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Gratis · elegí una vozLeón el león era un león muy especial. No le gustaba rugir como los otros leones. A León le encantaba nadar. ¡Amaba la piscina! Todos los días, León iba a la piscina del zoológico y chapoteaba, nadaba de espaldas y hacía carreras con los patos de goma. Un día soleado, León estaba en la piscina, disfrutando del agua fresquita. El cielo era azul, sin una sola nube a la vista.
De repente, escuchó un ruido extraño. *¡Tac! ¡Tac! ¡Tac!* Miró hacia arriba y vio caer algo del cielo. Primero pensó que eran gotas de lluvia, pero eran pequeñas, redondas y… ¡marrones! León atrapó una en su pata y la lamió. ¡Chocolate! ¡Estaba lloviendo chocolate! ¡Granizo de chocolate!
"¡Guau!" exclamó León. Empezó a saltar y a atrapar el granizo de chocolate con la boca. ¡Era delicioso! La piscina se estaba llenando de pequeñas bolitas de chocolate. Otros animales del zoológico se acercaron a ver qué pasaba. Primero vino la jirafa, llamada Juana. Juana era muy alta y curiosa. Estiró su largo cuello para ver mejor.
"¿Qué está pasando, León?" preguntó Juana.
"¡Está lloviendo chocolate, Juana! ¡Granizo de chocolate! ¡Ven a probar!" respondió León, con la boca llena de chocolate.
Juana dudó un momento. Nunca había visto algo así. Pero la curiosidad pudo más. Se acercó a la piscina y probó un poco de granizo de chocolate.
"¡Delicioso!" exclamó Juana, sorprendida. Empezó a comer granizo de chocolate directamente del agua con su larga lengua.
Pronto, otros animales se unieron a la fiesta del granizo de chocolate. Los monos se columpiaban de los árboles, atrapando el granizo al vuelo. Los elefantes llenaban sus trompas de agua chocolatada y la rociaban sobre sus cabezas. Hasta los cocodrilos salieron del agua para probar el dulce manjar.
Todos estaban felices y disfrutando de la inusual lluvia de chocolate. León estaba radiante. Nunca había visto tanta alegría en el zoológico. Él, el león que amaba nadar, ¡había traído la felicidad a todos con el granizo de chocolate!
Pero la lluvia de chocolate no duró para siempre. Poco a poco, el granizo empezó a derretirse en el agua de la piscina, convirtiéndola en una piscina de chocolate caliente. Al principio, a todos les gustó la idea de nadar en chocolate caliente, pero pronto se dieron cuenta de que era demasiado pegajoso.
"¡Ay! ¡Estoy pegajoso!" gritó uno de los monos, intentando quitarse el chocolate de las manos.
"¡Mi trompa está llena de chocolate!" se quejó uno de los elefantes.
León vio que la diversión se estaba acabando. La piscina de chocolate caliente era demasiado para todos. Entonces, tuvo una idea brillante.
"¡Juana, Juana!" gritó León. "¡Necesitamos tu ayuda!"
Juana se acercó a León. "¿Qué necesitas, León?"
"Necesitamos tu largo cuello para alcanzar las nubes! ¡Tal vez puedas hacer que pare la lluvia de chocolate!" explicó León.
Juana, aunque un poco escéptica, decidió intentarlo. Se estiró lo más que pudo, elevando su largo cuello hacia el cielo. Llegó tan alto que su cabeza casi tocaba las nubes.
"¡Hola, nubes!" gritó Juana. "¡Por favor, paren la lluvia de chocolate! ¡Está haciendo que todos se pongan pegajosos!"
Al principio, nada pasó. Pero Juana siguió gritando y pidiendo a las nubes que pararan la lluvia de chocolate. De repente, el granizo de chocolate paró. El sol volvió a brillar con fuerza.
Los animales vitorearon a Juana. ¡Ella había salvado el día! León saltó de alegría y abrazó a Juana con sus fuertes patas.
"¡Gracias, Juana! ¡Eres la mejor!" dijo León.
Juana sonrió. "De nada, León. Me alegro de haber podido ayudar."
Aunque la piscina todavía estaba llena de chocolate derretido, los animales ya no estaban pegajosos y eran felices. León tuvo otra idea.
"¡Vamos a usar el chocolate derretido para hacer chocolate caliente para todos!" sugirió León.
Todos estuvieron de acuerdo. Los cuidadores del zoológico trajeron tazas y cucharas, y todos disfrutaron de una deliciosa taza de chocolate caliente. ¡Incluso los cocodrilos tomaron chocolate caliente!
Ese día, León aprendió que incluso las cosas más extrañas y maravillosas, como la lluvia de granizo de chocolate, pueden tener un final. Y también aprendió que con la ayuda de sus amigos, podía solucionar cualquier problema. Y Juana, la jirafa, aprendió que su largo cuello no sólo servía para comer hojas de los árboles, sino también para salvar el día. Y todos, absolutamente todos, aprendieron que el chocolate caliente siempre es una buena idea, ¡especialmente después de una lluvia de granizo de chocolate!
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