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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas verdes y ríos cantarines, un parque muy especial. Este parque no era como los demás; estaba siempre cubierto de miles y miles de margaritas blancas y amarillas, que parecían pequeñas estrellas caídas del cielo. Por eso, todos lo llamaban el Parque Amoroso.
En este parque, se encontraban siempre dos jóvenes enamorados: Lila, con su cabello color miel y ojos brillantes como el sol, y Tomás, con una sonrisa que iluminaba todo el parque. Lila amaba dibujar las flores del parque, y Tomás disfrutaba contándole historias de dragones amigables y princesas valientes.
Un día soleado, Lila y Tomás estaban sentados bajo un gran árbol de manzanas, rodeados de un mar de margaritas. El aire olía a flores frescas y a tierra mojada. Lila miró a Tomás con sus ojos brillantes y le dijo: "Tomás, ¿alguna vez te has preguntado si nuestro amor es verdadero?"
Tomás se sorprendió un poco. Él estaba seguro de sus sentimientos por Lila, pero entendía su duda. En el parque, la gente a menudo usaba las margaritas para jugar al "me quiere, no me quiere", buscando una señal del destino sobre sus relaciones.
"¿Qué te parece si lo averiguamos?", propuso Tomás, con una sonrisa traviesa. "Pero no como los demás. Vamos a usar las margaritas para confirmar lo que ya sabemos en nuestros corazones."
Lila asintió, emocionada por la idea. Ambos se levantaron y caminaron entre las margaritas, buscando las más bonitas y perfectas. Cada uno escogió una margarita con muchos pétalos blancos. Se sentaron de nuevo bajo el árbol de manzanas, uno frente al otro, listos para comenzar su juego especial.
"Tú primero, Lila," dijo Tomás, con una mirada cariñosa.
Lila respiró hondo y comenzó a arrancar los pétalos de su margarita, diciendo en voz baja: "Me quiere… No me quiere… Me quiere… No me quiere…"
Tomás la observaba con atención, sintiendo un poco de nerviosismo. Sabía que era solo un juego, pero le importaba lo que Lila pensara.
Finalmente, Lila llegó al último pétalo. Lo arrancó con cuidado y dijo: "¡Me quiere!" Una gran sonrisa iluminó su rostro.
Ahora era el turno de Tomás. Tomó su margarita, cerró los ojos por un momento y comenzó a arrancar los pétalos, repitiendo las mismas palabras: "Me quiere… No me quiere… Me quiere… No me quiere…"
Lila lo miraba con curiosidad, esperando el resultado. Cada pétalo que caía parecía un latido de su corazón.
Después de un rato, Tomás llegó al último pétalo. Lo arrancó y exclamó: "¡Me quiere!" Sus ojos brillaron de alegría al ver la sonrisa de Lila.
Ambos se rieron y se abrazaron con fuerza. Sabían que el juego de las margaritas era solo una diversión, pero les había recordado lo mucho que se querían.
"¿Ves?", dijo Tomás. "Las margaritas lo confirman: ¡nos queremos mucho!"
"Sí," respondió Lila. "Pero ya lo sabíamos en nuestros corazones."
De repente, una pequeña mariposa azul se posó en la margarita que Lila tenía en la mano. Luego, voló hacia Tomás y se posó en su mejilla. Lila y Tomás se miraron sorprendidos.
"¡Mira!", exclamó Lila. "Es una mariposa mágica. Dicen que las mariposas azules traen buena suerte en el amor."
Tomás sonrió. "Entonces, nuestro amor debe ser muy, muy afortunado," dijo.
Se acercaron el uno al otro y se dieron un beso suave, rodeados de las margaritas blancas y amarillas. El sol brillaba sobre ellos, y la mariposa azul volaba a su alrededor, como si estuviera celebrando su amor.
Desde ese día, Lila y Tomás siempre recordaron el día de las margaritas mágicas. Continuaron amándose y cuidándose el uno al otro, y cada vez que iban al Parque Amoroso, buscaban las margaritas más bonitas para recordar su promesa de amor eterno. Y aunque sabían que el amor verdadero no se encuentra en los pétalos de una flor, siempre apreciaron la magia y la belleza del Parque Amoroso y sus margaritas especiales.
Un día, muchos años después, Lila y Tomás volvieron al Parque Amoroso, ya no como dos jóvenes enamorados, sino como una pareja de ancianos tomados de la mano. El parque seguía igual de hermoso, lleno de margaritas y mariposas. Se sentaron bajo el mismo árbol de manzanas y recordaron el día en que jugaron al "me quiere, no me quiere".
"¿Recuerdas?", dijo Lila, con una sonrisa arrugada. "Las margaritas nos dijeron que nos queríamos."
"Y tenían razón," respondió Tomás, apretando su mano. "Nuestro amor ha durado toda una vida."
Y así, Lila y Tomás siguieron amándose hasta el final de sus días, demostrando que el amor verdadero es como una margarita: simple, hermoso y eterno.
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