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El sol se escondía tímidamente tras las montañas, pintando el cielo con pinceladas de naranja y rosa. En la pequeña escuela rural "El Colibrí", los futuros maestros, los normalistas, guardaban sus cuadernos y crayones. Era el último día de su jornada de observación. Sus corazones, aunque llenos de dulces recuerdos, se sentían pesados como piedras.
Sofía, con sus trenzas castañas y ojos brillantes, suspiró. "¿Ya se acabó?" preguntó, con la voz temblorosa. A su lado, Mateo, un chico alto y de sonrisa contagiosa, le dio un suave codazo. "No te pongas triste, Sofi. Esto es solo el principio".
Pero la tristeza era contagiosa. María, la más sensible del grupo, ya tenía los ojos humedecidos. Recordaba a los pequeños estudiantes, sus risas, sus preguntas curiosas, sus abrazos sinceros. Había aprendido tanto de ellos, quizás más de lo que ellos habían aprendido de ella.
Doña Elena, la maestra titular de la escuela, una mujer sabia con el rostro marcado por el sol y la experiencia, los observaba con ternura. Se acercó al grupo y les puso una mano en el hombro a cada uno.
"Mis queridos normalistas", dijo con su voz suave y melodiosa, "no vean este día como un final, sino como el comienzo de una hermosa aventura. Han plantado semillas en el corazón de estos niños, semillas de conocimiento, de esperanza, de amor por el aprendizaje. Y esas semillas florecerán, estoy segura".
Sacó de su bolsillo un pequeño saquito de tela bordada. "Tengo algo para ustedes", dijo, abriendo el saquito. Dentro, había semillas diminutas, de colores brillantes. "Estas son semillas de girasol. Plántenlas y cuídenlas. Recuerden que, al igual que una semilla necesita paciencia y dedicación para crecer, también la enseñanza necesita tiempo y esfuerzo para dar frutos".
Cada uno tomó un puñado de semillas. Mateo, siempre optimista, dijo: "¡Las plantaremos en el jardín de la normal! Así siempre recordaremos este lugar".
Esa noche, reunidos alrededor de una fogata, los normalistas compartieron sus experiencias. Hablaron de los desafíos que habían enfrentado, como lidiar con niños tímidos, explicar conceptos difíciles o manejar situaciones inesperadas. Pero también hablaron de las alegrías: el brillo en los ojos de un niño al entender algo nuevo, la gratitud de los padres, la satisfacción de ver a sus estudiantes crecer y aprender.
"Recuerdo cuando le enseñé a leer a Juanito", dijo María, sonriendo a través de sus lágrimas. "Al principio le costaba mucho, pero con paciencia y cariño, lo logré. Y el día que leyó su primera palabra, sol, me abrazó con tanta fuerza… ¡fue el mejor día de mi vida!"
Sofía recordó a Anita, una niña que tenía dificultades para dibujar. "Le dije que no importaba si sus dibujos no eran perfectos, lo importante era expresar lo que sentía. Y un día, me regaló un dibujo de una mariposa, ¡era preciosa! Aunque no fuera perfecta, era perfecta para mí".
Mateo, por su parte, compartió una anécdota divertida. "Un día, estaba explicando la importancia de las plantas para el medio ambiente, y un niño me preguntó si las plantas también comían pizza. ¡Casi me muero de la risa!"
Entre risas y lágrimas, los normalistas se dieron cuenta de que, aunque se sentían tristes por dejar la escuela "El Colibrí", se llevaban un tesoro invaluable: la experiencia, el aprendizaje y el amor por la enseñanza.
Al día siguiente, antes de partir, visitaron a los niños por última vez. Los abrazaron, les prometieron que volverían a visitarlos y les regalaron pequeños dibujos y cartas. Los niños, con sus caritas tristes, les entregaron flores silvestres y dibujos hechos con mucho cariño.
Mientras el autobús se alejaba, los normalistas miraron por la ventana, viendo la escuela "El Colibrí" hacerse cada vez más pequeña. Pero en sus corazones, la escuela y sus pequeños estudiantes permanecerían grabados para siempre.
Sabían que las jornadas de prácticas serían un nuevo desafío, pero estaban preparados. Llevaban consigo las semillas de girasol, las lecciones aprendidas y el amor por la enseñanza. Y sabían que, al igual que las mariposas que revoloteaban en el jardín de la escuela, ellos también volarían, llevando la esperanza y el conocimiento a otros rincones del mundo.
En la normal, plantaron las semillas de girasol. Cada día las regaban y las cuidaban, recordando con cariño su tiempo en la escuela "El Colibrí". Y cuando los girasoles florecieron, altos y radiantes, supieron que su aventura como maestros apenas comenzaba. Las mariposas de la despedida se transformaron en semillas de esperanza, listas para ser sembradas en nuevos corazones.
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