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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en los altos cerros de Ayamarca, una pequeña llamita llamada Lila. Lila tenía cinco años, bueno, ¡cinco años llamita! Tenía un pelaje suave y blanco como la nieve, orejas puntiagudas que siempre estaban atentas y una colita que no paraba de moverse cuando estaba feliz. A Lila le encantaba pasear por los cerros, comiendo el pastito verde y jugando con las mariposas que revoloteaban a su alrededor.
Un día, mientras Lila exploraba un nuevo sendero, vio algo brillante en el camino. Era una piedra grande, lisa y con destellos plateados. Lila, muy curiosa, se acercó a la piedra y le dijo:
—Hola, piedra brillante! ¿Quieres jugar conmigo? Podemos correr por el cerro, saltar sobre las rocas y comer pastito juntas. ¡Será muy divertido!
Lila esperó una respuesta, pero la piedra permaneció en silencio. No se movía, no respiraba, no hacía absolutamente nada. Lila la miró de cerca, inclinando su cabecita de un lado a otro.
“Hmm,” pensó Lila. “Creo que esta piedra no está viva como yo. Yo puedo correr, comer, sentir el sol calentito y hasta hablar. La piedra solo está ahí, quieta y brillante.”
Un poquito triste porque la piedra no podía jugar con ella, Lila suspiró y decidió seguir su camino. “Quizás encuentre a alguien más con quien jugar,” pensó.
Lila siguió caminando por el cerro, masticando un poco de pastito jugoso. El pastito era tan rico que la colita de Lila comenzó a moverse rápidamente de felicidad. Sintió el sol en su espalda y el viento fresco en su cara. Respiró hondo, llenando sus pulmones con el aire puro de Ayamarca. ¡Qué lindo era estar viva!
De repente, Lila vio algo moverse entre las flores silvestres. Era una pequeña mariposa de colores brillantes. La mariposa aleteaba suavemente sus alas, pasando de flor en flor.
—¡Hola, mariposa! —exclamó Lila emocionada—. ¿Quieres jugar conmigo?
La mariposa, al escuchar la voz de Lila, voló hacia ella y se posó en su nariz. Lila sintió las patitas suaves de la mariposa y rió suavemente. Luego, la mariposa voló alrededor de Lila, invitándola a seguirla.
Lila, encantada, siguió a la mariposa por el cerro. Corrieron juntas, saltaron sobre las rocas y jugaron al escondite entre los arbustos. Lila se dio cuenta de que la mariposa sí estaba viva. La mariposa podía volar, comer el néctar de las flores y sentir el sol como ella.
Mientras jugaban, Lila vio algo más en el camino. Era un charco de agua, pequeño y brillante como un espejo. Lila se acercó al charco y se miró en él. Vio su reflejo, su pelaje blanco, sus orejas puntiagudas y su colita moviéndose sin parar.
—Hola, charco —dijo Lila—. ¿Quieres jugar con nosotros?
Pero el charco, al igual que la piedra, no respondió. No se movía, no respiraba, no hacía nada. Lila entendió que el charco tampoco estaba vivo. El agua era importante para beber, pero no podía jugar ni sentir como ella y la mariposa.
La mariposa se posó en el borde del charco y bebió un poco de agua. Luego, volvió a volar alrededor de Lila, invitándola a seguir jugando. Lila sonrió y siguió a la mariposa, dejando atrás el charco quieto.
Mientras continuaban su aventura, Lila vio un árbol grande y fuerte, con ramas que se extendían hacia el cielo. El árbol tenía hojas verdes y un tronco grueso y robusto.
—¡Hola, árbol! —gritó Lila—. ¿Quieres jugar con nosotros?
El árbol, por supuesto, no respondió. Pero Lila se dio cuenta de que el árbol sí estaba vivo. Aunque no podía correr ni saltar como ella y la mariposa, el árbol crecía, respiraba y daba sombra. Las hojas del árbol se movían suavemente con el viento, como si estuvieran saludándola.
Lila se acercó al árbol y lo abrazó con sus patitas. Sintió la corteza áspera del tronco y respiró el aroma fresco de las hojas. Sabía que el árbol era diferente a la piedra y al charco. El árbol era un ser vivo, como ella y la mariposa.
Lila y la mariposa siguieron jugando hasta que el sol comenzó a ponerse. El cielo se llenó de colores naranjas, rosados y morados. Era hora de volver a casa.
Lila se despidió de la mariposa y le agradeció por un día lleno de diversión. Luego, caminó de regreso a su casa, pensando en todo lo que había aprendido. Había conocido a una piedra brillante, un charco quieto y un árbol gigante. Había aprendido a diferenciar entre las cosas que están vivas y las que no lo están.
Lila llegó a su casa cansada pero feliz. Su mamá la estaba esperando con un plato de pastito fresco y una manta calentita. Lila comió su pastito, se acurrucó en su manta y se quedó dormida, soñando con piedras brillantes, charcos quietos, árboles gigantes y mariposas de colores. Y soñó, sobre todo, con lo lindo que era estar viva en los hermosos cerros de Ayamarca.
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