Cuento corto para dormir

Layla y el Fantasma Achicharrado de Chumbivilcas

Layla, un vendedor ambulante, se pierde en Chumbivilcas y encuentra refugio en una choza. Allí, se enfrenta a un fantasma de rostro pálido y pies puntiagudos, provocando una cómica y accidentada huida del espectro.

A partir de: Este era un viajero que iba de pueblo en pueblo llevando producto para vender, a este tipo de viajeros en estos lugares le decían, layla. Él era un ambulante de a pie, no tenía animales de carga, su mercadería los llevaba en su espada, y los vendía en las comunidades muy lejanas. Hacia también trueque de sus productos con lana de oveja o carnes de los animales andinos. Cargaba toda su mercadería en una manta grande que se parecía al bolso de un personaje de navidad, de la cual extraía uno a uno los objetos en oferta que salían sin fin de ese bulto mágico. Cuando llegaba a las chozas de los lugares recónditos a las que visitaba; después del saludo cordial y de ley, comenzaba a ofrecer con una voz comercial, ofrecía objetos maravillosos como: linternas con luz infinita, espejos para comunicarse una la pastora vecina, bebidas medicinales, polvos mágicos, mallas de pesca con encanto, joyas para las jóvenes y no muy jóvenes, abrigos de seda, prendas íntimas, las infaltables golosinas para los chiquillos, y demás bienes que incitaban a la adquisición total. Cierto día este buen vendedor se adentró a una de las comunidades muy lejanas de Chumbivilcas. Aquel día las horas se apresuraron en presentar la tarde y luego la noche. El hombre caminante sin darse cuenta de pronto se encontró en un lugar desolado solo en compañía de la noche oscura. Comenzó a desesperase, porque no veía ninguna vivienda donde pueda pasar la noche, de paso ofrecer parte o todo de la carga que llevaba en las espaldas. Después de haber caminado más de cuatro horas desde la caída de la noche y con un apetito de no haber comido un par de días y una sed de camello; de repente como en una visión borrosa se le presentó frente a sus narices una choza solitaria que ofrecía la oportunidad de refugio y calor. El cansado y sediento hombre se alegró, y llamó con voz amable y a la vez comercial, pero nadie le respondió. Se asomó a la choza y vio que la puerta estaba abierta, al interior había un fogón que invitaba a ser encendida, también había un montón de pellejos de oveja que también instigaba a hacer una cama para descansar placenteramente. El cansado caminante entró al interior de la rustica casita, de inmediato cogió la bosta y prendió el fogón para calentarse y de paso cocinar una carnecita que traía. Cuando se abrigaba con el calor del fuego e injería la carne que todavía no se cocinaba del todo en las incandescentes brasas del fogón, escuchó una voz de ultratumba y aullidos lejanos de perros. Miro por grieta abierta en una de las paredes de piedra, vio aproximarse a un hombre vestido con un poncho negro y harapiento, cuando miró al rostro del visitante se llenó de asombro, tenía la cara muy blanca que se asemejaba a una moraya, y cuando puso su vista a los pies del recién llegado más fue el asombro, porque no eran normales, terminaban como en dos agujas puntiagudas. Comenzó a temblar de miedo, se apuró en apagarlas llamas del fogón y buscar un escondite dentro de la choza. Se subió a los palos del armazón de la choza y ahí permaneció inmóvil sin moverse y respirando muy despacio. El rostro de moraya y pies de aguja entró a la rustica vivienda, olisqueo y clavo la mirada en la carne que se achicharraba en las brasas vivas del fogón, cogió un pedazo de carne con sus manos que no tenían dedos, sino eran como los palillos chinos, abrió la boca para dar una mordida con los dientes que eran de un perro o un felino, y pronunció – no tiene sabor, pero olfateo carne más deliciosa. Al escuchar eso el hombre que permanecía en el techo se movió un milímetro, la cual ocasionó la ruptura de los palos que soportaban el peso del asustado mercader, cayó encima del hombre que saboreaba la carne sin sabor. El que se espantó con la caída fue el hombre fantasmal quien se atoró con el pedazo de carne que tenía en la boca, además de atragantarse en un movimiento falso metió su rostro en las brasas vivas del fogón que lo achicharraron, quiso gritar de dolor y solo le salió sonidos carraspeados, porque estaba atragantado; salió violentamente de la choza haciendo sonidos de aves malagüeros en vez de gritos terroríficos, y se alejó por la llanura y las sombras de la noche andina. El hombre caído se recuperó de la caída, se incorporó para ver hacia donde arrancaba el hombre fantasmal que le había visitado en esa noche extraña en su alojamiento temporal. Dicen que en esas pampas en las noches silenciosas y muy oscuras se ve un hombre con la cara como quien tiene un cigarro en la boca, también se escucha tosidos y carraspeos de vez en cuando.

