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Había una vez, en un pequeño pueblo de casas blancas y tejados rojos llamado Villaflor, un cachorro llamado Pepito. Pepito no era un perro común; era un Golden Retriever de pelaje dorado y orejas tan largas que a veces tropezaba con ellas cuando corría demasiado rápido. Pero lo que realmente definía a Pepito no era su aspecto, sino su inagotable energía. Pepito era, sin duda alguna, el perro más juguetón de todo el mundo.
Vivía con Lucía, una niña de diez años con pecas en la nariz y una risa que sonaba como campanillas. Una tarde de primavera, Lucía tenía mucha tarea de matemáticas. Estaba sentada en el escritorio de su habitación, concentrada en sumas y restas. Pepito, que llevaba media hora esperando con su pelota de goma favorita entre los dientes, empezó a impacientarse. Primero, dejó la pelota sobre los pies de Lucía. Ella le acarició la cabeza distraídamente, pero no se levantó. Luego, Pepito soltó un pequeño ladrido, un '¡guau!' agudo que significaba '¿jugamos?'. Pero Lucía solo dijo: 'Ahora no, Pepito, tengo que terminar esto'.
Pepito suspiró, un suspiro muy largo para un perro tan pequeño, y decidió que, si Lucía no podía jugar, él tendría que buscar su propia diversión. La puerta del jardín estaba entreabierta, así que salió sigilosamente. El jardín de Villaflor era un paraíso para un explorador de cuatro patas. Había arbustos de hortensias que olían a dulce, un viejo manzano que daba una sombra perfecta y, lo mejor de todo, un montón de hojas secas que el jardinero había apilado esa mañana.

Pepito corrió hacia el montón de hojas y se lanzó de cabeza. ¡Crac, cruc, crac! Las hojas volaron por los aires, cubriendo su lomo dorado de tonos marrones y naranjas. Pepito saltaba y giraba sobre sí mismo, tratando de atrapar las hojas que caían, como si fueran mariposas de papel. Estaba tan emocionado que no se dio cuenta de que una mariposa de verdad, de color azul brillante, revoloteaba cerca de su nariz.
La mariposa voló hacia la valla de madera y Pepito, con un salto ágil, la siguió. Cruzó el jardín, pasó por debajo de la valla y se encontró en el sendero que llevaba a la plaza del pueblo. Villaflor estaba lleno de vida. Los vecinos saludaban al pasar: '¡Hola, Pepito! ¿A dónde vas con tanta prisa?', pero Pepito no tenía tiempo para detenerse. Tenía una misión: descubrir qué había más allá del siguiente rincón.
Al llegar a la plaza central, Pepito se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron de par en par. En el centro de la plaza, un artista callejero estaba creando algo mágico. Usaba dos varas largas unidas por una cuerda y un cubo lleno de agua jabonosa. Con un movimiento suave de sus brazos, el artista lanzaba al aire burbujas gigantes. Eran burbujas enormes, del tamaño de sandías, que brillaban con todos los colores del arcoíris bajo el sol de la tarde.

Para Pepito, aquello era lo más increíble que había visto jamás. Eran pelotas transparentes que flotaban. Sin pensarlo dos veces, Pepito se lanzó al centro de la plaza. Empezó a saltar con las patas delanteras extendidas, tratando de atrapar las burbujas. '¡Pop!', hacía una burbuja al tocar su nariz húmeda. '¡Plop!', hacía otra al chocar contra sus orejas. Los niños que estaban en la plaza empezaron a reír a carcajadas al ver al perro dorado saltando y girando, completamente rodeado de esferas brillantes.
Incluso el artista sonreía mientras creaba burbujas aún más grandes para que Pepito las persiguiera. El perro estaba en su elemento, ladrando de alegría y moviendo la cola con tanta fuerza que parecía un pequeño motor. Por un momento, toda la plaza se detuvo para observar el espectáculo de Pepito y sus burbujas. Era un momento de pura felicidad.
De repente, una voz conocida gritó: '¡Pepito! ¡Pepito!'. Era Lucía, que había terminado sus deberes y, al no encontrar a su amigo en casa, había salido corriendo a buscarlo. Cuando vio a su perro en medio de la plaza, cubierto de un poco de jabón y rodeado de niños que aplaudían, no pudo evitar reírse también.
'¡Eres un perro muy travieso!', dijo Lucía, acercándose para abrazarlo. Pepito le dio un gran lametón en la mejilla, dejando un rastro de burbuja jabonosa. El artista le regaló a Lucía un pequeño frasco de jabón para que pudieran jugar en casa.
Caminaron de regreso a casa mientras el sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de rosa y violeta. Esa noche, después de una buena cena y un baño para quitarle el jabón y las hojas secas, Pepito se quedó profundamente dormido en su cama mullida. Sus patas se movían un poco mientras dormía; seguramente estaba soñando que todavía perseguía aquellas burbujas mágicas en la plaza de Villaflor. Lucía lo tapó con su manta favorita y le susurró al oído: 'Mañana jugaremos otra vez, Pepito'. Y Pepito, en sus sueños, movió la cola una última vez, feliz de ser el perro más juguetón del mundo.
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