaló con su dedito arrugado hacia una colina empinada cubierta de flores silvestres. "Hacia la Colina Saltarina, abuela".
La Colina Saltarina era un lugar mágico, decían las leyendas. Se decía que en la cima de la colina, las cosas más comunes podían cobrar vida y bailar bajo el sol. La abuela Elena, sin dudarlo, comenzó a subir la colina. La subida era empinada y sus piernas ya no eran tan jóvenes, pero la idea de ver a sus escobas bailar la llenaba de energía.
Cuando llegó a la cima, lo que vio la dejó boquiabierta. ¡Cañita, Betulia y Pinocho estaban danzando al ritmo de una melodía invisible! Se movían con gracia y alegría, saltando y girando entre las flores silvestres. La abuela Elena no pudo evitar sonreír. ¡Sus escobas estaban vivas y felices!
Cañita, al ver a la abuela Elena, corrió hacia ella y se abrazó a su pierna. Betulia y Pinocho la siguieron, rodeándola con sus cerdas. "¡Abuela, abuela! ¡Es tan divertido aquí!", exclamó Cañita. "¡Nunca habíamos sentido tanta libertad!", añadió Betulia. "¡Podemos bailar y saltar sin parar!", gritó Pinocho.
La abuela Elena entendió. Sus escobas, después de tantos años de limpiar y barrer, necesitaban un poco de diversión y libertad. "Está bien, mis queridas", dijo la abuela. "Podéis bailar y saltar un rato más, pero luego tendréis que volver a casa. El jardín necesita vuestra ayuda". Las escobas, felices, prometieron volver al atardecer.
La abuela Elena se sentó en la cima de la Colina Saltarina y observó a sus escobas bailar. El sol brillaba, las flores cantaban y las escobas reían. Era un día perfecto. Al atardecer, Cañita, Betulia y Pinocho, cansadas pero felices, volvieron a casa con la abuela Elena. Aprendieron que la libertad es maravillosa, pero que también es importante cumplir con las responsabilidades. Y la abuela Elena aprendió que incluso las cosas más viejas y desgastadas necesitan un poco de alegría en sus vidas. Desde ese día, la abuela Elena dejaba que sus escobas bailaran en la Colina Saltarina de vez en cuando, siempre y cuando volvieran a casa para ayudar a limpiar el jardín. Y así, la casita de la abuela Elena, con su jardín lleno de margaritas danzantes y sus escobas saltarinas, se convirtió en el lugar más feliz del Bosque Susurrante.
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