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Gratis · elegí una vozTito era un conejo muy saltarín. Le encantaba saltar por los prados y jardines, moviendo su colita blanca de un lado a otro. Pero lo que más le gustaba en el mundo eran las zanahorias. Un día soleado, la mamá de Tito le preparó una sorpresa: ¡cinco zanahorias grandes y jugosas!
"Tito, ten mucho cuidado con tus zanahorias," le dijo su mamá con una sonrisa. "Son para tu almuerzo, pero compártelas con tus amigos si los encuentras."
Tito asintió con entusiasmo y tomó las zanahorias. Las acomodó cuidadosamente en su pequeña mochila de tela a cuadros. ¡Estaba tan emocionado que empezó a saltar sin parar!
"¡Una, dos, tres, cuatro, cinco zanahorias!" cantaba Tito mientras saltaba por el prado. El sol brillaba y los pájaros cantaban, haciendo que el día fuera perfecto.
Pero, ¡oh no! En uno de sus saltos más altos, Tito sintió algo raro. Se detuvo y revisó su mochila. ¡Solo tenía cuatro zanahorias!
"¡Oh, no! ¡He perdido una zanahoria!" exclamó Tito con tristeza. "Tenía cinco, y ahora tengo cuatro. ¡Uno menos!"
Tito comenzó a saltar hacia atrás, siguiendo el camino que había recorrido. Buscaba con atención entre las flores y la hierba alta. Después de un rato, ¡allí estaba! Una zanahoria naranja brillante, tirada junto a una margarita.
"¡Menos mal!" dijo Tito, aliviado. "Ahora tengo mis cinco zanahorias otra vez." La guardó con cuidado en su mochila y continuó su camino, pero esta vez, saltando con más cuidado.
Un poco más adelante, Tito encontró a su amigo, el erizo Eri. Eri estaba buscando bayas para su almuerzo.
"¡Hola, Tito!" saludó Eri. "¿Qué llevas en esa mochila tan llena?"
"¡Hola, Eri! Son zanahorias. Mi mamá me preparó cinco para mi almuerzo," respondió Tito. "¿Quieres una?"
Eri aceptó encantado. Tito sacó una zanahoria de su mochila. Ahora, ¿cuántas zanahorias le quedaban a Tito?
"Tenía cinco, le di una a Eri… ¡Ahora tengo cuatro!" dijo Tito, contando con sus dedos. Tito y Eri comieron juntos la zanahoria que compartieron, y siguieron jugando en el prado.
Después de un rato, Tito siguió su camino. Saltaba y jugaba, pero esta vez, ¡otro problema! Sintió que algo se movía dentro de su mochila. Se detuvo y la revisó. ¡Oh, sorpresa! Otra zanahoria se había caído.
"¡Otra vez!" gritó Tito. "Tenía cuatro, y ahora… ¿cuántas tengo?" Pensó un momento. "¡Tres! ¡He perdido otra zanahoria!"
Tito volvió a saltar hacia atrás, buscando la zanahoria perdida. La encontró debajo de un gran árbol de manzanas.
"¡Aquí está!" exclamó Tito, feliz. "Ahora tengo mis cuatro zanahorias. ¡Pero tengo que tener más cuidado!" La guardó de nuevo en su mochila y continuó su aventura.
Más adelante, Tito se encontró con su amiga la ardilla Anita. Anita estaba ocupada recolectando nueces para el invierno.
"¡Hola, Anita!" saludó Tito. "¿Quieres una zanahoria? Tengo cuatro."
Anita estaba muy contenta de ver a Tito y aceptó la zanahoria con gusto. Tito sacó otra zanahoria de su mochila.
"Tenía cuatro, le di una a Anita… ¡Ahora tengo tres!" dijo Tito, contando con cuidado. Anita le agradeció la zanahoria y siguió recolectando nueces. Tito continuó su camino, sintiéndose feliz de compartir.
Un poco más adelante, Tito tropezó con una raíz y ¡zas! Otra zanahoria salió volando de su mochila. Tito miró dentro de su mochila. ¡Solo quedaban dos!
"¡No puede ser!" exclamó Tito. "Tenía tres, y ahora… ¿cuántas me quedan? ¡Dos!"
Tito saltó hacia atrás, buscando la zanahoria perdida. La encontró cerca de un arroyo, brillando bajo el sol. La recogió y la guardó en su mochila. Ahora tenía tres zanahorias.
Finalmente, Tito llegó a un claro en el bosque donde vio a su amigo el pajarito Pío. Pío estaba buscando semillas para alimentar a sus polluelos.
"¡Hola, Pío!" saludó Tito. "Tengo tres zanahorias. ¿Quieres una para tus polluelos?"
Pío estaba muy agradecido. Tito sacó una zanahoria de su mochila.
"Tenía tres, le di una a Pío… ¡Ahora tengo dos!" dijo Tito. Pío tomó la zanahoria y voló hacia su nido. Tito se sintió muy feliz de haber ayudado a sus amigos.
Tito siguió saltando hasta que llegó a un hermoso lago. Se sentó a la orilla y sacó las dos zanahorias que le quedaban. "Tenía cinco zanahorias al principio," pensó Tito. "Pero las compartí con mis amigos. ¡Y eso me hizo muy feliz!"
Tito comió sus dos zanahorias con mucho gusto, saboreando cada bocado. Aunque había perdido algunas zanahorias en el camino, había ganado algo mucho más valioso: la alegría de compartir con sus amigos. Tito aprendió que dar es mucho mejor que recibir. Y mientras saltaba de regreso a casa, cantaba feliz: "¡Tengo dos zanahorias, y muchos amigos!"
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