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Había una vez, en un jardín lleno de margaritas danzantes y árboles de manzanas jugosas, dos niñas llamadas Allison y Tessi. Sus risas eran como campanitas de viento, siempre sonando juntas, melodiosas e inseparables. Se contaban secretos susurrados al oído, construían castillos de arena que desafiaban las olas del mar imaginario en el patio, y compartían galletas de chispas de chocolate, mordisco a mordisco, con la misma felicidad. Eran uña y carne, dos mitades de un mismo corazón alegre. Dondequiera que iba Allison, iba Tessi, y viceversa. Eran inseparables, mejores amigas para siempre, o eso creían.
Un día soleado, mientras Allison y Tessi jugaban a las escondidas detrás de un gigantesco roble, una nueva niña se mudó a la casa de al lado. Se llamaba América, y tenía el pelo tan oscuro como la noche y unos ojos brillantes como estrellas fugaces. América era extrovertida y aventurera, y enseguida cautivó la atención de todos los niños del vecindario.
Allison sintió una punzada de inquietud cuando vio a América acercarse a Tessi. América llevaba una cometa con forma de dragón que volaba alto en el cielo, y Tessi, con los ojos llenos de asombro, corrió a su encuentro. Allison se quedó sola, sintiendo una extraña sensación de vacío en el estómago.
América rápidamente se hizo amiga de Tessi. Juntas, exploraban el bosque cercano, construían fuertes secretos entre los arbustos y contaban historias de princesas valientes y dragones amigables. Allison observaba desde la distancia, sintiendo que algo valioso le estaba siendo arrebatado. Las risas de Tessi, antes reservadas para ella, ahora resonaban con América.
Allison intentó unirse a ellas, pero América parecía siempre tener un plan, una aventura, un secreto que solo compartía con Tessi. Allison se sentía excluida, como si fuera invisible. Los susurros entre Tessi y América eran ahora murmullos incomprensibles para Allison. Los castillos de arena quedaron sin construir, las galletas de chispas de chocolate se comieron en solitario, y el jardín de margaritas ya no parecía tan alegre.
Un día, Allison encontró a Tessi y América sentadas bajo el roble gigante, el mismo roble donde solían jugar a las escondidas. Estaban pintando piedras con colores brillantes. Allison se acercó tímidamente. "¿Puedo jugar?", preguntó con voz suave.
América miró a Allison con una expresión que no pudo descifrar. "Estamos pintando piedras mágicas", dijo América. "Solo las personas que creen en la magia pueden jugar".
Tessi miró a Allison con tristeza. "Lo siento, Allison", dijo Tessi. "América dice que solo las personas que creen en la magia pueden ser amigas suyas".
Allison sintió que su corazón se rompía en mil pedazos. Se dio la vuelta y corrió a casa, con lágrimas rodando por sus mejillas. Se encerró en su habitación y lloró hasta quedarse dormida. Soñó con las risas perdidas, con los secretos olvidados, con la amistad rota.
Al día siguiente, Allison decidió que no podía seguir viviendo así. Extrañaba a Tessi más de lo que podía expresar. Sabía que tenía que hacer algo, aunque no supiera qué. Fue al jardín de margaritas y se sentó bajo el roble gigante, el lugar donde todo había comenzado a cambiar.
Mientras estaba sentada allí, vio algo que no había notado antes. Junto al roble, había un pequeño jardín de flores silvestres que había plantado con Tessi hacía mucho tiempo. Las flores estaban marchitas y desatendidas, como su amistad. Allison tuvo una idea.
Corrió a su casa y regresó con una regadera llena de agua y una pala pequeña. Empezó a regar las flores y a quitar las malas hierbas. Trabajó diligentemente, con la esperanza de que Tessi la viera y se diera cuenta de que todavía le importaba.
Después de un rato, escuchó una voz detrás de ella. "¿Qué estás haciendo, Allison?", preguntó Tessi.
Allison se dio la vuelta y vio a Tessi parada allí, con América a su lado. Allison se sintió nerviosa, pero respiró hondo y respondió: "Estoy cuidando nuestro jardín de flores silvestres. Estaba un poco descuidado".
Tessi miró el jardín, luego miró a Allison. "Se ve bonito", dijo Tessi.
América puso los ojos en blanco. "Vamos, Tessi", dijo América. "Tenemos que ir a buscar tesoros en el bosque".
Tessi dudó por un momento, luego miró a Allison y dijo: "Tal vez podamos buscar tesoros otro día. Quiero ayudar a Allison con el jardín".
América resopló y se alejó, diciendo: "Está bien, pero no te quejes si no encuentras ningún tesoro".
Tessi se arrodilló junto a Allison y comenzó a ayudarla a cuidar el jardín. Juntas, regaron las flores, quitaron las malas hierbas y hablaron. Hablaron de todo y de nada, como solían hacerlo. Allison sintió que su corazón comenzaba a sanar.
Ese día, Allison y Tessi aprendieron una valiosa lección. Aprendieron que la amistad es como un jardín: necesita ser cuidado y nutrido para que pueda florecer. Aprendieron que a veces, las personas entran en nuestras vidas y nos distraen, pero que las verdaderas amistades siempre encuentran la manera de regresar. Y aprendieron que, aunque las risas se puedan perder por un tiempo, siempre se pueden encontrar de nuevo, si uno está dispuesto a buscarlas.
América eventualmente encontró otros amigos, y Allison y Tessi volvieron a ser inseparables. Sus risas resonaron una vez más en el jardín de margaritas, más fuertes y melodiosas que nunca, un testimonio de la amistad que, a pesar de las pruebas, siempre prevalece.
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