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Hace muchísimo tiempo, cuando el mundo era joven y las montañas aún no se habían peinado con nieve, la Tierra era un lugar seco y sediento. No existían los ríos cantarines, ni los lagos espejados, ni el rocío matutino que besa las flores. Los árboles tenían las hojas mustias, los animales andaban con la lengua de fuera y los pequeños duendes del bosque, los *gnomos*, tosían por la sequedad del aire.
En lo alto, en el cielo nocturno, vivía la Luna, una abuela sabia y bondadosa. Observaba con tristeza la Tierra, escuchando los lamentos de los animales y las quejas de las plantas. Le dolía ver tanta necesidad. Un día, la Luna sintió una profunda compasión. Su corazón, grande como un astro, se llenó de una pena tan inmensa que comenzó a llorar. Pero no lloraba lágrimas comunes. Sus lágrimas eran de plata brillante, lágrimas de pura magia lunar.
Las lágrimas de la Luna, pesadas como estrellas fugaces, cayeron sobre la Tierra. Al tocar el suelo seco, no se evaporaron. En cambio, se hundieron en la tierra agrietada, buscando el corazón de la Madre Tierra. Cada lágrima era una promesa, una esperanza para un mundo mejor.
Donde una lágrima caía, brotaba un manantial. De los manantiales nacieron arroyos, y los arroyos se unieron para formar ríos caudalosos. Los ríos llenaron los valles, creando lagos profundos y brillantes. La Tierra, poco a poco, comenzaba a respirar de nuevo.
Pero la Luna, aunque aliviada, no podía llorar para siempre. Sabía que debía encontrar una forma de mantener el agua fluyendo, de asegurar que la Tierra nunca volviera a sufrir sed. Llamó entonces a su amigo, el Viento del Norte, un gigante bonachón con barba de hielo y aliento fresco como la menta.
"Viento del Norte," le dijo la Luna con voz suave pero firme, "necesito tu ayuda. Mis lágrimas han dado vida a la Tierra, pero necesito que las cuides, que las distribuyas por todas partes, para que la sed nunca regrese."
El Viento del Norte aceptó la tarea con gusto. Con su aliento helado, congeló parte del agua en las montañas, creando glaciares blancos y resplandecientes. "Estos," le dijo a la Luna, "serán reservas de agua para los tiempos de sequía. Cuando el sol caliente la Tierra, se derretirán lentamente, alimentando los ríos y lagos."
Luego, el Viento del Norte sopló con fuerza sobre los mares, levantando las olas y creando nubes esponjosas. Las nubes, como ovejas blancas en el cielo azul, viajaron por todo el mundo, llevando consigo la preciosa agua. Cuando llegaban a un lugar seco, dejaban caer su carga en forma de lluvia suave o nieve delicada.
Pero el Sol, celoso del poder de la Luna y del Viento del Norte, intentó arruinar sus planes. Con sus rayos abrasadores, intentó secar los ríos y evaporar los lagos. La Tierra volvía a sentir sed, y los animales comenzaban a languidecer.
La Luna, viendo el peligro, ideó un nuevo plan. Llamó a las hadas del bosque, criaturas diminutas y juguetonas que conocían todos los secretos de la naturaleza. Les pidió que cuidaran de las plantas, que las protegieran del calor del Sol y que les enseñaran a guardar el agua en sus raíces.
Las hadas, con sus alas brillantes y su magia suave, obedecieron a la Luna. Regaron las plantas con rocío matutino, les cantaron canciones de agua y les enseñaron a resistir la sequía. Las plantas, agradecidas, extendieron sus raíces profundas en la tierra, buscando hasta la última gota de agua.
Pero el Sol no se rindió. Continuó brillando con más fuerza, secando la tierra y quemando las hojas. La Luna, desesperada, decidió dar el último paso. Se quitó su collar de estrellas, una joya mágica que irradiaba luz y energía, y lo arrojó al cielo.
Las estrellas, al caer, se rompieron en miles de fragmentos brillantes. Cada fragmento se convirtió en una chispa de esperanza, una promesa de vida. Las chispas cayeron sobre la Tierra, transformándose en flores de todos los colores, en mariposas danzantes y en animales juguetones. La alegría y la belleza volvieron a llenar el mundo.
El Sol, al ver tanta belleza y tanta vida, se sintió avergonzado. Se dio cuenta de que su poder no era para destruir, sino para dar calor y luz. Prometió a la Luna que nunca más intentaría secar la Tierra. Desde entonces, el Sol y la Luna trabajan juntos, en armonía, para mantener el equilibrio del mundo.
Y así fue como, gracias a las lágrimas de la Luna, al aliento del Viento del Norte, a la magia de las hadas y al sacrificio de las estrellas, la Tierra se convirtió en un lugar fértil y lleno de vida. Y hasta el día de hoy, cuando vemos la lluvia caer, recordamos las lágrimas de la Luna, el secreto del agua que nos da vida.
Los *gnomos*, felices, volvieron a reír y a cantar. Los animales bebieron hasta saciarse, y las plantas florecieron con alegría. La Tierra, por fin, estaba en paz.
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