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Era una tarde de verano perfecta, de esas en las que el sol parece un gran globo de oro colgado en el cielo. Lía, una niña de rizos juguetones y ojos llenos de curiosidad, corría por el parque de la ciudad con una energía inagotable. A su lado, su hermano menor, Lucas, y sus padres, Elena y Roberto, disfrutaban de la frescura del pasto verde que se extendía como una alfombra infinita. El aire olía a flores frescas y a algodón de azúcar que vendían en un puesto cercano.
—¡A que no me alcanzan! —gritó Lía, lanzándose al suelo para rodar colina abajo.
Pronto, toda la familia estaba envuelta en risas, rodando por la suave pendiente. Sentían las briznas de hierba haciéndoles cosquillas en los brazos y el calor del sol acariciándoles las mejillas. Era uno de esos momentos mágicos donde el tiempo parece detenerse. Sin embargo, la naturaleza siempre tiene sus propios planes. Mientras Roberto intentaba ponerse de pie, una sombra rápida cruzó el parque. En un abrir y cerrar de ojos, el azul radiante del cielo se tiñó de un gris suave, como si alguien hubiera corrido una cortina de seda sobre el sol.
—¡Oh, no! —dijo Elena, sintiendo la primera gota fría en la punta de su nariz—. Parece que las nubes quieren jugar también.
De repente, lo que era una tarde seca se convirtió en una danza de gotas de agua. La lluvia comenzó a caer con fuerza, pero de una manera extraña: el sol todavía brillaba débilmente detrás de las nubes. Elena, que siempre era muy previsora, buscó rápidamente en su bolso. Había traído una gran sombrilla de color amarillo vibrante, originalmente pensada para protegerlos del intenso sol del mediodía.

—¡Vengan todos aquí abajo! —llamó Elena, abriendo la sombrilla con un estallido de color.
La familia se amontonó bajo la tela amarilla. Estaban tan juntos que podían oír sus propias respiraciones y el rítmico 'tic-tac' de las gotas golpeando la sombrilla. Lía, en lugar de quejarse por el cambio de clima, se quedó fascinada observando cómo las gotas de agua saltaban sobre el asfalto y cómo las flores del parque parecían beber con sed. El olor a tierra mojada, ese aroma tan especial llamado petricor, inundó sus sentidos.
De pronto, Lía levantó la vista. La lluvia estaba amainando, pero el sol había decidido salir con fuerza otra vez, atravesando las nubes con rayos plateados. Fue entonces cuando lo vio. Sus ojos se abrieron de par en par y una sonrisa de asombro iluminó su rostro.
—¡Mira mamá, el cielo tiene unas líneas de colores! —exclamó Lía, señalando hacia el horizonte con su pequeño dedo.
Su mamá levantó la mirada y sonrió con ternura, rodeando a Lía con el brazo.

—Es un arcoíris, Lía —respondió su mamá suavemente—. Es el regalo que nos deja la lluvia cuando se encuentra con el sol.
Lía observó con detenimiento. Había una franja roja, seguida de una naranja, una amarilla, una verde, una azul, una añil y una violeta. Parecía un puente mágico que unía un extremo del parque con el bosque lejano. La niña se preguntaba si los ángeles usaban ese puente para caminar o si, tal vez, al final de esas líneas de colores había un tesoro escondido, como decían en los cuentos que le leía su abuelo.
—¿Cómo se queda ahí colgado sin caerse? —preguntó Lía, sin dejar de mirar la maravilla.
Roberto, su papá, se agachó para estar a su altura.
—Es como un truco de magia de la luz, pequeña. La luz del sol es blanca, pero cuando atraviesa las gotitas de lluvia, estas actúan como pequeños espejos que rompen la luz en todos esos colores que ves. Es la naturaleza mostrándonos su paleta de pintor.
Lía se quedó en silencio un momento, procesando la idea. Le parecía increíble que algo tan pequeño como una gota de agua pudiera crear algo tan inmenso y hermoso. Mientras el arcoíris comenzaba a desvanecerse lentamente, la familia decidió que era hora de volver a casa. Caminaron de regreso, chapoteando en los charcos con sus botas, pero Lía ya no veía la lluvia como algo que arruinara el juego. Ahora sabía que, a veces, para ver los colores más hermosos, era necesario que primero cayera un poco de lluvia. Aquella tarde de verano, Lía no solo descubrió un fenómeno natural, sino que aprendió a buscar la belleza incluso en los días nublados.
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