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Gratis · elegí una vozLucio era un lobo diferente. En lugar de aullar a la luna y perseguir conejos, Lucio prefería ayudar a sus amigos del bosque. Tenía un corazón tan grande como un abeto y una sonrisa que podía derretir la nieve. Un día, mientras paseaba por el bosque con su cesta vacía en busca de moras, escuchó un sollozo. Siguió el sonido hasta encontrar a Berta, la ardilla, sentada bajo un roble, con los ojos llenos de lágrimas.
"¿Qué te pasa, Berta?" preguntó Lucio, con su voz suave y tranquilizadora.
Berta hipó. "¡Mis bayas! ¡Todas mis bayas! Las había recolectado para el invierno y alguien las ha robado!" Berta había pasado días recolectando bayas rojas y jugosas, y ahora todas habían desaparecido.
Lucio sintió pena por Berta. Sabía lo importante que eran las bayas para la ardilla, especialmente con el invierno acercándose. "No te preocupes, Berta," dijo Lucio con decisión. "¡Encontraremos tus bayas! Yo te ayudaré."
Berta lo miró con esperanza. "¿De verdad, Lucio? ¿Crees que podrás?"
"¡Por supuesto! Soy un buen rastreador," dijo Lucio, inflando el pecho con orgullo. "Además, tengo un olfato excelente." Lucio comenzó a olfatear el suelo alrededor del roble. El aroma de las bayas era débil, pero aún presente.
"Huele a bayas, pero también..." Lucio frunció el ceño. "Huele a... ¡pies pequeños!"
Lucio siguió el rastro, con Berta aferrada a su cola peluda. El rastro los llevó a través de un campo de flores silvestres, cruzando un pequeño arroyo y hasta llegar a la entrada de una madriguera.
"¡Es la madriguera de los conejitos traviesos!" exclamó Berta, reconociendo el lugar. "Siempre están metiéndose en problemas."
Lucio se acercó a la madriguera y aulló suavemente: "¡Hola! ¿Hay alguien ahí? Necesitamos hablar con ustedes."
Después de un momento, dos conejitos, Fluffy y Benny, asomaron tímidamente sus cabezas. Tenían las mejillas manchadas de rojo.
"¿Qué quieren?" preguntó Fluffy, con voz temblorosa.
"Sabemos que ustedes tienen las bayas de Berta," dijo Lucio con firmeza, pero sin ser amenazante. "Esas bayas eran para que ella pudiera sobrevivir el invierno. No está bien tomarlas sin permiso."
Benny bajó la cabeza. "Lo sentimos," murmuró. "Teníamos mucha hambre y las bayas olían muy bien. No pensamos en Berta."
Fluffy asintió. "Sí, lo sentimos mucho, Berta. No queríamos hacerte daño."
Berta los miró con el ceño fruncido. "¿De verdad lo sienten?"
"Sí, de verdad," dijeron los conejitos al unísono.
Lucio sonrió. "Bueno, la mejor manera de demostrar que lo sienten es devolver las bayas," sugirió.
Los conejitos corrieron dentro de la madriguera y regresaron con una pequeña pila de bayas rojas. No eran todas las que habían tomado, pero era una buena parte.
"Aquí están," dijo Benny, ofreciéndole las bayas a Berta. "Nos comimos algunas, pero te devolveremos lo que podamos encontrar mañana."
Berta tomó las bayas y sonrió. "Gracias, Fluffy, gracias, Benny. Aprecio que hayan sido honestos."
Lucio se sintió orgulloso de sus pequeños amigos del bosque. Habían aprendido una valiosa lección sobre la importancia de ser honesto y considerado con los demás.
"Ahora," dijo Lucio, frotándose las manos. "Vamos a buscar más bayas para Berta. ¡Todos podemos ayudar!"
Juntos, Lucio, Berta, Fluffy y Benny pasaron el resto de la tarde recolectando bayas. Trabajaron en equipo, llenando la cesta de Berta hasta el borde. Berta estaba tan feliz que no paraba de dar saltitos.
Cuando el sol comenzó a ponerse, Lucio acompañó a Berta de regreso a su hogar en el árbol. "Gracias, Lucio," dijo Berta, abrazando a Lucio con fuerza. "No sé qué habría hecho sin ti. Eres el mejor amigo que una ardilla podría pedir."
Lucio sonrió. "De nada, Berta. Siempre estoy feliz de ayudar a un amigo." Y con un guiño, Lucio se adentró en el bosque, sabiendo que había hecho del mundo un lugar un poco mejor. Esa noche, Lucio aulló a la luna, no un aullido de lobo solitario, sino un aullido de alegría y amistad. Sabía que incluso el lobo más grande y fuerte puede hacer una gran diferencia en la vida de los demás, simplemente siendo un buen amigo.
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