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Gratis · elegí una vozLuna, una niña de siete años con trenzas color chocolate y ojos grandes como aceitunas, estaba sentada bajo un viejo manzano, llorando. No sollozaba fuerte, sino que las lágrimas le corrían silenciosamente por las mejillas, dejando pequeños rastros brillantes. Su osito de peluche, Tito, la miraba con sus ojos de botón, preocupado.
¿Por qué lloras, Luna?, le preguntó Tito, aunque sabía que Luna no podía oírlo hablar. Pero Luna siempre le contaba sus secretos a Tito, así que el osito siempre se sentía involucrado.
Luna había perdido su collar favorito, un regalo de su abuela. Era un pequeño dije de luna creciente hecho de plata, y Luna lo llevaba a todas partes. Era su amuleto de la buena suerte, su confidente silencioso. Sin él, se sentía incompleta.
Buscó por toda la casa, debajo de su cama, en el jardín, incluso dentro del arenero del gato, pero nada. El collar había desaparecido como por arte de magia. La idea de que se hubiera perdido para siempre la llenaba de una tristeza profunda.
De repente, un pequeño colibrí verde esmeralda revoloteó frente a ella. Era tan pequeño y rápido que Luna apenas pudo verlo bien. El colibrí parecía querer llamar su atención. Picoteó suavemente su mano con su pico diminuto y luego voló hacia el fondo del jardín, más allá del rosal y del huerto de verduras.
Luna, secándose las lágrimas con el dorso de la mano, sintió una chispa de curiosidad. Nunca había visto un colibrí tan cerca. Decidió seguirlo, llevando a Tito bien agarrado para que no se perdiera.
El colibrí la guio a través de un laberinto de plantas altas y flores coloridas. Era una parte del jardín que Luna nunca había explorado realmente. Parecía un lugar secreto, escondido a plena vista. El aire era más fresco allí, y el perfume de las flores era embriagador.
Finalmente, el colibrí se posó sobre una puerta pequeña, casi escondida entre la hiedra que cubría un muro de piedra. Luna nunca había notado esa puerta antes. Estaba cubierta de musgo y tenía un aspecto antiguo y misterioso.
Con cuidado, Luna empujó la puerta. Rechinó suavemente al abrirse, revelando un jardín aún más secreto que el anterior. Era un jardín mágico, lleno de flores extrañas y plantas exóticas. Había una fuente de piedra en el centro, con agua cristalina que fluía suavemente. Pequeñas mariposas de colores danzaban en el aire, y el canto de los pájaros llenaba el espacio con melodías alegres.
En medio del jardín, Luna vio algo que brillaba a la luz del sol. Era su collar, la luna creciente de plata. Estaba colgando de una rama de un pequeño árbol de jazmín, como si alguien lo hubiera colocado allí a propósito.
Luna corrió hacia el árbol y tomó su collar. Lo abrazó con fuerza, sintiendo un alivio inmenso. Estaba tan feliz de haberlo encontrado que las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos, pero esta vez eran lágrimas de alegría.
Pero, ¿cómo había llegado su collar hasta allí? Miró a su alrededor, buscando alguna pista. Fue entonces cuando vio a una anciana sentada en un banco de piedra, sonriendo. Era una mujer pequeña y arrugada, con el pelo blanco como la nieve y ojos brillantes como estrellas.
"Hola, Luna", dijo la anciana con una voz suave y melodiosa. "Sabía que vendrías".
Luna se sorprendió. "¿Me conoces?", preguntó.
"Claro que te conozco", respondió la anciana. "Soy la guardiana de este jardín secreto. Y sé que estabas muy triste por haber perdido tu collar".
"Pero, ¿cómo sabías que estaba aquí?", preguntó Luna, señalando la luna creciente de plata.
"El jardín me lo dijo", respondió la anciana con una sonrisa enigmática. "Este jardín es mágico, Luna. Escucha a los corazones tristes y trata de ayudarlos a encontrar la felicidad".
La anciana le explicó a Luna que el colibrí era un mensajero del jardín, enviado para guiarla hasta allí. Le contó historias sobre las flores y las plantas, sobre sus poderes curativos y su capacidad para traer alegría. Luna escuchó con atención, maravillada por todo lo que aprendía.
Antes de irse, la anciana le dijo a Luna que podía visitar el jardín secreto siempre que lo necesitara. "Este lugar siempre estará aquí para ti, Luna. Cuando estés triste, cuando necesites un poco de magia en tu vida, solo tienes que buscar la puerta escondida".
Luna abrazó a la anciana y le dio las gracias. Luego, con su collar de luna creciente brillando alrededor de su cuello y a Tito bien agarrado, regresó a casa, sintiéndose mucho más feliz y tranquila. Sabía que había encontrado un lugar especial, un lugar donde la tristeza se transformaba en alegría y la magia era real. Y prometió volver pronto al jardín secreto, para aprender más sobre sus secretos y para agradecer a la anciana guardiana su amabilidad.
Desde ese día, Luna nunca olvidó su aventura en el jardín secreto. Y cada vez que se sentía triste o preocupada, recordaba las palabras de la anciana y buscaba la puerta escondida, sabiendo que allí encontraría consuelo y un poco de magia para iluminar su vida.
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