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Gratis · elegí una vozSofía vivía en un edificio alto, con una ventana que era su propio cine privado. No veía películas, sino la vida del barrio, un espectáculo mucho más interesante. Su programa favorito eran las gemelas del balcón amarillo. Doña Elena y Doña Emilia, dos ancianitas idénticas, con el pelo blanco como algodón y una sonrisa que iluminaba toda la calle.
Cada mañana, a la misma hora, las gemelas salían al balcón. Doña Elena regaba las macetas de geranios rojos y Doña Emilia alimentaba a las palomas que se posaban en la barandilla. Siempre juntas, siempre iguales, como dos gotas de agua en un día soleado. Sofía las observaba desde su ventana, imaginando sus conversaciones, sus recuerdos, sus vidas compartidas. Le gustaba pensar que ella también tendría una hermana gemela algún día, con quien compartir secretos y risas bajo el sol.
Un martes, todo cambió. Sofía corrió a su ventana como de costumbre, lista para su dosis matutina de las gemelas. Pero solo vio a Doña Elena. Regaba los geranios con una mano temblorosa y alimentaba a las palomas con una tristeza en la mirada que le partió el corazón a Sofía. Doña Emilia no estaba.
Al día siguiente, la escena se repitió. Solo Doña Elena, silenciosa y solitaria, en el balcón amarillo. Sofía sintió una punzada de preocupación. ¿Dónde estaría Doña Emilia? ¿Estaría enferma? ¿Habría pasado algo malo?
No pudiendo soportar la incertidumbre, Sofía decidió investigar. Bajó a la calle y se acercó al edificio de las gemelas. Dudó un momento antes de tocar el timbre del departamento. Una voz suave y cansada respondió desde el otro lado. Era Doña Elena.
"Buenos días, Doña Elena," dijo Sofía, intentando sonar valiente. "Soy Sofía, vivo en el edificio de enfrente. La veo siempre en el balcón… y quería saber si Doña Emilia está bien."
Doña Elena la miró con sus ojos azules, ahora empañados por la tristeza. La invitó a pasar. El departamento olía a lavanda y a recuerdos. Las paredes estaban llenas de fotos de las gemelas, desde su infancia hasta la vejez, siempre juntas, siempre sonriendo.
"Emilia…," comenzó Doña Elena con voz temblorosa. "Emilia se ha ido. Hace una semana. Estaba enferma… y no pudo más."
Sofía sintió un nudo en la garganta. No sabía qué decir. La tristeza de Doña Elena era palpable, casi tangible. Se sentó junto a ella en el sofá, en silencio, compartiendo su dolor.
Después de un rato, Sofía se atrevió a preguntar: "¿Y ahora qué va a hacer, Doña Elena?"
Doña Elena suspiró y miró una foto de ella y Emilia jóvenes, riendo a carcajadas. "Seguir adelante, supongo. Recordarla. Mantener vivo su recuerdo. Regar los geranios que tanto le gustaban. Alimentar a las palomas que ella amaba."
Sofía se dio cuenta de que, aunque Doña Emilia ya no estuviera físicamente, su espíritu seguía vivo en el corazón de Doña Elena, en los geranios rojos, en las palomas que revoloteaban alrededor del balcón amarillo.
Antes de irse, Sofía abrazó a Doña Elena. "Lo siento mucho, Doña Elena," le dijo. "Pero quiero que sepa que no está sola. Yo también la voy a recordar a Doña Emilia. Y la voy a acompañar desde mi ventana."
Desde ese día, Sofía siguió observando el balcón amarillo. Doña Elena salía cada mañana, sola, pero con la misma sonrisa amable en los labios. Regaba los geranios, alimentaba a las palomas y, a veces, miraba hacia la ventana de Sofía, como si supiera que estaba allí, acompañándola en su soledad.
Sofía aprendió que la vida es un ciclo, que las personas que amamos pueden irse, pero que su recuerdo siempre permanece. Y que, a veces, la mejor manera de honrar a quienes ya no están es seguir adelante, con amor y esperanza, regando los geranios y alimentando a las palomas, como Doña Elena. También aprendió que la amistad puede surgir en los lugares más inesperados, incluso desde una ventana, entre una niña curiosa y una anciana con el corazón roto. Y que, a veces, un simple gesto de compañía puede hacer la diferencia en la vida de alguien.
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