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El Cachorro que no era tan pequeño
Cuando Leoncito llegó a casa, era una bolita peluda y gris. Sus patas eran cortitas; sus orejas, gigantes, y sus ojos, celestes. Su nariz olía todo.
Mi mamá dijo:
- Creo que éste perrito va a ser chiquitito.
Yo La miré y dije:
- ¡Estás segura, mama´?¡Mirá esas patas enormes!
Pasaron los meses y leoncito creció…¡y creció!.
Ya no cabía en su casa y se dormía en el sillón, ocupando todo el espacio.
Una vez, lo buscamos por horas. No estaba en el patio, ni el baño, ni debajo de la cama.
Casi me pongo a llorar. Hasta que mi papá levantó una pila den frazadas y ahí estaba Leoncito, hecho un ovillo, calentito y feliz.
¡Estás loco, Leoncito!- le dije riendo.
Desde ese día, cada vez que hace frío, se mete conmigo en la cama. Y si, ronca bajito.
Rayo en la plaza
Una de las cosas que más disfruto es ir con Leoncito a la plaza. Apenas le saco la correa, ¡sale corriendo .como si tuviera alas en las patas!
El señor del kiosko siempre dice:
- Ahí va el rayo gris otra vez.
A Leoncito le encanta correr, pero siempre vuelve.

Nunca va lejos.
Una vez encontró una rama más grande que él y la llevó como trofeo por todo el parque.
Los otros chicos ya lo conocen y lo saludan. Algunos le acarician la cabeza, otros le tiran la pelota. Él se deja querer.
Cuando cae la noche y llegamos a casa, Leoncito se acurruca a mis pies. A veces, se cuela en mi cama. Y yo, aunque no debería, lo dejo. Porque no hay mejor forma de dormir que con mi mejor amigo al lado.
¡Pelota en el techo!
Leoncito ama jugar a la pelota. Tiene una azul que no suelta ni para comer.
Pero un día, se entusiasmó tanto que la golpeó con la nariz y…¡La pelota voló al techo del vecino!
-¡Noooo!¡Mi pelota! – grité.
Mi papá salió con una escalera, cruzó al patio del vecino y la bajó. Mientras tanto, Leoncito saltaba como loco, mirando hacia arriba.
-Este perro no sabe su fuerza – dijo papá, riéndose.
Cuando recuperó la pelota, la tomó con el hocico y fue directo al sillón. No la soltó hasta la noche. A veces pienso que cree que es su hijo.
Cuidando a Ricardo
Hace un tiempo me enfermé y tuve que quedarme en cama. Me dolía todo. No tenía ganas de nada.
Leoncito no se movió de mi lado en todo el día. Ni comió, ni jugó, ni ladró. Solo estaba ahí, acostado conmigo.
Mi mamá decía:
-Este perrito siente todo, Ricardito. Se nota que sabe que estás mal.
Cuando empecé a mejorar, Leoncito fue corriendo a traerme su peluche y lo puso sobre mi panza como diciendo: “Te lo presto”.

Esa fue una de las cosas más lindas que me pasaron. Porque entendí que tener un perro no es solo tener un amigo, es tener un compañero leal.
¡Leoncito en la camioneta!
Un domingo, mi tío nos invitó a pasar el día en el campo. Cuando le pregunté si podíamos llevar a Leoncito, sonrió y dijo:
- Claro, si no le tiene miedo al viaje.
Todos pensaban que Leoncito se asustaría, pues nunca había subido a una camioneta. Cuando abrimos la puerta trasera, dudó un segundo, pero luego ¡saltó de un brinco al asiento!
Durante todo del camino, iba con la cabeza afuera, con las orejas al viento y la lengua colgando. Yo no paraba de reír.
- ¡Mirá a ese perro feliz!- dijo mi tío por el espejo retrovisor.
- Cuando llegamos, Leoncito corrió por el pasto como si lo conociera de siempre. Persiguió mariposas, se revolcó en la tierra y durmió bajo un árbol enorme.
Esa noche, al volver, se subió solo a la camioneta.
Creo que fue su forma de decir: “¿Cuándo volvemos?”.
Ese día aprendí que Leoncito no es solo valiente… también es aventurero. ¡Y le encanta viajar!
Despedida
Hoy Leoncito ya tiene tres años. Es fuerte, juguetón, cuando hace frío duerme al lado de la cama, pero siempre a mi lado.
A veces pienso en todo lo que pasamos juntos: carreras, sustos, abrazos, pelotas perdidas y tardes de plaza.
Y sé que muchas aventuras más nos esperan.
Porque soy Ricardo, y este es mi perro Leoncito.
Y juntos, somos inseparables.
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