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Había una vez, en un valle donde las nubes parecían algodón de azúcar, una niña llamada Lina. Lina era especial; tenía una melena rubia que caía como una cascada de oro hasta su cintura, terminando en unos rizos perfectos que saltaban cada vez que ella corría. Vivía en una casita de madera con su mamá, que olía a canela, su papá, que tenía manos fuertes para construir columpios, y su abuela, cuyos ojos guardaban el secreto de mil leyendas. En el jardín de Lina no solo crecían flores, sino también historias. Allí pasaba las tardes junto a su fiel perro, un golden retriever llamado Bruno, y una pequeña codorniz muy presumida llamada Pipa, que siempre llevaba una pluma azul sobre su cabecita.
Una tarde, mientras la abuela tejía una manta de mil colores, le contó a Lina una historia que cambiaría su vida. Hace mucho tiempo, dijo la abuela con voz misteriosa, los dragones no escupían fuego, sino colores. Volaban tan alto que pintaban el atardecer con sus colas. Lina miró al cielo y deseó con todo su corazón poder ver uno. Esa noche, el amor que sentía por su familia y por la naturaleza se transformó en un brillo suave bajo su almohada. No era magia ordinaria; era la magia de la bondad.
Al amanecer, Lina despertó con un cosquilleo en la nariz. Al abrir la ventana, no vio nubes comunes. Vio estelas de verde esmeralda, azul zafiro y rosa chicle. Bruno empezó a ladrar con alegría y Pipa, la codorniz, se posó en su hombro batiendo las alas con fuerza. ¡Mamá, Papá, miren!, gritó Lina. Sus padres salieron al jardín y, para su sorpresa, descubrieron que de los arbustos de bayas salían pequeñas chispas de luz. De repente, un rugido que sonaba como el tañido de una campana de cristal resonó en el aire. Desde detrás de las montañas, tres dragones majestuosos descendieron hacia el jardín. No daban miedo; sus escamas brillaban como arcoíris y sus ojos eran dulces como la miel.
El dragón más grande, de un color violeta profundo, se acercó a Lina y agachó la cabeza. Lina, con valentía y mucho amor, estiró su mano y acarició el hocico del gigante. En ese instante, sintió una conexión profunda, como si el dragón pudiera leer sus pensamientos de paz. Quieren que volemos con ellos, susurró la abuela, que observaba la escena con una sonrisa cómplice. Mamá y papá se miraron asombrados, pero al ver la felicidad en el rostro de su hija, supieron que estaban ante un milagro. Bruno subió al lomo del dragón verde, Pipa se acomodó entre las escamas del dragón amarillo, y Lina, junto a sus padres y su abuela, subió al dragón violeta.
El despegue fue suave, como un suspiro. A medida que subían, el mundo de abajo se volvía pequeño y precioso. Lina sentía el viento juguetear con sus rizos rubios mientras cruzaban nubes que cambiaban de color al tocarlas. El dragón violeta comenzó a girar y, de su cola, empezó a brotar una estela de pintura mágica que llenó el cielo de trazos naranjas y púrpuras. ¡Mira, papá, estamos pintando el mundo!, exclamó Lina. La familia entera reía, unida por un lazo de amor que parecía brillar más que el sol. Los dragones los llevaron sobre bosques de cristal y ríos que cantaban melodías antiguas. La codorniz Pipa volaba a ratos por su cuenta, sintiéndose la reina del aire, mientras Bruno intentaba atrapar las burbujas de colores que los dragones soltaban al respirar.
Durante horas, exploraron los rincones más ocultos del cielo. Los dragones les enseñaron que el vuelo no solo se trata de tener alas, sino de tener libertad en el alma. En un momento de silencio absoluto, allá arriba, Lina comprendió que los dragones habían regresado porque en su hogar reinaba el amor puro. La abuela le guiñó un ojo, confirmando que ella siempre lo había sabido. El viaje no solo era una aventura física, sino un regalo para el espíritu. Los colores que los dragones dejaban a su paso no se borraban; se quedaban grabados en la memoria de quienes se atrevían a creer.
Cuando el sol comenzó a ocultarse tras el horizonte, tiñendo el mundo de un rojo profundo, los dragones descendieron suavemente de regreso al jardín de la casita de madera. Al tocar tierra, las criaturas mágicas frotaron sus cabezas contra la familia en señal de despedida. Lina abrazó el cuello del dragón violeta una última vez. Gracias por enseñarme a volar sin miedo, le dijo al oído. Los dragones batieron sus alas y, en una explosión de luz multicolor, desaparecieron en el firmamento, dejando tras de sí un rastro de purpurina que cayó suavemente sobre las flores.
Esa noche, mientras cenaban juntos, la casa se sentía diferente. Había una calidez nueva en la mirada de mamá y un brillo especial en las manos de papá. Bruno dormía plácidamente soñando con nubes, y Pipa se había quedado dormida en su nido con una pequeña escama dorada entre sus plumas. Lina se miró en el espejo y vio que sus rizos tenían ahora pequeños destellos de todos los colores del arcoíris. Se acostó sintiendo que el amor de su familia era el combustible que permitía a los dragones existir. La abuela entró a su habitación para darle el beso de buenas noches y le susurró: Mañana el cielo será de otro color, porque ahora tú también sabes cómo pintarlo. Y así, bajo la luz de la luna, Lina se durmió con la certeza de que, mientras hubiera amor y colores en su corazón, siempre podría volver a volar.
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