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Gratis · elegí una vozLina era una niña cristiana que amaba los domingos. No porque no le gustara jugar con sus amigos, ¡claro que le gustaba! Pero los domingos eran especiales. Los domingos, Lina iba a la iglesia. No era una iglesia gigante con torres altísimas, sino una iglesia pequeña y acogedora, con paredes blancas y ventanas de colores que pintaban el suelo con arcoíris de luz.
Lina se levantaba temprano los domingos. Su mamá le preparaba su desayuno favorito: panqueques con miel y fresas. Mientras comía, Lina canturreaba las canciones que cantaría en la iglesia. Se sabía casi todas de memoria. Después del desayuno, se ponía su vestido azul con flores bordadas y sus zapatos blancos brillantes. Le encantaba sentirse presentable para Jesús.
Cuando llegaba a la iglesia, lo primero que hacía era saludar a la abuela Elena. La abuela Elena siempre estaba sentada en la primera fila, con una sonrisa cálida y un caramelo de menta para Lina. La abuela Elena era como un ángel en la Tierra, siempre dispuesta a dar un abrazo y una palabra amable.
Después de saludar a la abuela Elena, Lina buscaba a sus amigos. A veces jugaban a las escondidas detrás de las bancas (aunque sabían que no debían hacerlo), pero la mayoría de las veces se sentaban juntos y hojeaban los libros de canciones.
Cuando comenzaba el servicio, Lina prestaba mucha atención. Le gustaba escuchar al pastor hablar sobre Jesús y sobre cómo ser una buena persona. Le gustaba cantar los himnos con toda su fuerza, sintiendo que su voz se elevaba hacia el cielo. Su canción favorita era "Jesús me ama". La cantaba con el corazón lleno de alegría.
Pero lo que más le gustaba a Lina de ir a la iglesia era la sensación de paz y amor que sentía allí. Era como si una luz cálida la envolviera, haciéndola sentir segura y feliz. Era una sensación que no podía encontrar en ningún otro lugar.
Un domingo, el pastor anunció que iban a organizar un coro infantil para la Navidad. Lina se emocionó mucho. Siempre había querido cantar en un coro. Inmediatamente se apuntó y comenzó a ensayar con los demás niños.
Al principio, Lina se sentía un poco nerviosa. No estaba segura de si su voz era lo suficientemente buena. Pero la maestra del coro, la señorita Clara, era muy paciente y alentadora. Le enseñó a respirar correctamente, a proyectar su voz y a cantar en armonía con los demás.
Con el tiempo, Lina se fue sintiendo más segura y confiada. Le encantaba cantar con sus amigos. Descubrió que cantar en un coro era aún más divertido que cantar sola. Juntos, creaban una melodía hermosa y poderosa que llenaba la iglesia de alegría.
Llegó el día de la presentación del coro. Lina estaba muy nerviosa, pero también muy emocionada. Se puso su vestido azul y sus zapatos blancos brillantes. Se peinó el pelo con una trenza y se puso un lazo rojo.
Cuando subió al escenario con los demás niños, vio que toda la iglesia estaba llena de gente. Su mamá y su papá estaban en la primera fila, sonriéndole. La abuela Elena le guiñó un ojo.
Lina respiró hondo y comenzó a cantar. Cantó con todo su corazón, olvidándose de sus nervios. Sintió que su voz se unía a las voces de los demás niños, creando una melodía celestial.
Al terminar la canción, la iglesia entera estalló en aplausos. Lina miró a su alrededor y vio que muchas personas tenían lágrimas en los ojos. Se dio cuenta de que su canto había tocado sus corazones.
Esa noche, Lina se acostó sintiéndose muy feliz. Había descubierto el poder de la música y el amor de Jesús. Sabía que seguiría cantando en la iglesia por muchos años más. Y sabía que cada vez que cantara, lo haría con el corazón lleno de alegría. Porque para Lina, ir a la iglesia no era solo una obligación, sino una celebración del amor y la fe. Y ahora, además, era una oportunidad de compartir la alegría a través de su canto.
Desde ese día, Lina entendió que su voz era un regalo de Dios y que debía usarla para alabarle y para alegrar a los demás. Cada domingo, iba a la iglesia con aún más entusiasmo, sabiendo que allí encontraría paz, amor y la oportunidad de cantar la canción de su corazón feliz.
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