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Gratis · elegí una vozEn la brumosa ciudad de Aethelburg, corazón del Reino Unido de Cambria, y en pleno apogeo de la era Vaporiana, vivían cuatro jóvenes aventureros conocidos como las Ratas del Humo. Ashford Wren, alias Ash, con sus 17 años y una mirada astuta, era el líder. Eliza Marr, o Lizzie, de 16 años, era la genio inventora del grupo, capaz de transformar chatarra en maravillas mecánicas. Nina Bell, con 15 años y dedos ágiles, era la cerrajera experta, capaz de abrir cualquier cerradura, por intrincada que fuera. Y, finalmente, Thomas Crick, Tommy para los amigos, un muchacho de 13 años con una energía inagotable, era el explorador y maestro del disfraz, perfecto para crear distracciones.
Su guarida era un desván polvoriento en los barrios bajos, un laberinto de calles empedradas donde el humo de las fábricas se mezclaba con la niebla matutina. Las Ratas del Humo no eran ladrones por maldad, sino por necesidad. Realizaban pequeños atracos a tiendas y casas, buscando piezas para Lizzie o información para vender a los científicos clandestinos que trabajaban en las sombras de Aethelburg.
Un día, su contacto habitual, un hombre corpulento llamado Silas, les ofreció un trabajo tentador: infiltrarse en la mansión Whitmore, una de las familias más influyentes de Cambria, y robar planos e información sobre nuevos inventos. La paga era generosa, pero el riesgo era enorme. Aún así, las Ratas del Humo aceptaron, tentadas por la aventura y la promesa de una vida mejor.
La noche del robo, Aethelburg se envolvía en una densa niebla, perfecta para cubrir sus movimientos. Ash, Lizzie, Nina y Tommy se deslizaron por los muros de la mansión Whitmore, utilizando ganchos y cuerdas improvisadas por Lizzie. Nina abrió la cerradura de una ventana trasera con una facilidad asombrosa, y pronto se encontraron en el interior, moviéndose sigilosamente por los oscuros pasillos.
Mientras buscaban la habitación donde se guardaban los planos, escucharon voces que se acercaban. Se escondieron rápidamente detrás de una pesada cortina, justo a tiempo para ver a la duquesa Evelyn Whitmore, una mujer elegante de treinta años, entrar en la habitación acompañada de su doncella.
La duquesa Evelyn, a pesar de su riqueza y posición, parecía preocupada. Los murmullos de la familia sobre su soltería y la falta de un heredero la atormentaban, aunque ella prefería dedicarse a los negocios familiares. Mientras la duquesa hablaba con su doncella, otro sirviente entró en la habitación, cerrando la puerta con llave detrás de él. Su rostro estaba demudado, y en su mano temblaba un cuchillo.
"¡Duquesa Whitmore!", siseó el sirviente, con la voz cargada de resentimiento. "¡Es hora de que pague por los años de humillación!" Amenazó a la duquesa y a su doncella, revelando un plan para vengarse de la familia Whitmore. Las Ratas del Humo, observando la escena con horror, supieron que debían actuar.
Sin pensarlo dos veces, Ash, Lizzie, Nina y Tommy salieron de su escondite y se lanzaron contra el sirviente. Lizzie le arrojó un frasco lleno de aceite de linaza, haciéndolo resbalar. Nina usó sus ganzúas para intentar desarmarlo. Tommy, ágil como un gato, le mordió la mano, haciéndole soltar el cuchillo. El sirviente, furioso, intentó atacar a Tommy, pero Ash, con un movimiento rápido, agarró una bandeja de plata y golpeó al sirviente en la cabeza, dejándolo inconsciente en el suelo.
En ese instante, escucharon las pisadas de los guardias acercándose. ¡Habían sido descubiertos! No había tiempo para explicaciones. Las Ratas del Humo sabían que debían huir. Ayudaron a la duquesa y a su doncella a esconder al sirviente inconsciente y luego se precipitaron hacia la ventana, utilizando los ganchos de Lizzie para descender al jardín.
Los guardias, alertados por el ruido, salieron corriendo tras ellos. Las Ratas del Humo corrieron a toda velocidad, saltando muros y escondiéndose entre los arbustos, hasta que finalmente lograron escapar de los terrenos de la mansión Whitmore.
De vuelta en su guarida, exhaustos pero victoriosos, Ash, Lizzie, Nina y Tommy se miraron con una mezcla de alivio y asombro. Habían fracasado en su misión de robo, pero habían salvado la vida de la duquesa. ¿Qué les depararía el futuro? Solo el tiempo lo diría, pero una cosa era segura: las Ratas del Humo, a pesar de su vida en los bajos fondos de Aethelburg, siempre estarían dispuestas a luchar por la justicia y la amistad.
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