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Gratis · elegí una vozMateo era un niño de seis años con una gran sonrisa y una curiosidad aún mayor. Vivía en un pequeño pueblo rodeado de árboles frutales y le encantaba jugar en el parque después de la escuela. Un día, mientras correteaba entre los árboles, vio algo moverse entre las ramas. ¡Era una ardilla muy peculiar! Tenía un pelaje castaño rojizo brillante y una cola tan esponjosa que parecía una nube. Mateo la llamó Saltarina.
"¡Hola, Saltarina!", dijo Mateo. La ardilla le miró con sus ojitos brillantes y luego bajó corriendo por el tronco del árbol, sosteniendo una nuez en sus patitas.
"¡Qué bonita nuez!", exclamó Mateo. Saltarina asintió con la cabeza y luego, para sorpresa de Mateo, dejó caer la nuez a sus pies. Luego, bajó otra nuez, ¡y luego otra! Mateo las recogió.
"¡Una, dos, tres nueces!", contó Mateo en voz alta. "¡Muchas gracias, Saltarina!"
Saltarina chilló alegremente y luego señaló hacia un montón de manzanas rojas que estaban debajo de un manzano. "¿Quieres contar las manzanas?", pareció preguntarle con la mirada.
A Mateo le encantó la idea. Se acercó al montón y comenzó a contar. "Uno, dos, tres, cuatro… ¡Uy! Esta manzana está un poco mordisqueada. Cinco, seis… ¡Siete manzanas!", contó Mateo con entusiasmo.
De repente, un grupo de gorriones revoloteó alrededor de Mateo, piando sin parar. Saltarina parecía muy preocupada. Mateo se dio cuenta de que los gorriones tenían hambre. "¡Ya sé!", dijo Mateo. "Compartiremos las manzanas".
Mateo tomó dos manzanas y las puso a un lado. "Estas son para los gorriones", explicó. "Si teníamos siete manzanas y damos dos a los gorriones… ¿Cuántas nos quedan?"
Mateo se rascó la cabeza. No estaba seguro. Saltarina le miró con paciencia, moviendo su colita de un lado a otro.
"Mmm…", pensó Mateo. "Teníamos siete. Quitamos una… quedan seis. Quitamos otra… ¡Quedan cinco! ¡Tenemos cinco manzanas!"
Saltarina saltó de alegría y los gorriones empezaron a picotear las manzanas que Mateo les había dado. Mateo se sintió muy contento. Había usado las matemáticas para ayudar a los animales.
Al día siguiente, Mateo estaba jugando con sus coches de juguete en casa. Tenía una caja llena de coches de colores. Su hermana pequeña, Sofía, se acercó a él. "¡Mateo, quiero jugar contigo!", dijo Sofía.
"¡Claro, Sofía!", respondió Mateo. "Pero… tengo muchos coches y tú no tienes ninguno. Espera, ¡ya sé! Contaremos cuántos coches tengo y luego te daré algunos".
Mateo vació la caja sobre la alfombra. Había coches rojos, azules, verdes y amarillos. Empezó a contarlos uno por uno. "Uno, dos, tres… ¡Esto es difícil!", dijo Mateo, sintiéndose un poco frustrado. Había demasiados coches.
Recordó a Saltarina y cómo le había ayudado a resolver el problema de las manzanas. Cerró los ojos, respiró hondo y volvió a empezar. Esta vez, decidió agrupar los coches por colores. Tenía tres coches rojos, cuatro coches azules, dos coches verdes y un coche amarillo.
"¡Ajá!", exclamó Mateo. "Tres coches rojos más cuatro coches azules son… ¡Siete coches! Más dos coches verdes son… ¡Nueve coches! Más un coche amarillo… ¡Diez coches! ¡Tengo diez coches!"
"¡Guau! ¡Muchos coches!", dijo Sofía, impresionada.
"Te daré tres coches", dijo Mateo. "Así tú también puedes jugar".
Mateo le dio a Sofía un coche rojo, un coche azul y un coche verde. "Tenía diez coches y te di tres… ¿Cuántos coches me quedan?", se preguntó Mateo en voz alta.
Sofía le miró con curiosidad. Mateo pensó un momento. "Diez, quito uno… quedan nueve. Quito otro… quedan ocho. Quito otro… ¡Quedan siete! ¡Me quedan siete coches!", exclamó Mateo, orgulloso de sí mismo.
Mateo y Sofía jugaron juntos durante toda la tarde, compartiendo los coches y resolviendo pequeños problemas matemáticos. Mateo se dio cuenta de que las matemáticas no eran solo números en un libro, sino que también estaban en todas partes a su alrededor, ayudándole a resolver problemas y a compartir con los demás.
Desde ese día, Mateo ya no se rendía cuando algo le costaba. Recordaba a Saltarina y a las manzanas, y sabía que, con un poco de esfuerzo y pensando con cuidado, podía resolver cualquier problema. Y lo mejor de todo, ¡descubrió que las matemáticas podían ser muy divertidas!
**Moraleja:** Las matemáticas están en todas partes y nos ayudan a resolver problemas cotidianos. No te rindas si algo te cuesta, ¡piensa con cuidado y verás cómo lo consigues! ¡Y recuerda que compartir es siempre la mejor solución!
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