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Gratis · elegí una vozLaura tenía 12 años y una imaginación que volaba más alto que las cometas en un día de viento. Inventaba mundos fantásticos con dragones parlantes y princesas guerreras, pero había una batalla que siempre, siempre evitaba: la batalla del cuarto desordenado. Su habitación era un campo de guerra donde calcetines perdidos se enfrentaban a ejércitos de peluches, y los libros formaban barricadas contra las invasiones de juguetes. Era, en resumen, un caos glorioso, según Laura.
Un día, al entrar en su reino de desorden, Laura sintió un vacío en el corazón. ¡Horror! No encontraba a su muñeca favorita, Amelia. Amelia era más que una muñeca; era su confidente, su compañera de aventuras, la reina de su mundo imaginario. Buscó entre montones de ropa que parecían montañas nevadas, debajo de los libros que amenazaban con derrumbarse, detrás de una torre de juguetes que se balanceaba peligrosamente… ¡nada! Amelia no estaba por ninguna parte.
—¡Esto es un desastre! —exclamó Laura, con la voz temblorosa. Las lágrimas amenazaban con brotar de sus ojos. ¿Dónde podría estar Amelia?
De pronto, en medio del silencio sepulcral del cuarto (bueno, casi silencio, se escuchaba el ronroneo de su gato dormido sobre una pila de revistas), Laura escuchó una vocecita suave, como el susurro del viento entre las hojas.
—¿Cómo quieres que te ayudemos si nunca sabes dónde estamos? —dijo la vocecita.
Laura miró a su alrededor, con los ojos muy abiertos. ¿Había oído bien? ¿Estaba alucinando? ¡Quizás el desorden la estaba afectando más de lo que pensaba! Vio a su osito de peluche, Bernardo, sentado en el borde de la cama, con una expresión seria en su rostro de felpa. ¡Era Bernardo el que hablaba!
—Tus cosas están cansadas de vivir en el caos —dijo Bernardo, con un tono de voz que Laura nunca le había oído antes. Parecía un osito muy, muy preocupado—. Estamos hartos de estar perdidos, aplastados y olvidados. Si no haces algo, ¡nos perderemos para siempre! ¡Imagina un mundo sin juguetes! ¡Un mundo sin cuentos! ¡Un mundo sin risas!
Laura suspiró. Sabía que Bernardo tenía razón. En el fondo de su corazón, ella también estaba cansada del desorden, aunque le costara admitirlo. Sabía que tenía que hacer algo, pero la idea de enfrentarse a la montaña de ropa y al volcán de juguetes le resultaba abrumadora.
—Pero… ¿por dónde empiezo? —preguntó Laura, con la voz apagada.
Bernardo sonrió, una sonrisa pequeña pero visible en su rostro de felpa. —Empieza por el principio —dijo—. Guarda los libros en la estantería, dobla la ropa y pon cada juguete en su lugar. Piensa en ello como una aventura, una búsqueda del tesoro. ¡El tesoro es encontrar a Amelia!
Laura respiró hondo y se armó de valor. Empezó por guardar los libros en la estantería. Ordenó los cuentos de hadas, las novelas de aventuras y los libros de animales, colocándolos cuidadosamente en sus respectivos estantes. Luego, se enfrentó a la montaña de ropa. Dobló camisetas, pantalones y calcetines, organizándolos por colores y estaciones. Al principio fue difícil, le costaba encontrar las parejas de los calcetines rebeldes y las camisetas parecían tener vida propia, pero poco a poco, el cuarto se transformó. El suelo comenzó a ser visible, la cama dejó de estar cubierta de objetos extraños y la estantería lucía ordenada y brillante.
Y finalmente, llegó el momento de enfrentarse al volcán de juguetes. Laura recogió muñecos, coches, bloques de construcción y juegos de mesa, colocándolos en cajas y estantes. Fue una tarea larga y tediosa, pero Laura se sentía cada vez más animada a medida que avanzaba. Recordaba las historias que había inventado con cada juguete, las risas que había compartido con Amelia y la alegría de jugar con sus amigos.
Y justo cuando terminó, cuando el cuarto brillaba como un espejo y el aire se sentía más ligero, Laura vio algo debajo de una almohada en el sofá. ¡Era un pedazo de encaje! Reconoció el encaje al instante: era el borde del vestido de Amelia.
Con el corazón latiendo con fuerza, Laura levantó la almohada. ¡Allí estaba Amelia! Estaba acurrucada, como si estuviera durmiendo la siesta, con una sonrisa en su rostro de porcelana.
—¡Amelia! —exclamó Laura, abrazando a su muñeca con fuerza. La abrazó tan fuerte que casi la ahoga.
—¡Gracias, cuarto! —dijo Laura, sonriendo. Ya no veía su habitación como un campo de batalla, sino como un refugio seguro, un lugar ordenado y acogedor donde podía jugar, soñar y compartir aventuras con sus juguetes.
Desde ese día, Laura entendió que ordenar no era un castigo, sino una forma de cuidar lo que amaba. Aprendió que el orden traía paz y que la paz permitía que la imaginación volara aún más alto. Y lo más importante, aprendió que incluso los juguetes pueden rebelarse si se sienten olvidados. Y prometió, a partir de ese día, que la rebelión de los juguetes perdidos nunca volvería a ocurrir en su reino.
Y a veces, cuando el cuarto empezaba a acumular un poco de desorden, Laura escuchaba un leve susurro en el aire: —Recuerda la batalla, Laura… recuerda la batalla.
Y Laura, sonriendo, tomaba un respiro hondo y se preparaba para la aventura del orden.
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