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Gratis · elegí una vozLeila era una niña muy curiosa. Tenía rizos dorados que brillaban como el sol y una sonrisa traviesa que iluminaba cualquier habitación. Un día, mientras paseaba por el bosque, persiguiendo una mariposa azul brillante, se alejó demasiado del camino. El bosque se espesó, los árboles se volvieron más altos y las sombras empezaron a bailar a su alrededor. Leila, aunque un poco asustada, seguía siendo muy curiosa.
De repente, a través de los árboles, vislumbró algo increíble: ¡una casita hecha de caramelo! Las paredes eran de caramelo rosa, el techo de chocolate y las ventanas de regaliz. El olor a dulce era tan fuerte que a Leila se le hizo agua la boca. Con mucho cuidado, se acercó a la casita. La puerta estaba entreabierta, invitándola a entrar.
“¿Hola?” llamó Leila, con la voz temblorosa. No hubo respuesta. Empujó la puerta y entró. La casita estaba vacía, pero muy acogedora. En el centro del salón, había tres tazones de avena sobre una mesa pequeña. Un tazón era grande, otro mediano y otro pequeño. Leila, que tenía mucha hambre después de su larga caminata, pensó: “No creo que le importe a nadie si pruebo un poquito”.
Primero, probó la avena del tazón grande. “¡Uf, está demasiado caliente!”, exclamó. Luego, probó la avena del tazón mediano. “¡Uf, está demasiado fría!”, dijo con una mueca. Finalmente, probó la avena del tazón pequeño. “¡Mmm, está perfecta!”, dijo, y se la comió toda.
Después de comer, Leila sintió sueño. En el salón, vio tres sillas: una grande, una mediana y una pequeña. Se sentó en la silla grande, pero era demasiado dura. Se sentó en la silla mediana, pero era demasiado blanda. Se sentó en la silla pequeña, ¡y era perfecta! Pero, ¡ay!, justo cuando se sentaba, la silla se rompió en mil pedazos. Leila se asustó mucho.
“¡Oh, no!”, exclamó. “¿Qué voy a hacer ahora?”
Cansada y un poco preocupada, Leila decidió buscar un lugar para descansar. Subió una escalera de caramelo a la planta de arriba. Allí, encontró un dormitorio con tres camas: una grande, una mediana y una pequeña. Se acostó en la cama grande, pero era demasiado dura. Se acostó en la cama mediana, pero era demasiado blanda. Finalmente, se acostó en la cama pequeña, ¡y era perfecta! Enseguida se quedó profundamente dormida.
Mientras tanto, los dueños de la casita, una familia de ositos, volvían a casa después de un paseo por el bosque. Papá Oso, Mamá Osa y Bebé Oso entraron en su casita de caramelo y notaron que algo no estaba bien.
“¡Alguien ha estado comiendo mi avena!”, gruñó Papá Oso con su voz grave.
“¡Alguien ha estado comiendo mi avena!”, dijo Mamá Osa con su voz suave.
“¡Alguien ha estado comiendo mi avena!”, chilló Bebé Oso con su voz aguda, “¡y se la ha comido toda!”
Luego, fueron al salón.
“¡Alguien se ha sentado en mi silla!”, gruñó Papá Oso.
“¡Alguien se ha sentado en mi silla!”, dijo Mamá Osa.
“¡Alguien se ha sentado en mi silla!”, lloriqueó Bebé Oso, “¡y la ha roto!”
Furiosos, los ositos subieron la escalera de caramelo al dormitorio.
“¡Alguien se ha acostado en mi cama!”, gruñó Papá Oso.
“¡Alguien se ha acostado en mi cama!”, dijo Mamá Osa.
“¡Alguien se ha acostado en mi cama!”, gritó Bebé Oso, “¡y todavía está ahí!”
Leila se despertó de golpe al oír los gritos. Vio a los tres ositos mirándola fijamente. Estaba tan asustada que saltó de la cama y corrió escaleras abajo. Los ositos la siguieron, pero Leila era muy rápida. Salió corriendo de la casita de caramelo y se adentró en el bosque.
Corrió y corrió hasta que encontró el camino que conocía. Finalmente, llegó a su casa, sana y salva. Le contó a su mamá todo lo que había pasado. Su mamá la abrazó fuerte y le dijo que nunca más se alejara del camino en el bosque.
Leila aprendió una valiosa lección ese día. Aunque la curiosidad es buena, a veces es mejor quedarse en el camino conocido y no entrar en casitas de caramelo sin permiso. Y aunque la avena de Bebé Oso era deliciosa, ¡nunca más probaría la comida de nadie sin preguntar antes! Desde ese día, Leila siguió siendo curiosa, pero también mucho más precavida. Y nunca olvidó su aventura en la casita de caramelo.
Unos días después, Leila preparó una cesta llena de miel y bayas para los ositos y la dejó en la entrada del bosque, con una nota pidiendo disculpas. Esperaba que, de alguna manera, los ositos supieran que lo sentía mucho. Y aunque nunca volvió a ver la casita de caramelo, siempre recordaría la aventura y la importante lección que aprendió.
FIN
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