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Gratis · elegí una vozLola era una niña pequeña con coletas rubias y ojos brillantes como estrellas. Le encantaba explorar el jardín de su abuela, un lugar lleno de maravillas y secretos. En el jardín, además de flores de mil colores, había un enorme árbol de manzanas, tan viejo que sus ramas parecían abrazar el cielo. Pero el lugar favorito de Lola era un pequeño arbusto, un arbusto verde y frondoso que crecía cerca de la cerca.
Un día, Lola se sentó junto al arbusto y comenzó a hablarle. "Hola, arbusto," dijo Lola. "¿Alguna vez has soñado con tocar el sol?" El arbusto, por supuesto, no respondió con palabras, pero Lola sintió una pequeña vibración en sus hojas, como si estuviera asintiendo.
"Yo sí sueño con tocar el sol," continuó Lola. "Debe ser muy cálido y brillante." Miró hacia arriba, al cielo azul donde el sol brillaba con fuerza. "Pero es tan alto..."
De repente, Lola tuvo una idea. "¡Ya sé! Te ayudaré a crecer, arbusto. Te daré agua y te cuidaré para que puedas ser más alto y tocar el sol."
Así, todos los días, Lola regaba el arbusto con cuidado. Le quitaba las hojas secas y las malas hierbas que crecían a su alrededor. Le hablaba sobre sus aventuras y le contaba historias sobre el sol. El arbusto parecía responder a su atención, creciendo poco a poco, cada día un poquito más alto.
Un día, Lola notó algo extraño. En una de las ramas del arbusto, había una pequeña flor, una flor blanca como la nieve. Nunca antes había visto una flor en ese arbusto. "¡Mira, arbusto! ¡Tienes una flor!" exclamó Lola, emocionada.
La flor creció y se abrió, revelando un centro dorado que brillaba como un pequeño sol. Lola se maravilló ante su belleza. "Es como si el sol te hubiera enviado un mensaje," dijo Lola.
Pero el arbusto no se detuvo ahí. Siguió creciendo y creciendo, cada vez más cerca del árbol de manzanas. Lola continuó cuidándolo, regándolo y hablándole. Un día, Lola se dio cuenta de que el arbusto era casi tan alto como ella. ¡Y seguía creciendo!
Un día soleado, Lola estaba jugando en el jardín cuando escuchó un pequeño sonido. Era un sonido suave y dulce, como el tintineo de una campanilla. Lola buscó el origen del sonido y lo encontró: venía del arbusto.
Miró con atención y vio que la flor blanca, la que tenía el centro dorado, se estaba abriendo aún más. Y del centro de la flor, salió volando algo pequeño y brillante. Era una pequeña hada, del tamaño de su pulgar, con alas translúcidas que brillaban al sol.
Lola se quedó boquiabierta, sin poder creer lo que veía. La hada revoloteó alrededor de Lola, riendo con una voz suave y melodiosa. "Gracias, Lola," dijo la hada. "Me has liberado. Estaba atrapada en la flor, esperando a alguien con un corazón puro que me ayudara a salir."
"¿Quién eres?" preguntó Lola, todavía asombrada.
"Soy un espíritu del sol," respondió la hada. "Estaba buscando un lugar donde descansar y me escondí en esta flor. El arbusto me ha protegido y tú lo has cuidado. Gracias a ti, puedo volver al cielo."
El hada se elevó en el aire y voló hacia el sol, dejando tras de sí un rastro de polvo brillante. Lola miró hacia arriba, al cielo azul, y sintió una profunda felicidad en su corazón. Había ayudado al arbusto a tocar el sol, no directamente, pero sí liberando a un espíritu del sol que estaba atrapado en su flor.
Desde ese día, el arbusto siguió creciendo, pero ya no con la intención de tocar el sol. Creció para dar sombra a Lola y a sus amigos, para ofrecer un refugio fresco en los días calurosos. Lola seguía visitando el arbusto todos los días, contándole sus secretos y compartiendo sus alegrías.
Y el árbol de manzanas, que había observado todo desde arriba, extendió una de sus ramas más bajas hacia el arbusto, como si quisiera agradecerle por haber traído un poco del sol al jardín. Lola entendió que, a veces, la mejor forma de alcanzar nuestros sueños es ayudando a los demás a alcanzar los suyos. Y que incluso un pequeño arbusto, con la ayuda de una niña y un poco de amor, puede tocar el cielo, a su manera. El jardín de la abuela se convirtió en un lugar aún más mágico, lleno de secretos compartidos entre Lola, el arbusto y el viejo árbol de manzanas, todos unidos por el deseo de tocar el sol, cada uno a su manera única y especial.
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