Empezar a leerPublicado el 14/04/2026

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Este era un viajero que iba de pueblo en pueblo llevando producto para vender, a este tipo de viajeros en estos lugares le decían, Layla. Él era un ambulante de a pie, no tenía animales de carga, su mercadería los llevaba en su espalda, y los vendía en las comunidades muy lejanas. Hacia también trueque de sus productos con lana de oveja o carnes de los animales andinos. Cargaba toda su mercadería en una manta grande que se parecía al bolso de un personaje de navidad, de la cual extraía uno a uno los objetos en oferta que salían sin fin de ese bulto mágico.

Cuando llegaba a las chozas de los lugares recónditos a las que visitaba; después del saludo cordial y de ley, comenzaba a ofrecer con una voz comercial, ofrecía objetos maravillosos como: linternas con luz infinita, espejos para comunicarse una la pastora vecina, bebidas medicinales, polvos mágicos, mallas de pesca con encanto, joyas para las jóvenes y no muy jóvenes, abrigos de seda, prendas íntimas, las infaltables golosinas para los chiquillos, y demás bienes que incitaban a la adquisición total.

Cierto día este buen vendedor se adentró a una de las comunidades muy lejanas de Chumbivilcas. Aquel día las horas se apresuraron en presentar la tarde y luego la noche. El hombre caminante sin darse cuenta de pronto se encontró en un lugar desolado solo en compañía de la noche oscura. Comenzó a desesperase, porque no veía ninguna vivienda donde pueda pasar la noche, de paso ofrecer parte o todo de la carga que llevaba en las espaldas. Después de haber caminado más de cuatro horas desde la caída de la noche y con un apetito de no haber comido un par de días y una sed de camello; de repente como en una visión borrosa se le presentó frente a sus narices una choza solitaria que ofrecía la oportunidad de refugio y calor.

El cansado y sediento hombre se alegró, y llamó con voz amable y a la vez comercial, pero nadie le respondió. Se asomó a la choza y vio que la puerta estaba abierta, al interior había un fogón que invitaba a ser encendida, también había un montón de pellejos de oveja que también instigaba a hacer una cama para descansar placenteramente. El cansado caminante entró al interior de la rustica casita, de inmediato cogió la bosta y prendió el fogón para calentarse y de paso cocinar una carnecita que traía.

Cuando se abrigaba con el calor del fuego e injería la carne que todavía no se cocinaba del todo en las incandescentes brasas del fogón, escuchó una voz de ultratumba y aullidos lejanos de perros. Miro por grieta abierta en una de las paredes de piedra, vio aproximarse a un hombre vestido con un poncho negro y harapiento, cuando miró al rostro del visitante se llenó de asombro, tenía la cara muy blanca que se asemejaba a una moraya, y cuando puso su vista a los pies del recién llegado más fue el asombro, porque no eran normales, terminaban como en dos agujas puntiagudas. Comenzó a temblar de miedo, se apuró en apagarlas llamas del fogón y buscar un escondite dentro de la choza. Se subió a los palos del armazón de la choza y ahí permaneció inmóvil sin moverse y respirando muy despacio.

El rostro de moraya y pies de aguja entró a la rustica vivienda, olisqueo y clavo la mirada en la carne que se achicharraba en las brasas vivas del fogón, cogió un pedazo de carne con sus manos que no tenían dedos, sino eran como los palillos chinos, abrió la boca para dar una mordida con los dientes que eran de un perro o un felino, y pronunció – no tiene sabor, pero olfateo carne más deliciosa. Al escuchar eso el hombre que permanecía en el techo se movió un milímetro, la cual ocasionó la ruptura de los palos que soportaban el peso del asustado mercader, cayó encima del hombre que saboreaba la carne sin sabor.

El que se espantó con la caída fue el hombre fantasmal quien se atoró con el pedazo de carne que tenía en la boca, además de atragantarse en un movimiento falso metió su rostro en las brasas vivas del fogón que lo achicharraron, quiso gritar de dolor y solo le salió sonidos carraspeados, porque estaba atragantado; salió violentamente de la choza haciendo sonidos de aves malagüeros en vez de gritos terroríficos, y se alejó por la llanura y las sombras de la noche andina.

El hombre caído se recuperó de la caída, se incorporó para ver hacia donde arrancaba el hombre fantasmal que le había visitado en esa noche extraña en su alojamiento temporal.

Dicen que en esas pampas en las noches silenciosas y muy oscuras se ve un hombre con la cara como quien tiene un cigarro en la boca, también se escucha tosidos y carraspeos de vez en cuando.

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Publicado el 14/04/2026

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