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Era junio, el mes dorado de la cosecha de habas. Abel, un campesino de manos curtidas por el sol, se despertó antes del canto del gallo. El aire fresco de la mañana olía a tierra húmeda y a promesas de una buena cosecha. Después de un desayuno rápido de pan con queso y mate caliente, Abel, su esposa Rosa, y sus tres hijos, Mateo, Sofía y el pequeño Tomás, se prepararon para ir a la chacra. Los burros, Paciencia y Trueno, esperaban pacientemente, listos para cargar los costales. Los caballos, Lucero y Rayo, relinchaban impacientes.
Abel revisó las herramientas: las segaderas afiladas, las mantas grandes y resistentes, los costales de yute y las sogas gruesas. "¡Hoy será un día largo, pero fructífero!", exclamó Abel, con una sonrisa que iluminaba su rostro moreno. Al llegar a la chacra, un mar verde de plantas de habas se extendía hasta donde alcanzaba la vista. ¡Era una cosecha abundante!
"Mateo, Sofía, ustedes se encargarán de la parte de arriba de la chacra", indicó Abel. "Rosa y yo recogeremos las habas de abajo, y Tomás, tú nos ayudarás a llenar las mantas". El trabajo comenzó con entusiasmo. Las manos ágiles de la familia arrancaban las vainas verdes, llenando rápidamente las mantas. El sol comenzaba a calentar, pero la brisa fresca hacía el trabajo más llevadero. De repente, Abel vio a dos vecinas, Doña Carmen y Doña Elena, que pasaban cerca de su chacra. "¡Carmen! ¡Elena! ¡Vengan, por favor!", gritó Abel con una voz resonante. "¡La cosecha es enorme y necesitamos ayuda!"
Las dos campesinas, siempre dispuestas a echar una mano, se acercaron sonriendo. "¡Claro que sí, Abel! ¡Con gusto los ayudaremos!", respondieron al unísono. Con la ayuda extra, el trabajo avanzó aún más rápido. Las risas y las conversaciones animaban la labor. Al mediodía, Rosa llamó a todos para el almuerzo. Un delicioso aroma a puspo (habas verdes sancochadas) con queso fresco llenó el aire. Todos se sentaron a la sombra de un árbol corpulento, compartiendo la comida y las historias.
Después del almuerzo, la cosecha continuó. Las mantas se llenaban y se vaciaban en los costales, que poco a poco iban formando una montaña de habas verdes. El sol comenzaba a descender, pintando el cielo de colores anaranjados y rojizos. A pesar del esfuerzo, aún quedaba mucha haba por recoger. "¡Ya es tarde!", exclamó Rosa, preocupada. "No podremos terminar hoy".
Abel, con una mirada decidida, respondió: "Cargaremos los costales a los burros y continuaremos mañana temprano. No podemos dejar que se pierda ni una sola haba". Con la ayuda de Mateo, Abel cargó los pesados costales sobre los lomos de Paciencia y Trueno. Sofía y Tomás montaron en Lucero y Rayo, mientras Abel, Rosa, Carmen y Elena caminaban detrás, conversando sobre la cosecha y la vida en el campo. De repente, un pequeño agujero en uno de los costales, casi imperceptible, comenzó a dejar caer habas al camino. Dos pequeñas habanitas, hermanas gemelas llamadas Esmeralda y Jade, rodaron fuera del costal, gritando desesperadas: "¡Ayuda! ¡Nos caemos! ¡No nos dejen!". Pero el ruido de los cascos de los animales y las voces de los campesinos ahogaron sus gritos. Nadie las escuchó.
Esmeralda y Jade, abandonadas en el camino, vieron cómo la familia de Abel se alejaba, llevándose consigo a sus hermanas y a su madre, la vaina. La noche cayó sobre el campo, trayendo consigo el frío y la oscuridad. Las dos pequeñas habanitas temblaban de miedo y lloraban desconsoladamente. "¡Mamá! ¡Hermana! ¡Dónde están!", sollozaba Esmeralda. "¡Tenemos mucho frío! ¡Tenemos miedo!", gimió Jade. Pasaron toda la noche llorando, esperando que alguien las encontrara.
A la mañana siguiente, Abel regresó a la chacra para terminar la cosecha. Al pasar por el camino, sus ojos atentos notaron dos pequeñas habas tiradas en el suelo. Las reconoció al instante. "¡Esmeralda! ¡Jade! ¡Han caído del costal!", exclamó Abel, sintiendo un remordimiento profundo. Las recogió con cuidado, cubriéndolas con su mano para protegerlas del sol. "¡Perdónenme, pequeñas! ¡No me di cuenta!", murmuró Abel. "Seré más cuidadoso a partir de ahora".
Abel sabía que las habas eran mucho más que simples semillas. Eran un regalo de la tierra, un símbolo de abundancia y prosperidad. La leyenda decía que si uno no cuidaba las habas, la cosecha del año siguiente sería escasa y las habas se irían a otra chacra, bendiciendo a quien las recogiera con una cosecha abundante. Abel llevó a Esmeralda y Jade de vuelta a la chacra, donde las reunió con su familia. Desde ese día, Abel tuvo mucho más cuidado con la cosecha, asegurándose de que ni una sola haba se perdiera en el camino. Y cada año, la cosecha era más abundante que la anterior, llenando su chacra de alegría y prosperidad. Las pequeñas habanitas, Esmeralda y Jade, se convirtieron en las guardianas de la cosecha, recordándole a Abel la importancia de cuidar cada pequeña semilla, porque cada una de ellas contenía la promesa de un futuro próspero.
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