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Celeste era una niña que amaba mirar las estrellas. Cada noche, después de cenar su sopa de tomate, corría a la ventana de su habitación y se quedaba embelesada contemplando el cielo oscuro salpicado de luces brillantes. Pero Celeste no veía simples puntos luminosos. Ella veía rostros. Rostros amigables, sonrientes, que parecían guiñarle el ojo desde la inmensidad del universo.
Una noche, mientras observaba a una estrella particularmente brillante, Celeste sintió algo extraño. No era un escalofrío, ni miedo, sino una sensación cálida y acogedora. De repente, la estrella pareció acercarse, hacerse más grande, hasta que Celeste pudo distinguir claramente una sonrisa enorme y dos ojos chispeantes.
"¡Hola!" dijo la estrella, con una voz suave como el susurro del viento. "Soy Brillantina, una de las Estrellas Sonrientes. Te hemos estado observando, Celeste. Nos encanta tu alegría al mirarnos."
Celeste, sorprendida pero no asustada, respondió: "¡Hola, Brillantina! Yo también las quiero mucho. Siempre me hacen sentir feliz."
Brillantina sonrió aún más. "Eso es porque las Estrellas Sonrientes tenemos una misión: llevar alegría a todos los niños del mundo. Cada vez que alguien nos mira con cariño, brillamos un poquito más."
Celeste sintió curiosidad. "¿Y hay muchas Estrellas Sonrientes?"
"¡Oh, sí!" exclamó Brillantina. "Somos incontables. Estamos esparcidas por toda la galaxia, cuidando de los niños y las niñas que sueñan con nosotros."
Brillantina invitó a Celeste a dar un paseo por el cielo nocturno. Le explicó que las estrellas no eran solo bolas de fuego lejanas, sino seres mágicos llenos de energía positiva. Le presentó a otras Estrellas Sonrientes: Risueña, que siempre contaba chistes estelares; Soñadora, que inspiraba sueños maravillosos; y Valiente, que protegía a los niños de las pesadillas.
Celeste aprendió que cada constelación era como una familia de Estrellas Sonrientes, unidas por lazos de amistad y cariño. Orión, el cazador, siempre estaba listo para defender a los más pequeños. La Osa Mayor, con su forma de cazo, ofrecía agua brillante a los viajeros cansados. Y las Pléyades, siete hermanas brillantes, cantaban melodías dulces para arrullar a los bebés.
Durante su viaje, Celeste vio planetas de colores imposibles, nebulosas resplandecientes y cometas juguetones que dejaban rastros de polvo de estrellas. Descubrió que el universo era un lugar mucho más mágico y divertido de lo que jamás había imaginado.
Brillantina le contó a Celeste que a veces las Estrellas Sonrientes se sentían tristes cuando los niños se olvidaban de mirar al cielo, o cuando estaban demasiado ocupados con sus teléfonos y tabletas para apreciar la belleza del universo. Le pidió a Celeste que recordara siempre su misión: compartir la alegría de las estrellas con todos sus amigos y familiares.
Cuando el amanecer comenzó a pintar el cielo de rosa y naranja, Brillantina le dijo a Celeste que era hora de regresar. "Gracias por acompañarnos, Celeste", dijo Brillantina. "Prométenos que nunca dejarás de mirar las estrellas."
"Lo prometo", respondió Celeste, con el corazón lleno de alegría. "Siempre las miraré y les contaré a todos sobre las Estrellas Sonrientes."
Brillantina se despidió con un guiño y se desvaneció lentamente en el cielo que se aclaraba. Celeste regresó a su habitación, se acurrucó en su cama y cerró los ojos. Soñó con las Estrellas Sonrientes, con planetas de colores y cometas juguetones.
Al día siguiente, Celeste fue a la escuela y les contó a todos sus amigos sobre su aventura en el cielo nocturno. Al principio, algunos se mostraron escépticos, pero la alegría y el entusiasmo de Celeste eran contagiosos. Al final del día, todos prometieron mirar las estrellas esa noche.
Y así lo hicieron. Esa noche, un grupo de niños se reunió en el parque, mirando hacia el cielo oscuro. Al principio, solo veían puntos de luz, pero a medida que observaban con atención, empezaron a distinguir sonrisas y ojos chispeantes. Las Estrellas Sonrientes estaban más brillantes que nunca, felices de saber que los niños del mundo volvían a conectarse con la magia del universo.
Desde entonces, Celeste se convirtió en la embajadora de las Estrellas Sonrientes. Organizó noches de observación de estrellas, contó cuentos sobre constelaciones y animó a todos a soñar con el universo. Y cada vez que alguien miraba al cielo con cariño, una Estrella Sonriente brillaba un poquito más.
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