Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozMateo vivía en un pequeño pueblo llamado Esperanza. Esperanza, antes, hacía honor a su nombre. El río que la atravesaba era cristalino, lleno de peces brillantes y rodeado de árboles frutales. Los niños jugaban en sus orillas, construyendo castillos de arena y riendo a carcajadas. Pero eso era antes.
Ahora, el río estaba marrón. Un color feo, turbio, que daba miedo tocar. Los peces habían desaparecido y los árboles estaban enfermos, con las hojas marchitas y caídas. Ya no se escuchaban las risas de los niños jugando en la orilla, solo el sonido triste del viento entre las ramas secas.
Mateo, con sus grandes ojos marrones, miraba el río con lágrimas. Lágrimas que no eran de enfado, sino de pura tristeza. Él recordaba el río de antes, cuando su abuelo le enseñaba a pescar y su abuela lavaba la ropa en sus aguas. Recordaba el sabor dulce de las frutas que crecían en los árboles a la orilla. Ahora, todo eso era un recuerdo lejano y doloroso.
Una mañana, Mateo se sentó a la orilla del río, abrazando sus rodillas. Las lágrimas corrían por sus mejillas, mezclándose con el polvo de la tierra seca. "¿Por qué, río?", susurró. "¿Por qué te has puesto tan triste? ¿Qué te ha pasado?".
De repente, Mateo escuchó un susurro. Un sonido suave como el viento entre las hojas. Miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Entonces, escuchó el susurro de nuevo, esta vez más claro.
"Soy yo, Mateo", dijo el susurro. "Soy el río. Estoy enfermo. La gente de la ciudad cercana está tirando basura y productos químicos en mis aguas. Me están envenenando."
Mateo se asustó. Nunca había hablado con un río. Pero su corazón se llenó de compasión. "¿Qué puedo hacer para ayudarte?", preguntó.
"Necesito tu ayuda y la de todos los niños del pueblo", respondió el río. "Deben hablar con sus padres, con sus abuelos, con todos los que puedan escuchar. Deben convencerlos de que dejen de contaminarme. Deben recordarles lo importante que soy para Esperanza."
Mateo se levantó, secándose las lágrimas. Sintió una nueva fuerza dentro de él. Sabía que no sería fácil, pero estaba decidido a ayudar al río. Corrió a su casa y le contó todo a su mamá.
Al principio, su mamá no le creyó. Pensó que Mateo había tenido una pesadilla. Pero al ver la seriedad en sus ojos y la tristeza en su voz, decidió escucharlo. Mateo le explicó todo lo que el río le había dicho sobre la contaminación y cómo estaba afectando a Esperanza.
Su mamá se conmovió. Ella también recordaba el río de antes, el río lleno de vida y alegría. Prometió ayudar a Mateo a salvarlo.
Juntos, fueron a hablar con el alcalde del pueblo. Le contaron lo que estaba pasando y le pidieron que hiciera algo al respecto. El alcalde, al principio, no prestó mucha atención. Estaba preocupado por otros problemas, como el trabajo y la economía.
Pero Mateo no se rindió. Junto con su mamá, organizó una reunión en la plaza del pueblo. Invitó a todos los niños de Esperanza y les pidió que dibujaran cómo recordaban el río y cómo querían que fuera en el futuro.
El día de la reunión, la plaza estaba llena de niños con sus dibujos. Había peces brillantes, árboles frutales, niños jugando y un río cristalino que brillaba bajo el sol. Los dibujos eran hermosos y llenos de esperanza.
Mateo se subió a una pequeña tarima y comenzó a hablar. Con voz temblorosa al principio, pero cada vez más fuerte y segura, les contó a todos lo que el río le había dicho. Les habló de la contaminación, de la enfermedad y de la tristeza del río. Les habló de la importancia de cuidarlo para que Esperanza volviera a ser un lugar feliz.
Los adultos escucharon con atención. Al ver los dibujos de los niños y escuchar las palabras de Mateo, comprendieron la gravedad del problema. Se dieron cuenta de que habían estado demasiado ocupados con sus propios asuntos y habían olvidado lo importante que era el río para su comunidad.
El alcalde, conmovido por las palabras de Mateo y la energía de los niños, prometió tomar medidas. Se puso en contacto con las autoridades de la ciudad cercana y les exigió que dejaran de contaminar el río. También organizó una campaña de limpieza en Esperanza para recoger la basura y plantar árboles en las orillas del río.
Poco a poco, el río comenzó a recuperarse. El agua se volvió más clara, los peces volvieron a aparecer y los árboles comenzaron a florecer. Los niños volvieron a jugar en la orilla, construyendo castillos de arena y riendo a carcajadas.
Mateo, con sus grandes ojos marrones, miraba el río con alegría. Sabía que aún quedaba mucho por hacer, pero estaba orgulloso de haber ayudado a salvarlo. Había aprendido que incluso un niño pequeño, con un corazón grande y lleno de amor por su tierra, podía hacer una gran diferencia. Y ahora, el río de Esperanza, ya no era un río triste, sino un río lleno de esperanza, gracias a las lágrimas de Mateo y el amor de todo el pueblo.
Desde ese día, Mateo fue conocido como el guardián del río. Siempre estaba atento a su cuidado y protección. Y cada vez que lo veía brillar bajo el sol, recordaba las lágrimas que había derramado y la importancia de luchar por lo que uno ama.
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