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En una ciudad muy, muy rara, las casas eran todas diferentes. En una, ¡siempre gritaban! Era un escándalo continuo, como si vivieran dentro de un trueno. En otra, no se escuchaba ni un susurro, un silencio tan grande que daba escalofríos. En otra más, ¡bum, bum, bum! Ruidos fuertes todo el día, como si estuvieran construyendo un cohete. Y luego, había una casa donde nadie se fijaba en los demás, cada uno en su mundo. También existía la casa del enojo, donde las caras siempre estaban arrugadas. ¡Y la casa de la diversión! Música a todo volumen, juegos sin parar, pero nadie disfrutaba del silencio, ni de un ratito de calma. Los niños de estas casas se habían acostumbrado a ese caos. Creían que así era la vida.
Pero Lilo no. Lilo vivía en la casa del enojo. Allí, sus papás siempre estaban discutiendo, las puertas se cerraban de golpe y las palabras amables eran tan raras como un unicornio en la plaza del pueblo. Lilo necesitaba otra cosa. A veces, solo quería silencio para poder pensar. Otras veces, un abrazo apretado que le quitara el miedo. A veces, una sonrisa sincera que le alegrara el día. Y a veces, simplemente, un poco de ayuda para entender las cosas.
Un día, Lilo se cansó. Salió de su casa de enojos y enojados. Caminó y caminó, mirando las casas a su alrededor. La casa de los gritos lo asustaba. La casa del silencio lo ponía triste. La casa de los ruidos lo mareaba. Y en las otras… nadie parecía interesado en él. En ninguna se animaba a entrar, porque sentía que en ninguna encontraría lo que necesitaba.
Pero Lilo no se rindió. Siguió caminando hasta el final de la calle, más allá del ruido y del caos. Y entonces, la vio. Una casita verde, pequeña y acogedora. Parecía susurrarle: "Acércate, no tengas miedo".
Lilo respiró hondo y se acercó. Subió los escalones de madera que crujían suavemente. Tocó la puerta. Se sentía suave, como terciopelo. No escuchó ningún ruido fuerte, solo un silencio tranquilo que le hacía sentir paz. Lilo empujó la puerta y entró.
¡Qué maravilla! La casita verde era como un sueño. Podía escuchar sus propios pasos mientras caminaba hacia la cocina. Allí, encontró una estantería llena de frascos de cristal. ¡Pero no eran frascos de mermelada! Tenían etiquetas escritas con letras bonitas: "Té de abrazos", "Té de te ayudo", "Té de pensemos qué pasó".
En una mesa, había papeles de colores y lápices de todos los tamaños. Un cartelito decía: "Escribe lo que sientes". Y al lado, un buzón sonreía con una ranura grande. Otro cartel explicaba: "El buzón responde (después de leer atentamente lo que escribes)". Y en el centro de la habitación, una mesa redonda con sillas invitaba a sentarse uno frente al otro, para charlar sin prisas.
Lilo se quedó un ratito… Tomó un sorbo de té de "necesito que me escuchen", ¡y su sabor era como un abrazo calentito! Luego, agarró un papel y escribió tres cosas que le causaban enojo. Lo dobló con cuidado y lo dejó en el buzón. Al instante, sintió que se quitaba un peso de encima. Se sintió más liviano y volvió a casa, con la esperanza de que nadie se enojara con él por haberse ido.
Al día siguiente, Lilo no pudo evitarlo. Corrió a la casita verde. ¡Y allí estaba! La respuesta del buzón. Era una carta escrita con tinta verde brillante, que explicaba por qué se sentía como se sentía. Aunque no podía cambiar muchas cosas de su casa, entenderlas lo hizo sentir mucho mejor.
Lilo estaba tan contento que quería compartir su descubrimiento con alguien. Se acordó de una amiga del cole, Sofía, que siempre estaba muy triste. La invitó a la casita verde. Al principio, Sofía estaba nerviosa, pero la tranquilidad del lugar la calmó. Tomaron té de "me siento triste" y Sofía escribió sobre lo que le preocupaba. Y aunque las cosas que la ponían triste no desaparecieron por arte de magia, Sofía pudo sentirse de otras maneras, no solo triste. ¡Descubrió que también podía sentir esperanza!
Poco a poco, otros amigos se sumaron a la aventura. La casita verde se volvió un refugio, un abrazo gigante para todos los que necesitaban un respiro. Un lugar donde estaba bien sentirse enojado (¡pero solo un ratito, porque los enojos no deben durar mucho!). Un lugar donde se podía desenroscar el enojo hasta que llegara una risa o un suspiro aliviado. Un lugar donde pedir un abrazo que te sacara el miedo o pedir una palabra justa que te ayudara a corregir lo que no hacías bien, sin gritos, solo con paciencia…
Una casita verde. Un rinconcito mágico donde está bien ser como somos y está mucho mejor poder ver lo que sentimos, entenderlo y cambiar lo que no nos hace bien…
Aunque las calles y las casas siguieran llenas de ruido y de enojos, de puertas que golpean y miradas que no miran, siempre había una casita verde donde poder estar a salvo de todo, aunque sea un ratito. A veces, la casita verde no se veía… porque se escondía en el abrazo de un amigo, en la mirada comprensiva de alguien que se daba cuenta de lo que nos pasaba, en alguien que sentía lo mismo y te entendía. Y a veces, la casita verde eras tú.
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