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Gratis · elegí una vozÉrase una vez, en la inmensidad del universo, donde las estrellas brillaban como diamantes y las nebulosas pintaban lienzos de colores, vivía un planeta muy especial llamado Tierra. La Tierra era redonda, azul y verde, y le encantaba jugar. Sus mejores amigos eran la Luna, una bolita de queso plateado que giraba a su alrededor, y el Sol, una estrella gigante y brillante que le daba calor y luz.
Un día soleado, la Tierra se sintió aburrida. “¡Luna! ¡Sol! ¡Tengo ganas de jugar!”, gritó la Tierra, haciendo temblar un poquito a todos los volcanes.
La Luna, que estaba dando una vuelta perezosa alrededor de la Tierra, respondió con su voz suave y susurrante: “¿Jugar? ¿A qué, Tierra? Estoy un poco cansada de orbitarte”.
El Sol, desde su trono dorado, soltó una carcajada que hizo brillar aún más sus rayos. “¡Jugar! ¡Qué idea más maravillosa! Pero, ¿qué podemos hacer que sea divertido para todos?”
La Tierra pensó un momento, moviendo sus océanos de un lado a otro. “¡Ya sé! ¡Podemos jugar a las escondidas cósmicas! Yo me escondo detrás de la Luna, y el Sol tiene que encontrarme”.
La Luna, aunque un poco reacia, aceptó. Le gustaba sentir la Tierra cerca. El Sol, siempre dispuesto a un buen reto, asintió con entusiasmo. “¡De acuerdo! Pero si te encuentro demasiado rápido, Tierra, ¡tendrás que darme un nuevo planeta para iluminar!”.
Así comenzó el juego. La Tierra, con mucho cuidado, se movió para esconderse detrás de la Luna. La Luna, avergonzada por ser tan pequeña, intentó cubrir a la Tierra lo mejor que pudo. El Sol, entretanto, buscaba con sus rayos inquisitivos.
“¡Hmm, dónde se habrá metido la Tierra?”, se preguntaba el Sol, lanzando rayos de luz hacia todos los rincones del espacio. “¡No está por aquí! ¡Ni por allá! ¡Luna, ¿la has visto?”
La Luna, nerviosa, intentó disimular. “Yo… yo no he visto nada, Sol. Tal vez se fue a visitar a Marte”.
El Sol, que no era tonto, entrecerró sus ojos brillantes. “¡No te creo, Luna! Sé que estás escondiendo algo. ¡Voy a usar mis rayos más poderosos para iluminarte por completo!”
La Luna, asustada de que el Sol descubriera la verdad, se movió un poquito, dejando ver un pedacito de la Tierra. El Sol, astuto, vio el azul brillante de un océano. “¡Ajá! ¡Te encontré, Tierra!”, exclamó el Sol, soltando un rayo de luz que iluminó toda la Tierra.
La Tierra, pillada, se echó a reír. “¡Me has encontrado, Sol! ¡Eres muy bueno! Pero… ¡casi lo logro!”.
El Sol, complacido, respondió: “Sabía que no podrías esconderme por mucho tiempo. Ahora, como perdiste, ¡quiero mi nuevo planeta!”.
La Tierra y la Luna se miraron preocupadas. No tenían ningún planeta extra para darle al Sol.
Pero entonces, la Tierra tuvo una idea. “Espera, Sol. En lugar de un planeta nuevo, ¿qué tal si te doy… un día de descanso?”.
El Sol se quedó sorprendido. “¿Un día de descanso? ¿Qué significa eso?”
La Tierra explicó: “Un día, yo giraré de tal manera que una parte de mí estará a oscuras. Esa parte del planeta no recibirá tus rayos, y tú podrás descansar un poco”.
El Sol, que nunca había tenido un día de descanso, se entusiasmó con la idea. “¡Eso suena maravilloso! ¡Acepto tu oferta, Tierra!”.
Así fue como la Tierra inventó la noche. Cada día, una parte del planeta se oscurecía, dándole al Sol la oportunidad de descansar y a la gente de dormir. Y la Luna, cada noche, vigilaba el sueño de todos, brillando con su luz plateada.
Desde ese día, la Tierra, la Luna y el Sol siguieron jugando juntos, inventando nuevos juegos y cuidando el universo. Aprendieron que jugar es divertido, pero que también es importante ser creativos y encontrar soluciones para los problemas. Y así, vivieron felices para siempre, en su rincón especial del cosmos.
Pero la Tierra no se quedó tranquila. Al día siguiente, propuso otro juego: "¡Ahora yo te voy a dar vueltas, Sol, a ver si te mareas!" El Sol, riendo, aceptó el desafío, y la Tierra comenzó a girar a su alrededor, creando las estaciones: primavera, verano, otoño e invierno. Cada estación era un nuevo juego, una nueva aventura para la Tierra, la Luna y el Sol. En primavera, la Tierra se adornaba con flores y mariposas; en verano, el Sol brillaba con más intensidad, calentando las playas y los campos; en otoño, las hojas de los árboles se teñían de colores dorados y rojizos; y en invierno, la Tierra se cubría de un manto blanco de nieve. Y la Luna, siempre presente, observaba cada cambio, cada transformación, con su mirada serena y plateada. Juntos, creaban la magia del universo, un universo lleno de alegría, amistad y travesuras cósmicas.
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