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Gratis · elegí una vozLázaro amaba las mariposas. Le encantaba sentarse en el jardín de su abuela, rodeado de flores de mil colores, mientras las mariposas revoloteaban a su alrededor. A veces, le parecían pequeñas hadas aladas, sus alas pintadas con polvos mágicos. Un día, mientras observaba una mariposa monarca posada en una margarita, sintió un cosquilleo extraño en su hombro. No era una mariposa. Era… algo más.
Al día siguiente, en el colegio, Lázaro estaba muy emocionado por la clase de arte. Iban a pintar mariposas. Pero, de repente, sintió otra vez ese cosquilleo, ahora en su cuello. Intentó ignorarlo, pero el cosquilleo se convirtió en un movimiento involuntario. Su cabeza se sacudió un poco hacia un lado. Luego, hizo un pequeño sonido, como un chasquido. Sus compañeros lo miraban fijamente. Sofía, la niña que siempre se sentaba a su lado, le preguntó: "¿Estás bien, Lázaro?". Lázaro no supo qué responder. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. Se sentía avergonzado y confundido. No entendía por qué su cuerpo hacía esas cosas raras.
Después de la escuela, sus papás lo llevaron a ver a la doctora Elena. La doctora Elena era una señora muy amable, con una sonrisa cálida y ojos brillantes. "Hola, Lázaro", dijo la doctora Elena. "Tus papás me contaron que has estado teniendo algunos movimientos y sonidos que no puedes controlar, ¿verdad?". Lázaro asintió con la cabeza, sin atreverse a mirarla a los ojos.
"Lázaro", explicó la doctora Elena con voz suave, "lo que te está pasando se llama Síndrome de Tourette. Es una condición que hace que a veces tu cuerpo haga movimientos o sonidos llamados tics que no puedes controlar. No es tu culpa, y no es nada malo. Simplemente, tu cerebro funciona un poquito diferente".
"¿Tics?", preguntó Lázaro, con los ojos muy abiertos. La doctora Elena asintió. "Sí, los tics son como pequeños mensajes que tu cerebro envía a tu cuerpo sin que tú lo quieras. Pueden ser movimientos, como parpadear mucho, encoger los hombros, o sacudir la cabeza, como has estado haciendo. También pueden ser sonidos, como carraspear, toser, o decir palabras o frases repetitivas".
Lázaro estaba preocupado. "¿Es grave, doctora? ¿Me voy a poner peor? ¿Nunca voy a poder controlar mi cuerpo?". La doctora Elena le sonrió. "No te preocupes, Lázaro. El Síndrome de Tourette no es una enfermedad grave. No te va a impedir hacer las cosas que te gustan. Y sí, hay formas de controlar los tics. A veces, desaparecen solos con el tiempo. Otras veces, podemos usar terapias o medicamentos para ayudarte a controlarlos".
La mamá de Lázaro preguntó: "¿Qué tipo de tratamientos hay, doctora? ¿Hay algo que podamos hacer para ayudarlo?". La doctora Elena les explicó sobre diferentes terapias, como la terapia conductual, que ayuda a las personas a aprender a controlar sus tics, y también sobre algunos medicamentos que pueden ayudar a reducir su frecuencia e intensidad.
Lázaro levantó la mano tímidamente. "¿Puedo seguir jugando al fútbol? ¿Puedo seguir dibujando mariposas? ¿Puedo seguir… siendo yo?". La doctora Elena sonrió y le guiñó un ojo. "¡Por supuesto que sí, Lázaro! El Síndrome de Tourette no te define. Eres mucho más que tus tics. Puedes hacer todo lo que te propongas. Solo necesitas aprender a conocer tu cuerpo y a manejar tus tics".
Después de la visita a la doctora, Lázaro se sintió mucho mejor. Había entendido lo que le pasaba, y sabía que no estaba solo. Sus papás lo abrazaron fuerte y le prometieron que lo apoyarían en todo. En el colegio, Lázaro habló con sus compañeros sobre el Síndrome de Tourette. Les explicó qué eran los tics y por qué a veces hacía esos movimientos y sonidos raros. Sus compañeros fueron muy comprensivos. Sofia le dijo: "No te preocupes, Lázaro. Sigues siendo nuestro amigo, y nos gusta tal como eres".
Lázaro volvió al jardín de su abuela. Se sentó en su lugar favorito, rodeado de flores y mariposas. Esta vez, cuando sintió el cosquilleo en su hombro, no se asustó. Sabía que era un tic, y sabía que podía manejarlo. Cerró los ojos, respiró hondo y se concentró en el aleteo suave de las mariposas a su alrededor. Se sentía bien. Se sentía comprendido. Se sentía… como Lázaro, el niño que amaba las mariposas, con o sin tics. Las mariposas, con sus movimientos impredecibles y hermosos, le recordaron que la diferencia también puede ser una forma de belleza.
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