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Había una vez un niño de siete años llamado Leo, cuya habitación parecía un pequeño observatorio. Tenía pósteres de galaxias en las paredes, maquetas de planetas colgando del techo y un telescopio que siempre apuntaba hacia la Vía Láctea. Leo no quería ser futbolista ni bombero; su mayor sueño era navegar entre las constelaciones. Una noche, mientras una luna llena iluminaba su ventana, algo extraordinario sucedió. Un destello plateado descendió silenciosamente en su jardín. Era una pequeña nave espacial, brillante como un diamante pulido, con una compuerta que se abría invitándolo a pasar.
Sin dudarlo un segundo, Leo se puso su traje de astronauta de juguete —que para él era tan real como el de la NASA— y subió a bordo. El interior de la nave era asombroso: no había palancas ni botones complicados, sino paneles táctiles que brillaban con luces de colores. En cuanto Leo se sentó, una voz suave anunció el despegue. Con un suave zumbido, la nave se elevó, atravesando las nubes hasta que el cielo negro se llenó de diamantes brillantes. ¡Leo estaba en el espacio!
De repente, una figura pequeña y redonda apareció desde detrás del asiento del piloto. Era Bubbles, un extraterrestre de color azul brillante, con una piel que parecía hecha de burbujas de jabón y unos ojos grandes y curiosos que irradiaban amabilidad. Bubbles no hablaba con palabras, sino con sonidos que recordaban a campanillas de cristal, pero Leo lo entendía perfectamente en su corazón.
—¡Hola, Bubbles! —exclamó Leo emocionado—. ¿A dónde vamos?

Bubbles señaló hacia una zona oscura del espacio y emitió un sonido triste. Le explicó a Leo que la Gran Estrella Fugaz, la encargada de repartir los deseos por todo el universo, se había perdido tras una tormenta de polvo cósmico. Sin ella, el cielo nocturno perdería su magia. Leo, sintiéndose valiente, le tendió la mano al pequeño alienígena. —No te preocupes, Bubbles. ¡La encontraremos juntos!
Su primera parada fue el Planeta de los Dulces Flotantes, un lugar donde la gravedad era tan baja que todo, desde las rocas hasta los árboles de regaliz, flotaba suavemente. Leo experimentó por primera vez la ingravidez. Se reía mientras daba volteretas en el aire, impulsándose con sus manos. Bubbles lo seguía, rebotando como una pelota de goma. Allí preguntaron a los habitantes locales, pero nadie había visto la estrella. Sin embargo, aprendieron algo importante: para moverse con rapidez en gravedad cero, debían confiar el uno en el otro, dándose impulsos coordinados.
Continuaron su viaje hacia los Anillos de Neón, un planeta rodeado por franjas de luz de colores vibrantes. Allí, el viento soplaba con fuerza, arrastrando partículas de luz. En medio de un torbellino, divisaron un resplandor dorado atrapado entre dos rocas espaciales gigantes. ¡Era la estrella fugaz! Estaba asustada y sus chispas se apagaban lentamente.
—¡Ahí está! —gritó Leo—. Pero el viento es demasiado fuerte para que yo llegue solo.

Bubbles asintió y comenzó a inflarse, volviéndose más grande y pesado para servir de ancla. Leo se sujetó fuertemente a una cuerda que Bubbles sostenía con sus pequeñas manos. Mientras el extraterrestre resistía la corriente, Leo se estiró lo más que pudo, usando una red hecha de hilos de luz que encontraron en la nave. Con un movimiento preciso, Leo atrapó la estrella justo antes de que el viento la arrastrara más lejos.
Al sentir el contacto humano y el cariño de Bubbles, la estrella comenzó a brillar con una intensidad renovada. El calor de su luz llenó la nave de alegría. La estrella fugaz, agradecida, emitió un destello cegador y salió disparada hacia su lugar en el firmamento, dejando un rastro de polvo de oro a su paso. El universo volvía a estar a salvo.
—Lo logramos, Bubbles —dijo Leo, abrazando a su nuevo amigo—. Somos un gran equipo.
Bubbles emitió una melodía alegre y guio la nave de regreso a la Tierra. El viaje de vuelta fue tranquilo, observando cómo los planetas de colores se hacían pequeños en la distancia. Cuando la nave aterrizó suavemente en el jardín de Leo, el sol empezaba a asomar por el horizonte. Leo bajó de la nave y vio cómo Bubbles se despedía desde la ventana antes de desaparecer en el cielo matutino.
Leo entró en su habitación y se acostó en su cama, todavía sintiendo la ligereza de la gravedad cero en sus pies. Sabía que no había sido un sueño, porque en su mano todavía quedaba un poco de ese brillo dorado. Había aprendido que, sin importar de qué planeta vengas, la amistad y el trabajo en equipo pueden alcanzar hasta la estrella más lejana. Y desde esa noche, cada vez que Leo mira una estrella fugaz, sabe que en algún lugar allá arriba, su amigo azul le está devolviendo el saludo.
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