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Lola era una niña a la que le encantaban las galletas. ¡Le gustaban las galletas de chocolate, las de avena, las de mantequilla, todas! Tenía una caja secreta, escondida debajo de su cama, llena de sus galletas favoritas. Nadie sabía de su escondite, excepto... bueno, casi nadie.
Ramón, el hermano bebé de Lola, no hablaba mucho. Aún no. Pero sí que sonreía. Y a Ramón le encantaba sonreír a Lola. Le encantaba mirarla con sus grandes ojos azules y estirar sus pequeñas manitas hacia ella. A Ramón le gustaba, sobre todo, jugar con Lola. Ella siempre le hacía reír con sus canciones tontas y sus muecas divertidas.
Un día, Lola estaba sentada en el suelo de su habitación, con la caja de galletas a su lado. Estaba a punto de tomar una deliciosa galleta de chispas de chocolate cuando escuchó un pequeño ruido. ¡Era Ramón! Estaba gateando hacia ella, con una sonrisa enorme en su cara. Sus manitas se movían con torpeza, pero con determinación, hacia Lola.
Lola sonrió. "¡Hola, Ramón! ¿Quieres jugar?", le preguntó. Ramón respondió con un balbuceo feliz y extendió su mano hacia la caja de galletas. ¡Oh, oh! Lola olvidó esconder la caja. Ramón nunca antes había prestado atención a la caja de galletas.
Lola rápidamente cogió la caja y la escondió detrás de ella. "No, Ramón. Estas son mis galletas", dijo suavemente. Pero Ramón no entendía. Empezó a lloriquear. Sus pequeños ojos se llenaron de lágrimas y su labio inferior temblaba. Lola odiaba ver a Ramón triste.
"Oh, Ramón, no llores", dijo Lola, sintiéndose un poco culpable. Sabía que no debía ser egoísta. Pero, ¡eran sus galletas! Su tesoro secreto.
Pensó por un momento. Luego, tuvo una idea. "Espera un segundo, Ramón", dijo. Se levantó y fue a la cocina. Volvió con una manzana roja brillante.
"Mira, Ramón", dijo Lola, ofreciéndole la manzana. "¡Una manzana! ¿Quieres jugar con la manzana?" Ramón dejó de lloriquear por un segundo y miró la manzana con curiosidad. La agarró con sus dos manos y la sacudió. Le gustó el sonido que hacía.
Lola sonrió. Funcionó. Pero la conciencia la seguía molestando. Ella estaba disfrutando de sus galletas mientras Ramón jugaba con una simple manzana. No era justo.
"Ramón", dijo Lola. "Tengo una idea." Tomó la manzana de Ramón y la puso a un lado. Luego, abrió su caja de galletas y sacó una galleta de avena. La partió por la mitad. Le dio una mitad a Ramón.
Ramón miró la galleta con sorpresa. Luego, miró a Lola. Lola sonrió y se comió su mitad de la galleta. Ramón imitó a Lola y se llevó la galleta a la boca. Sus ojos se abrieron de par en par. ¡Le encantó!
Ramón empezó a reír y a chapotear con la galleta en su boca. Hizo un pequeño lío, pero a Lola no le importó. Estaba feliz de compartir sus galletas con su hermano. De hecho, estaba más feliz de ver a Ramón contento que de comerse todas las galletas ella sola.
Lola y Ramón pasaron la tarde jugando juntos. Compartieron galletas (Lola siempre partía las galletas por la mitad) y rieron y cantaron. Lola incluso dejó que Ramón jugara con su caja de galletas vacía. A Ramón le encantó meter y sacar pequeños juguetes de la caja.
Al final del día, Lola se dio cuenta de algo importante. Las galletas eran deliciosas, pero no eran tan importantes como pasar tiempo con su hermano. Compartir sus galletas con Ramón hizo que las galletas supieran aún mejor. Y ver a Ramón feliz era el mejor regalo de todos.
A partir de ese día, Lola ya no guardó su caja de galletas debajo de su cama. La dejó en un lugar donde Ramón pudiera alcanzarla (con la ayuda de Lola, por supuesto). Y cada vez que Lola comía galletas, siempre se aseguraba de compartir una con su hermano pequeño.
Porque Lola aprendió que el verdadero tesoro no estaba en la caja de galletas, sino en el amor y la alegría que compartía con Ramón. Y Ramón, por supuesto, aprendió que Lola era la mejor hermana del mundo, ¡especialmente cuando tenía galletas! Y aunque todavía no podía hablar, cada vez que veía una galleta, miraba a Lola y le regalaba su sonrisa más brillante, una sonrisa que decía: "¡Gracias, Lola! ¡Eres la mejor!" Y Lola, a su vez, le daba un abrazo fuerte y le decía: "Te quiero, Ramón. ¡Vamos a jugar!"
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