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Gratis · elegí una vozGabriela, con sus cuatro añitos y dos coletas castañas que saltaban al correr, adoraba ir a la escuela. Le encantaba pintar con los dedos, cantar canciones de animales y escuchar los cuentos de la profesora Edu. Pero a veces, a Gabriela le costaba compartir. Sus manitas, ¡ay, esas manitas! Tenían una vida propia.
Hoy, en la mesa de los bloques, estaba construyendo una torre altísima, casi hasta el techo imaginario del aula. Lucas, un niño rubio con ojos azules, se acercó con un bloque rojo en la mano. "¡Puedo poner este bloque aquí?", preguntó Lucas con una sonrisa tímida.
Gabriela, sin pensarlo dos veces, le arrebató el bloque de la mano. "¡No! ¡Esta es mi torre! ¡No puedes tocarla!", gritó, empujando a Lucas. Lucas, sorprendido y triste, comenzó a llorar.
La profesora Edu, que estaba cerca, se acercó rápidamente. "Gabriela, ¿qué ha pasado?", preguntó con voz suave pero firme. Gabriela, con el bloque rojo apretado en su manita, miró al suelo avergonzada.
"Lucas quería poner un bloque en mi torre, pero es *mi* torre", murmuró Gabriela.
La profesora Edu se arrodilló para estar a la altura de Gabriela y Lucas. "Gabriela, entiendo que estés orgullosa de tu torre, ¡es preciosa! Pero, ¿cómo crees que se siente Lucas ahora?", preguntó la profesora Edu. Lucas, todavía con lágrimas en los ojos, se limpió la nariz con la manga de su camiseta.
Gabriela miró a Lucas. Vio sus ojos rojos y su carita triste. Por primera vez, no solo pensó en lo que ella quería, sino en cómo se sentía Lucas. "Lo siento, Lucas", dijo tímidamente. "No quería hacerte llorar."
La profesora Edu sonrió. "Eso es muy valiente, Gabriela. Pedir perdón es el primer paso. Ahora, ¿qué te parece si Lucas te ayuda a construir la torre? ¡Dos personas pueden construir una torre aún más alta!"
Gabriela lo pensó por un momento. La idea de una torre aún más alta era tentadora. "Está bien", dijo Gabriela, extendiendo su mano para devolverle el bloque rojo a Lucas. Lucas lo tomó y con cuidado lo colocó en la torre. Gabriela y Lucas se miraron y sonrieron. ¡La torre, construida entre los dos, era aún más impresionante!
Esa tarde, cuando Any, la mamá de Gabriela, llegó a recogerla, la profesora Edu la llamó aparte. "Any, hoy Gabriela tuvo un pequeño problema para compartir. Le costó un poco entender que sus acciones tienen un impacto en los demás. Trabajamos en ello y Gabriela hizo un gran esfuerzo por pedir perdón y compartir su juego."
Any escuchó atentamente a la profesora Edu. Sabía que Gabriela a veces era un poco egoísta, pero también sabía que era una niña muy buena y cariñosa. "Gracias por contármelo, Edu. Hablaré con ella en casa", dijo Any.
En el camino a casa, Any le preguntó a Gabriela sobre su día. Gabriela le contó sobre la torre, sobre Lucas, y sobre cómo había peleado por el bloque rojo. Any escuchó con paciencia y sin interrumpir.
Cuando Gabriela terminó, Any se estacionó el coche en la puerta de su casa. Se giró para mirar a Gabriela a los ojos. "Gabriela, cariño, entiendo que a veces te cueste compartir. Todos tenemos cosas que nos gustan mucho y que no queremos que nadie toque. Pero es importante recordar que compartir nos hace más felices a todos. Cuando compartimos, hacemos amigos, aprendemos cosas nuevas y nos divertimos más."
Any tomó la mano de Gabriela. "¿Recuerdas cuando fuimos al parque y no querías dejar que otros niños usaran tu pala en el arenero? Luego, cuando dejaste que jugaran contigo, ¡hiciste un castillo enorme con un montón de amigos! Compartir fue divertido, ¿verdad?"
Gabriela asintió. "Sí, mami. Hicimos un castillo muy grande."
"Exacto", dijo Any. "Compartir a veces requiere un poco de esfuerzo, pero al final siempre vale la pena. Y recuerda, cariño, que si alguna vez tienes un problema, siempre puedes hablar con la profesora Edu o conmigo. Estamos aquí para ayudarte a aprender y a crecer."
Esa noche, antes de dormir, Any le leyó a Gabriela un cuento sobre un león que aprendió a compartir su comida con otros animales. Gabriela escuchó atentamente, imaginando al león compartiendo su jugoso trozo de carne. Poco a poco, Gabriela comprendió que compartir no significaba perder algo, sino ganar amigos, alegría y experiencias maravillosas.
Al día siguiente, Gabriela llegó a la escuela con una sonrisa. Cuando vio a Lucas en la mesa de los bloques, corrió hacia él. "Lucas, ¿quieres construir una nave espacial conmigo?", le preguntó Gabriela. Lucas sonrió y asintió. Juntos, Gabriela y Lucas construyeron una nave espacial gigante, llena de ventanas y antenas. ¡Esta vez, las manitas de Gabriela solo sirvieron para construir y compartir, no para pelear! Y la profesora Edu, observando desde lejos, sonrió al ver a Gabriela aprendiendo a ser una niña más generosa y feliz.
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