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Gratis · elegí una vozEn una ciudad muy particular, las casas eran diferentes entre sí. En algunas se oían gritos fuertes y portazos. En otras, reinaba un silencio tan absoluto que parecía que nadie vivía allí. En otras más, los ruidos eran ensordecedores, como si una banda de música ensayara sin parar. Y lo peor de todo, en muchas casas nadie se molestaba en prestar atención a los demás. En una casa, el enojo era el rey, mientras que en otra, la diversión era constante, pero nadie disfrutaba del silencio. Los niños de estas casas, poco a poco, se habían acostumbrado a vivir así.
Lilo vivía en la casa del enojo. Allí, todos estaban siempre gruñones, fruncían el ceño y las palabras afiladas volaban como dardos. Lilo necesitaba otra cosa. A veces, necesitaba silencio para pensar. Otras veces, un abrazo apretado que lo hiciera sentir seguro. A veces, solo quería ver una sonrisa sincera. Y a veces, necesitaba ayuda para entender las cosas, pero en su casa solo encontraba reproches.
Un día, Lilo decidió que ya no podía más. Salió de su casa de enojos y enojados y se echó a caminar. Observaba las casas a su alrededor, cada una con su peculiaridad. La casa de los gritos lo asustaba. La casa del silencio le daba escalofríos. La casa ruidosa le hacía doler la cabeza. Y en las casas donde nadie se prestaba atención, sentía una profunda soledad. En ninguna se animaba a entrar, porque en ninguna encontraba lo que tanto anhelaba.
Caminó y caminó hasta que, al final de la calle, más allá del ruido y las fachadas grises, vio una casita verde. Era pequeña y acogedora, con flores de colores en las ventanas. Sintió una extraña paz al verla. Con un poco de temor, se acercó. Subió los escalones de madera. Y entonces, tocó la puerta. Se sintió suave bajo sus dedos, como acariciar una hoja de terciopelo.
Reinaba un silencio tranquilo, un silencio que no daba miedo, sino que invitaba a la calma. Era tan silencioso que podía escuchar el suave crujido de los tablones del suelo mientras alguien caminaba hacia la cocina. Lilo esperó, sintiendo un cosquilleo de esperanza en el estómago.
Cuando se atrevió a mirar dentro, vio una cocina llena de frascos de vidrio. Cada uno tenía una etiqueta escrita con letras bonitas: "Té de Abrazos Cálidos", "Té de Te Ayudo en lo que Necesites", "Té de Pensemos Juntos Qué Pasó". En una mesa, había papeles de colores y lápices de todas las formas y tamaños, listos para escribir lo que uno sentía. Y al lado, un buzón de madera con una ranura para depositar los mensajes. La etiqueta del buzón decía: "El Buzón que Escucha Atentamente y Responde con Cariño".
También había una mesa redonda con sillas cómodas, dispuestas para sentarse uno frente al otro y conversar con calma.
Lilo se quedó un ratito... Primero, sintió curiosidad. Luego, alivio. Finalmente, valentía. Se sirvió una taza de "Té de Necesito que Me Escuchen". El aroma era dulce y reconfortante. Después, tomó un papel y un lápiz y escribió tres cosas que lo hacían enojar en su casa. Las escribió con letras grandes y furiosas, y luego, con cuidado, dobló el papel y lo dejó en el buzón.
Al instante, se sintió más liviano, como si una mochila pesada se hubiera deslizado de sus hombros. Con una sonrisa tímida, volvió a casa, con la esperanza de que nadie se enojara con él por haberse ido.
Al día siguiente, antes de ir a la escuela, corrió a la casita verde. Abrió la tapa del buzón y encontró una respuesta escrita con una letra amable y clara. En la carta, le explicaban por qué se sentía como se sentía en su casa, y le daban algunos consejos para manejar el enojo. Lilo entendió muchas cosas. Aunque no podía cambiar todo lo que sucedía en su casa, se sintió mejor, más fuerte y menos solo.
Al día siguiente, en la escuela, vio a una amiga, Sofía, que estaba muy triste. Se acercó a ella y le contó sobre la casita verde. Sofía, con los ojos llenos de lágrimas, aceptó acompañarlo. En la casita, Sofía tomó té de "Me Siento Muy Triste" y escribió en un papel todo lo que le preocupaba. Aunque las cosas que la ponían triste no desaparecieron por arte de magia, Sofía sintió que podía sentirse de otras maneras, no solo estar triste. Había encontrado un lugar seguro donde expresar sus sentimientos.
Pronto, otros amigos se sumaron. La casita verde se volvió un refugio, un abrazo colectivo, un lugar donde estaba bien sentirse enojado (pero solo un ratito, porque los enojos no deben durar para siempre) y después, desenroscar el enojo hasta que llegara una risa o un suspiro. Un lugar donde pedir un abrazo que te sacara el miedo o pedir una palabra justa que te ayudara a corregir lo que no hacías bien, sin gritos, solo con paciencia y comprensión.
Una casita verde. Un rinconcito mágico donde estaba bien ser como uno era, con sus virtudes y sus defectos, y donde era aún mejor poder ver lo que uno sentía, entenderlo y cambiar lo que no le hacía bien.
Aunque las calles y las casas siguieran llenas de ruido y de enojos, de puertas que golpeaban y miradas que no miraban, siempre había una casita verde donde poder estar a salvo de todo, aunque fuera solo un ratito.
A veces, la casita verde no se veía a simple vista... porque se escondía en el abrazo de un amigo, en la mirada atenta de alguien que se daba cuenta de lo que te pasaba, en alguien que sentía lo mismo que tú y te entendía. Y a veces, la casita verde eras tú mismo, cuando aprendías a escuchar tu corazón y a cuidar tus sentimientos.
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