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Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de colinas verdes, dos niños llamados Mateo y Sofía. Estaban tan enamorados como dos gatitos jugando con un ovillo de lana. Se conocieron en la escuela, en la clase de arte, donde sus manos a menudo se rozaban accidentalmente mientras pintaban arcoíris y castillos encantados. Al principio, todo era mágico. Mateo le regalaba a Sofía margaritas silvestres que recogía en el camino a casa, y Sofía le compartía sus galletas de chocolate, las favoritas de Mateo. En el recreo, corrían juntos, riendo y soñando con aventuras imaginarias. Se sentaban bajo el gran árbol de roble del patio y se contaban secretos al oído, secretos tan pequeños que solo ellos podían entenderlos.
Pero cuando estaban solos, fuera de la escuela, algo cambiaba. En la escuela, Mateo era un caballero valiente, siempre protegiendo a Sofía de los bravucones y ayudándola con sus tareas. Pero en casa, o los fines de semana, parecía distraído. Prefería jugar videojuegos con sus amigos o practicar deportes. Las mariposas que antes revoloteaban en el estómago de Sofía cuando veía a Mateo comenzaron a aletear con menos fuerza.
Al principio, Sofía intentó entender. Pensó que tal vez Mateo estaba ocupado, o cansado. Lo invitaba a jugar a las escondidas en el parque, o a construir castillos de arena en la playa. Pero Mateo siempre tenía una excusa. "Lo siento, Sofía, tengo que ayudar a mi papá con el jardín", decía un día. "No puedo hoy, tengo un partido de fútbol", decía otro. Las excusas se volvieron más frecuentes que las margaritas silvestres.
Sofía comenzó a sentirse triste. Cada vez que veía a Mateo en la escuela, su corazón se encogía un poco más. Ya no corrían juntos en el recreo. Ya no se sentaban bajo el roble. Mateo ahora pasaba más tiempo con sus amigos, hablando de videojuegos y partidos de fútbol. A Sofía le dolía el corazón al verlo reír con ellos, una risa que antes solo compartía con ella.
Un día, mientras caminaba sola por el parque, Sofía descubrió un pequeño jardín escondido detrás de unos arbustos. Estaba descuidado y lleno de maleza, pero Sofía podía ver que alguna vez había sido hermoso. Había rosales marchitos, un estanque cubierto de algas y un pequeño banco de madera roto. Sintió una conexión con ese jardín, un sentimiento de tristeza y abandono que reflejaba lo que sentía por Mateo.
Sofía decidió que iba a cuidar el jardín. Comenzó a desmalezar, a podar las rosas y a limpiar el estanque. Trabajaba duro todos los días, después de la escuela, con las manos llenas de tierra y el corazón lleno de esperanza. Poco a poco, el jardín comenzó a revivir. Las rosas comenzaron a florecer, el agua del estanque se volvió clara y los pájaros regresaron a cantar en los árboles.
Mientras tanto, Mateo se dio cuenta de que Sofía ya no lo buscaba. Ya no le compartía sus galletas de chocolate, ni lo invitaba a jugar. La veía en el parque, trabajando en el jardín, pero nunca se acercaba. Un día, sintió curiosidad y se acercó a ella.
"¿Qué estás haciendo, Sofía?", preguntó Mateo.
Sofía se sobresaltó. No esperaba verlo. "Estoy cuidando el jardín", respondió, sin mirarlo a los ojos.
"¿Qué jardín?", preguntó Mateo, mirando a su alrededor. No recordaba haber visto nunca ese jardín.
"Este jardín", dijo Sofía, señalando las rosas florecientes y el estanque brillante. "Estaba olvidado, como... como algunas cosas".
Mateo entendió el mensaje. Se dio cuenta de que había estado tan absorto en sus propios intereses que había descuidado a Sofía y a su amistad. Se sintió avergonzado.
"Lo siento, Sofía", dijo Mateo, con la voz temblorosa. "He sido un tonto. No me he dado cuenta de lo importante que eres para mí".
Sofía lo miró a los ojos. Vio sinceridad en su mirada. "Las cosas cambian, Mateo", dijo Sofía suavemente. "A veces, las mariposas se van".
Mateo se acercó a Sofía y le ofreció su ayuda. "Déjame ayudarte con el jardín", dijo. "Podemos cuidarlo juntos".
Sofía sonrió. No sabía si las mariposas volverían a revolotear como antes, pero estaba dispuesta a darle una segunda oportunidad a Mateo. Juntos, trabajaron en el jardín, plantando nuevas flores y reparando el banco de madera. Poco a poco, la amistad entre Mateo y Sofía comenzó a florecer de nuevo, como las rosas en el jardín olvidado. Aprendieron que el amor y la amistad necesitan cuidado y atención, como un jardín. Y que a veces, las cosas olvidadas pueden volver a florecer, si se les da una oportunidad.
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