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Gratis · elegí una vozEn un pueblito escondido entre montañas altísimas, donde el río serpenteaba como una cinta de plata bajo la luz de la luna, vivía una mujer llamada Elena. Elena tenía dos hijos, Pedrito y Sofía, dos soles que iluminaban su vida. Eran juguetones como ardillas, curiosos como gatitos y amaban chapotear en el río más que a nada en el mundo.
Un día, Elena se vio obligada a ir al mercado del pueblo vecino para vender sus bordados. Era un viaje largo y debía dejar a Pedrito y Sofía al cuidado de su abuela, Doña Carmen, una anciana sabia con el cabello blanco como la nieve y una voz suave como el murmullo del viento.
"¡Portaos bien, mis amores!" les dijo Elena, besando sus frentes. "Obedeced a la abuela y no os acerquéis demasiado al río mientras no estoy."
Pedrito y Sofía asintieron con entusiasmo, prometiendo ser los niños más obedientes del mundo. Pero, ¡ay!, la promesa de un niño a veces es tan frágil como una burbuja de jabón.
Doña Carmen, aunque amorosa, era un poco olvidadiza. Mientras preparaba un delicioso pastel de manzana, Pedrito y Sofía, tentados por el brillo juguetón del río, se escabulleron de la casa.
El río, con sus aguas cristalinas y sus piedrecitas de colores, parecía llamarlos con una melodía secreta. Corrieron hacia la orilla, riendo y gritando, olvidando por completo la advertencia de su madre. Comenzaron a jugar, arrojando piedras al agua y construyendo castillos de arena que las olas se encargaban de deshacer.
De repente, una fuerte tormenta se desató sobre el pueblo. El cielo se oscureció, los truenos rugieron y la lluvia comenzó a caer a cántaros. El río, antes tranquilo y juguetón, se transformó en una bestia furiosa, arrastrando consigo todo lo que encontraba a su paso.
Pedrito y Sofía, asustados, intentaron regresar a casa, pero la lluvia era tan intensa que apenas podían ver. El río crecía rápidamente, inundando el camino. En un momento de pánico, cayeron al agua.
Elena, al regresar del mercado, encontró el pueblo inundado y a su abuela llorando desconsoladamente. "¡Los niños! ¡Los niños se fueron al río y la tormenta los arrastró!" gritaba Doña Carmen, con la voz entrecortada por el llanto.
El corazón de Elena se hizo añicos. Corrió hacia el río, llamando desesperadamente a sus hijos. "¡Pedrito! ¡Sofía! ¡Dónde estáis!" Su voz se perdía en el rugido de la tormenta.
La tormenta finalmente amainó, pero el dolor de Elena no. Buscó a sus hijos día y noche, recorriendo la orilla del río con la esperanza de encontrarlos. Pero sus amados Pedrito y Sofía habían desaparecido.
Desesperada y consumida por la tristeza, Elena murió de pena a orillas del río. Se dice que su espíritu, incapaz de encontrar la paz, vaga desde entonces por las noches, llorando la pérdida de sus hijos. La gente del pueblo la llama "La Llorona", la mujer que llora.
Pero esta no es el final de la historia. Una noche, una niña llamada Lupita, que vivía cerca del río, escuchó el llanto de La Llorona. Lupita era una niña valiente y compasiva, y sintió mucha pena por la triste mujer.
Lupita se acercó al río y, con voz suave, le dijo a La Llorona: "Señora, ¿por qué llora tanto?"
La Llorona, sorprendida de ser vista y escuchada por alguien, le contó su historia a Lupita. Le contó sobre sus amados hijos, la tormenta y el dolor que la consumía.
Lupita, con su corazón lleno de amor, le dijo a La Llorona: "Señora, sus hijos están bien. Ellos están en el cielo, jugando entre las estrellas. Ellos la aman y la recuerdan, pero no quieren verla sufrir."
Lupita tomó un puñado de piedrecitas brillantes del río y se las ofreció a La Llorona. "Estas piedrecitas son las lágrimas de sus hijos. Tómelas y recuerde el amor que siempre sentirán por usted."
La Llorona tomó las piedrecitas brillantes y, por primera vez en mucho tiempo, sintió un poco de paz. Entendió que sus hijos estaban en un lugar mejor y que su dolor no los traería de vuelta.
Desde entonces, La Llorona ya no vaga por el río llorando desconsoladamente. Ahora, se dice que cuida de los niños que se acercan al río, protegiéndolos de cualquier peligro. Y las piedrecitas brillantes que Lupita le dio se convirtieron en estrellas que brillan intensamente en el cielo, recordando el amor eterno entre una madre y sus hijos. Ahora se le conoce como la guardiana del río, y sus lágrimas brillan como las estrellas, guiando a los perdidos y protegiendo a los inocentes.
El río ya no es un lugar de temor, sino un lugar de esperanza y recuerdo. Y la historia de La Llorona, contada una y otra vez, sirve como recordatorio de la importancia del amor, la valentía y la compasión.
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